







Mario Halley Mora 

Ocho mujeres y los dems


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ndice
Ocho mujeres y los dems
Prlogo
Uno
Celia
Dos
Mara
Tres
Dina
Cuatro
Elida
Cinco
Bienvenido Ibez
Seis
Judith
Siete
Mara
Ocho
Celia
Nueve
La familia
Diez
Dina
Once
Elida
Doce
Mara
Trece
Celia
Catorce
Bienvenido
Quince
La familia
Diez y seis
Judith
Diez y siete
Dina
Dieciocho
Mara
Diecinueve
Celia
Veinte
La familia
Veintiuno
Dina
Veintids
Beatriz
Veintitrs
Mara
Veinticuatro
La familia
Veinticinco
Veinticinco
Dina
Veintisis
Judith
Veintisiete
La familia
Veintiocho
Mara
Veintinueve
Beatriz
Treinta
Elida
Treinta y uno
Judith
Treinta y dos
La familia
Treinta y tres
Mara
Treinta y cuatro
Dina
Treinta y cinco
La familia
Treinta y seis
Beatriz
Treinta y seis
Mara
Treinta y ocho
Celia
Treinta y nueve
Dina
Cuarenta
Mara
Cuarenta y uno
Celia
Cuarenta y dos
Mara y la pandilla
Cuarenta y tres
Judith
Cuarenta y cuatro
Beatriz
Cuarenta y cinco
Mara
Eplogo




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Prlogo
Mi intencin no ha sido de ninguna manera escribir una novela feminista, sino apenas una novela con protagonistas femeninos, sin muchas cargas dramticas, y acaso con la simpleza con que transcurre la vida misma, en la ptica de los personajes femeninos de diversa extraccin, involucradas hoy en el acelerado cambio de nuestra Sociedad. Un distinguido amigo, ilustre crtico, me ha reprochado haber abandonado el gran teatro por la pequea novela. No creo haber abandonado el teatro, grande o pequeo, sino, con la justificacin de un grande como Jos Luis Appleyard, incorporar los trazos de algn oficio teatral a la novela, ya que son, al fin de cuentas, gneros que se desenvuelven en el marco de la narrativa. En cuanto al tamao del libro, que no es el tamao que pueda alcanzar la novela, es el condicionamiento econmico que asfixia todo intento de explayarse a lo largo de muchas pginas, y obliga a la economa del papel y del estilo al mismo tiempo. En todo caso, esos condicionamientos obligan al escritor paraguayo a hacer de cada trabajo de narrativa, un ejercicio de sntesis permanente, en el que quizs se pierda alguna substancia mensurable de mritos literarios. De todas maneras, en esta novela vuelvo con todo gusto a los temas recurrentes que son ya muy notorios en mi modesta produccin: mi ciudad de Asuncin, y la mujer.
Cumplo en aclarar que todos los personajes son ficticios, los nombres y apellidos y linajes familiares tambin son imaginarios, aunque enmarcadas dentro de la peculiar composicin de la Sociedad paraguaya, de modo que todo parecido de aquellos con personas reales, vivas o muertas, es pura casualidad.
Finalmente, con el permiso del lector, dedico esta novela a Zunilda, mi esposa, cuya infinita paciencia y comprensin me han acompaado y alentado siempre, a mi hija Charito, y a mis nietas, Elisa, Jazmn, Pacita, Zulma, Lujn, Michele, Mara Sol y Luca.
Mayo de 1994
Mario Halley Mora 



Uno
Celia
Mejor cierro las ventanas y aseguro las puertas -se dijo Celia- y mir afuera, al oscuro jardn como arrebujado con el fro de agosto, lloviznoso y desagradable. Pap andar de parranda, como siempre y apuesto a que nuevamente olvid la llave o se le cay al quitarse o ponerse los pantalones quin sabe donde y con quin. Pues que toque el timbre, o segn el grado etlico que trae, trate de abrir la puerta a puntapis.
Para empeorar las cosas no se haba llevado el auto, o para mejorarlas -se dijo- porque esta vez no estaran rezando con sus hermanas para que pap no maneje borracho, y de noche. Desde el da anterior el coche se estaba negando a arrancar, y el furioso pap andaba preguntando cmo se dice hijo de puta en japons para escribirle al fabricante del auto.
Asegur las cuatro ventanas que daban al jardn, y la puerta frontal, adems de la que llevaba al garaje y la que daba acceso de la cocina al patio. Murmur su queja de siempre, que todo el vecindario ya haba puesto rejas de hierro por todo sitio previsible donde se colaran ladrones, pero pap lo dejaba pasar, indiferente a que en sus ausencias, bastante repetidas, quedaban en casa cuatro mujeres, algo no muy tranquilizante, si se tiene en cuenta que ahora los ladrones no solamente roban, sino tambin violan.
-Y aqu hay cuatro posible vrgenes jvenes y apetitosas -se dijo- toda una tentacin para los adictos a las pelculas del cine Victoria y a las revistas pornogrficas.
Sus hermanas, Dina y Elida, ya estaran dormidas en su habitacin, y Mara estara leyendo en la que comparta con ella. Haba conseguido la ltima novela de Isabel Allende. Fantica lectora, tendra la luz encendida hasta la madrugada, porque era de las que leen un libro de un tirn. Por eso ella haba quedado abajo, en la sala, mirando en la televisin por cable un programa mejicano bastante idiota, con el premio de un auto cero kilmetro para el concursante menos torpe. Tena sueo, pero la perspectiva de tratar de dormir con el poderoso velador de Mara inundando de luz toda la habitacin no le pareci muy agradable, de modo que tuvo la tentacin de quedarse a dormir en el divn, pero tuvo miedo. Los benditos ladrones nos estn cambiando las costumbres -pens- ahora las rejas ya no adornan, sino hacen fortaleza de las casas. Hay que poner rejas, pap. Adems, ella, Celia, la hija menor y la preferida de pap por lo menos en la niez, senta el imperio de una soterrada responsabilidad, y sola esperarlo despierta.
Pens que bien poda aprovechar el desvelo lector de Mara leyendo a su vez, el texto de Criminalstica que era su obligacin ms inmediata en la Facultad, pero haba descubierto que lo que leo de noche no aprendo y nunca se entregaba a lecturas nocturnas.
Con un suspiro decidi subir cuando le llam la atencin un ruido metlico en la puerta. Pap tratando de introducir la llave en la cerradura, en la obscuridad y con el pulso posiblemente tembln por el alcohol. Decidi ayudarlo abriendo la puerta accionando la cerradura interior, y all estaba pap con esa nariz que se volva cada vez ms atomatada y surcada de venitas azules con los aos y con los tragos, apuntando el vaco con una llave y sin tener mucho conciencia de que la puerta ya estaba abierta. El traje arrugado, la camisa manchada. La bufanda de lana que se puso esa tarde para proteger su garganta del fro, haba desaparecido.
-Entra, pap.
-Por qu diablos no hay luz en el porche? -Su voz era pastosa y la lengua pareca de gelatina.
-Hay una luz en el porche, pap.
-Deberan tenerla encendida, desconsideradas.
-Est encendida, pap.
El hombre se volvi y enfoc la mirada a la luz, como para convencerse de que estaba encendida.
-Creo que debo ir al oculista -murmur su padre y entr.
Celia asegur la puerta y se apresur a tomar del brazo a su padre, para repetir la escena de siempre. Ella tratando de ayudarle a subir la escalera, l rechazando indignado semejante ayuda ultrajante, murmurando cosas como tu pap no es un invlido o crees que estoy borracho, por Dios? y slo aceptarla despus del tropezn en el primer escaln.
Llev a su padre hasta la habitacin, que antes fuera de matrimonio y ahora era la melanclica estancia de un viudo. Pero nada haba cambiado desde el fallecimiento de mam. La gran cama, el tocador de ella con toda la parafernalia de frascos, polvos, cepillitos y afeites. Pap no haba permitido que se tocara nada, ni siquiera el peine, que acaso tuviera aun algunos de los cabellos rubios ceniza de mam. Una vez ella haba arreglado la cama, llevando la almohada de l al centro, y se asombr de la furiosa reaccin de su padre y de la energa con que volvi a poner su almohada a la derecha, en perfecta linea con la de la ausente, a la izquierda, como si esperara que ella regresara a ocupar su sitio.
-No vuelvas a hacerlo! -Haba rugido.
-Es insano, pap.
-Sencillamente, no vuelvas a hacerlo. Entendido?
-S, pap.
Ayud a su padre, que sooliento y con el estupor del beodo haba claudicado de todas sus rebeldas dejaba hacer, a desvestirse. El saco hmedo por la llovizna, los pantalones que ya traan corrido el cierre de la bragueta, la camisa arrugada como una vieja bandera sin gloria, y la ropa interior que despeda olores cuya procedencia decidi no preguntarse. 
Le quit los zapatos y las medias, pens llevarlo a la ducha, pero pap ya se estaba durmiendo, lo acost y lo arrop. Empez a roncar y a lanzar un acre vaho alcohlico, pero an en la inconsciencia se movi bajos las frazadas, acomodndose a la derecha, en el lugar que le corresponda. 
Contempl a su padre con una mezcla de compasin y vergenza. Empez a beber desde que mam muri de aquella estpida manera se dijo, y apag la luz.



Dos
Mara
Cuando entr Celia a la habitacin, Mara lea a Isabel Allende, pero no lograba concentrarse en la lectura. Inconscientemente estaba con el odo atento a los ruidos de abajo, a los conocidos ruidos que haca pap al regresar de sus francachelas cada vez ms frecuentes. Adems, debera estar practicando en la procesadora de palabras, porque el Director del diario le haba dicho que la llamara, porque quera cambiar a la redactora de Sociales, que al parecer haba montado su propio negocio con las fotografas en colores de los baby-shower, los casamientos linajudos y los veraneantes de San Bernardino. Sociales, no era precisamente lo que soaba en la Facultad de periodismo. Quera mucho ms, un uniforme de combate y un casco, por ejemplo, y ser enviada en la lnea de batalla. O cubrir un escndalo entre un General y una modelo, algo que conmoviera, que sacudiera. Y que le llenara de experiencias y apuntes para su gran novela, que se senta capaz de escribirla, y lea a Isabel Allende, que de columnista pas a una fama fulgurante de escritora. Isabel Allende, su dolo. Lstima que su nombre, Mara Ibez, no traa evocaciones heroicas como el apellido de Isabel. Se preguntaba si no poda adaptar como escritora otro apellido, sonoro, relacionado con el martirio por la democracia aqu en el pas, y desolada no encontr ninguno con la resonancia heroica de Allende.
-Cmo lleg pap? -Pregunt.
-Como siempre -dijo Celia.
-Si quieres, apago la luz.
-Muy gentil de tu parte.
-Percibo una irona?
-Perdn, Mara. Lo de pap me apena y enoja.
-Quieres hablarlo?
-Prefiero dormir.
Esper que su hermana se desnudara y se acostara, y apag el velador. 
Pero no tena sueo. Al apagarse la luz se hizo visible a travs de los cristales de la ventana el gran jardn de la casa, aterido de fro y goteando llovizna. El gran jardn de la gran casa de la gran familia Ibez. La gran familia de Jaime Ibez, ahora compuesta por pap y las cuatro hermanas, porque mam se haba ido y el nico hermano varn se mat (hace cuatro aos ya?) en aquella monstruosa moto japonesa. Suerte, es un decir, que desde poco antes mam estaba sumida ya en el no-mundo del coma, en el Sanatorio Panamericano, y no lleg a enterarse de la muerte de su querido Ral.
-Es curioso -pens Mara con los ojos abiertos en la obscuridad- que pap nunca mencionara que con la muerte de Ral, se extingua su largo linaje. Muy delicado de tu parte, gracias, pap. Aunque nosotras presentimos que vives con ese dolor de macho, pero no lo sacas afuera ni cuando el alcohol te suelta la lengua.
El apellido Ibez vena de muy hondo. Toda una novela en s mismo, se dijo recordando sus apuntes destinados a escribir la historia de la familia. La bisabuela, Jacinta Velasco, haba sobrevivido al exterminio  de la Triple Alianza. Casi nia y hurfana, porque su padre haba muerto en la masacre de las minas de hierro de Ybycu y su madre, dicen, acompa a Madama Lynch hasta el mismo Cerro Cor, pero all se perdi todo rastro de ella. Jacinta qued en Asuncin, bajo la proteccin de su madrina, doa Iluminada Otaz de Peruzzi, que gozaba de inmunidad ante los dos bandos porque su marido, Giorgio Peruzzi, era suizo-italiano, comerciante y astuto, que primero abasteca a las tropas de Lpez y despus a las fuerzas de ocupacin de la Alianza, sin olvidarse jams de tener izada la bandera suiza en la azotea de su casa, en un asta suficientemente alta como obligar a los artilleros a apuntar sus caones hacia otro rumbo. De esa casa de gente bondadosa sali Jacinta para casarse a los 18 aos con Juscelino Moreira, un civil jefe de Intendencia de las fuerzas imperiales de ocupacin que por la naturaleza de sus funciones conoci a Giorgio, y en su casa, ms tarde, a Jacinta, de cuya belleza qued prendado.
De Juscelino Moreira tuvo dos hijos varones, Baltazar y Matas Moreira, que llegaran a ser ilustres ciudadanos, Baltazar poeta que un da se march a Pars y nunca volvi, y Matas poltico liberal cuya memoria es hasta hoy venerada por sus correligionarios. Jacinta enviud siendo muy joven, cuando los hijos habidos con Juscelino an no haban entrado en la adolescencia. La muerte de Juscelino es un misterio en la historia de la familia -se dijo Mara- porque unos la atribuyeron a la picadura de un escorpin escondido entre fardos de alfalfa, otros a un envenenamiento criminal y apuntaban a una cortesana francesa a cuya casa al parecer concurra muy frecuentemente el apasionado Juscelino, pero a tenor de una carta de la bisabuela, conservada por la familia, Jacinta atribua la muerte de Juscelino a una pasmadura de la sangre y describa unos sntomas que segn el Doctor Acosta, el mdico de los Ibez a quien mostraron la carta, era ni ms ni menos que ttano.
Jacinta se consol muy pronto de su viudez, que de paso, le haba dejado en holgada posicin econmica, al casarse con Federico Ibez, un hacendado correntino de los que emigraron al Paraguay por persecuciones polticas en Corrientes, y se estableci en Misiones, y con el matrimonio, de hecho se unieron dos fortunas, ntegramente dedicadas despus a hacer florecer la estancia misionera. Y no solamente acreci la fortuna, sino tambin la familia, pues la joven viuda fue prolfica como nueva esposa, concibiendo cinco varones, Timoteo, el mayor, un militar que lleg a Coronel y contra todas las reglas de una poca de violencia muri de viejo y en su cama, dejando un tendal de hijos legtimos y naturales, subproductos de sus campaas revolucionarias, a algunos de los cuales reconoci y llevaron el apellido Ibez, pero a otros no, teniendo que conformarse con sobrellevar el apellido de sus respectivas madres. Alfonso se entreg al sacerdocio, viaj a Roma, aprendi mucha Teologa y termin como Profesor de latn y castellano en los Colegios de Asuncin. Prudencio fue el tercer hijo, que se ahog muy joven en las aguas del Tebicuary tratando de salvar un ternero llevado por la creciente. Anacleto fue el cuarto, que curiosamente apareca poco en los papeles de la familia, pero s en uno de los cuadernos de la bisabuela donde copiaba poesas y anotaba sus pesares y pensamientos, y se refera a Anacleto como mi cruz o el castigo de mis pecados, o a veces con torrencial ternura mi pobrecito Anacleto de todo lo cual, Mara deduca que al matrimonio le haba salido un hijo disminuido mental, moglico, probablemente. Finalmente, el hijo menor, Rosendo, que fue abuelo de pap, que slo abandon la estancia un tiempo para estudiar tres aos Tenedura de Libros en Asuncin, y volvi a Misiones donde trabaj toda su vida con su padre, hasta que el buen correntino muri, y el abuelo Rosendo hered todo, con anuencia de Alfonso, el hermano cura que no ambicionaba las materialidades de este mundo, y del hermano soldado, Timoteo, que no cambiara por nada del mundo su austera existencia cuartelera por las comodidades de una estancia, y se conform con una suma de dinero que le entreg el abuelo Rosendo, y que al parecer, el buen soldado us como blsamo de su conciencia ayudando a algunos de sus hijos naturales a montar algunas actividades comerciales de provecho, o a estudiar. Pap suele mencionar que el doctor Mximo Mornigo, el ms ilustre abogado y diplomtico de las primeras dcadas de este siglo, fue uno de los hijos naturales de Timoteo Ibez.
La bisabuela Jacinta, a los ochenta aos, aburrida de su dieta senil de arroz blanco y leche, un medioda de verano pidi que le prepararan un plato de locro con ipocu. Almorz opparamente, se ech a hacer la siesta y con toda seguridad, despert en el Cielo y a la diestra del Seor. 
Mara se enorgulleca de la precisin de sus apuntes, que se fueron volviendo ms fciles cuando los documentos fueron ms recientes, como cuando el abuelo Rosendo se cas con una dama de San Ignacio, Misiones, maestra de escuela y por aadidura, reina de belleza de la ciudad, coronada en el mismsimo palacete Municipal, Angelina del Espritu Santo Aazco, cuyos padres se enorgullecan de un grado de parentesco con el General Caballero. Y en las extraas circunstancias de este matrimonio se dan algunos toques recogidos por el espritu milagrero de la gente. 
Rosendo y Angelina tuvieron un hijo varn, bautizado Federico en memoria del abuelo correntino. Todo indicaba que Federico sera hijo nico porque Angelina, que viajaba a Asuncin a hacer tratamientos para la infertilidad no lograba concebir otro hijo. Sobrevino la Guerra del Chaco y Federico se present y fue movilizado como oficial de infantera y march a la contienda. Muri en la desastrosa batalla de Strongest, la nica derrota paraguaya en la guerra a la edad de 20 aos. Y despus, de esta muerte anonadante para el matrimonio, en rigor en 1936, Angelina, a los 41 aos, qued embarazada, y naci pap. De ah su nombre de Bienvenido.



Tres
Dina
Dina tampoco poda dormir. Escuch con resignacin la bienvenida de borracho que haca Celia a su padre, pero entre las cuatro hermanas, ella, la segunda, era la que mejor haba asimilado la situacin, con cierto fatalismo. Pap sabr lo que hace con su vida, sola decirse, pero enseguida se arrepenta de su crueldad. Debera ser compasiva como Celia o como Mara, o maternal como Elida, pero tena tendencia a dejarlo correr.
Por eso, lo que le causaba insomnio era sencillamente una obscura forma de resentimiento, que se col en su conciencia cuando estaba viendo la televisin esa noche.
-Por qu ella y no yo?- Se haba preguntado al ver y or pontificar con aire sabihondo a la mujerona gorda, mestiza de sargento y de cocinera la calific, que acababan de nombrar para un alto cargo en el Gobierno.
-Tengo 26 aos -se analiz- dicen que soy hermosa, pero quedemos en bonita. Buena figura y todos los dientes. Licenciada en sicologa, Licenciada en idioma ingls en la Universidad Nacional, curso de la Secretaria perfecta en Buenos Aires. Afiliada al Partido y Dios sabe que me pas horas sobre la mquina de escribir y cenando empanadas grasientas con caf negro durante la campaa electoral. Pero no me vali de nada, sigo siendo la Secretaria decorativa de un obscuro Subsecretario tan anodino que pas desapercibido con la epidemia de cambios desde 1989, y que dej de preocuparse de mi promocin cuando le dije no a su invitacin a pasar juntos un momento agradable. Deb decirle simplemente no y no ponerme en puritana provocndole el susto de su vida al decirle que llamara a su seora a ver si aprobaba el momento agradable. Si aquello fue acoso sexual dur poco. Lo que dura mucho es la frustracin de l, que a su vez me frustra en mi trabajo a m. Debo ser vctima de una forma retorcida de acoso sexual abortado. Consultar con Celia, que estudia Derecho.
Sonri y trat de dormir, pero no pudo.
-Pap tiene razn cuando nota la nerviosidad que traigo del trabajo y me dice que hija, no necesitas trabajar -reflexionaba- y en cierto modo tiene razn, como la tiene cuando le dice a Celia, su bebita, que no necesita estudiar, y a Mara, cuando se refiere a sus diplomas de la Facultad de Filosofa como un ponderable esfuerzo, pero puro tiempo perdido. Su mentalidad de ganadero bastante prspero le hace concebir el bienestar de la familia a partir de las vacas y los toros. Quera que todas sus hijas vistieran a la moda (para eso hay plata...), se fotografiaran en Punta del Este y trabajaran en obra de caridad para beneficio de los pobres, y desde luego, tuvieran su cochecito, pero slo lo aceptaron Elida y Mara, esta sealando con aire de disculpa a sus hermanas que como periodista, le sera muy til, cuando tuviera tal empleo, claro. Slo Elida, la mayor, se salva de sus crticas. Se encarga con alegra de la cocina, de la limpieza, y se pregunta si ya no es hora de encontrar marido y tener muchos hijos, a los 28 aos. Ella acept tener la camioneta porque la necesitaba para ir al supermercado. Y realmente slo la usa para eso.
-Pap, tienes tres hijas ambiciosas y una conformista -dijo a la oscuridad- mrito de mam. Vos firmabas los cheques y mam nos llevaba a la mejor Escuela, al mejor Colegio. Ella, sin mucha educacin, era fantica de la educacin. Nos quejbamos, mam, pero no cedas un palmo, dulce como un hada, frrea como un sargento, a estudiar, a ser la mejor, la abanderada de los desfiles, el primer nombre en la lista de honor. Y lo lograste con casi todas, porque la cachazuda Elida se te empacaba con la mansedumbre invencible de una mula cansada. No es para m, mam se quejaba y se iba a leer a escondidas sus libros de poemas o andaba por la casa caminando o ayudando en las tareas domsticas como una zombie, con el audfono de una radio minscula colgando de una cinta y sintonizada en FM incrustado en el odo. Slo con ella te diste por vencida, mam. Pero de todas maneras te agradecemos las cuatro. Somos lo que queremos ser, o por lo menos, mam, estamos en camino.
-Lo que pudre es la caudilla rural esa con sus pechos de vaca y sus labios gruesos de lamesartenes. Dios, te pido humildemente perdn, pero s me pudre. T, en tu infinita sabidura, sabes que hay una escala de valores, que T mismo lo inventaste. Cmo ella s y yo no? Cmo se llega y cules son las armas? Suelo imaginar que es la sabia manipulacin del sexo, pero si fuera solamente el sexo, esa gorda estara custodiando un archivo en un stano polvoriento. Entonces... Qu? Inteligencia, imagen, carisma, tener talento y demostrarlo, tener sentimientos altruistas y derramarlos, tener ambiciones y empujarlos, tener seoro, alcurnia moral, e imponerlos. Muy pocas han llegado no muy alto con esas armas. Entonces debe haber otra cosa. Algo que se resume en ser notoria. Notoria, puede ser la palabra mgica. Que las cmaras de TV te busquen, que los periodistas te enchufen la boca sus grabadoras, y cuando una cuestin se pone caliente, correr todo el mundo a preguntar que piensa Fulana, o mejor, que dice Fulana. Y lo que dice Fulana est ah, importante, porque Fulana se da maa para andar por los pasillos, manejar pedigeos, sentarse en el palco, dialogar con los monstruos, hablar en nombre de la mujer paraguaya, usar palabras adecuadas como reivindicar, redimir y provocar el aplauso del mujero cansado de or vaciedades masculinas y hambrienta de que una de ellas tome por fin la larga posta.
-Soy una envidiosa de porquera -se dijo al fin. Pero desde maana me pongo a trabajar para ser notoria. Ya descubrir cmo se hace, tal vez empezando a hacer olas. Algo se me ocurrir. Como el asunto ese del acoso sexual. 
Y se durmi por fin.



Cuatro
Elida
Elida dorma profundamente, y soaba que una voz viril, suave y susurrante, le recitaba un poema de Rubn Daro, sobre el fondo de Sueo de Amor, de Lizt. Era la voz el Prncipe Azul que se aproximaba montado en un caballo blanco, y su voz lejana era la nube del paisaje, y el verde y el brillo lunar de las montaas. El jinete glorioso se vena acercando, pero en medio de tanta dulzura, empez a sentir la pena de siempre, porque en el momento justo en que el Prncipe desmontaba y se acercaba a su desmayada imagen de enamorada, pasara de repente a otro mundo. A este mundo feo, porque lo maligno del sueo era que despertaba en el momento de mayor esplendor.
Despert y en la oscuridad entrev a Dina dormida como siempre, acurrucada como un beb y con el pulgar en la boca.
-Por lo menos deb hablarlo con ella -se dijo Elida pensando en su secreto. Su secreto era Marcelo, que quera casarse y era simptico, alto y fuerte y un poquito panzn y un poquito calvo y un poquito cerca de los 35. No exactamente el Prncipe Azul, pero aun siendo soltero tena el aspecto de pap bonachn de numerosa familia que ella pensaba concebir como la culminacin de sus sueos.
Haba conocido a Marcelo en el supermercado. Primero lo conoci de vista, y pens que era un esposo hacendoso haciendo las compras y examinando cuidadosamente cada frasco o paquete antes de ponerlo en el carrito de compras. En otra ocasin se atrevi a mirarle las manos, disimuladamente, y no tena anillo de matrimonio. Sonri con un extrao alivio y Marcelo crey que le sonrea a l y le sonri a ella, que esper no haberse ruborizado tanto como para ser notado. El hielo se rompi en otro da en que coincidieron cuando a ella se le cay una lata de durazno que fue rodando a parar bajo las estanteras. Se agach a buscarlo cuando oy por primera vez la voz de Marcelo.
-Djeme ayudarla, seora.
Recogi el envase y galantemente lo puso en el carrito.
-Gracias, seor.
-A sus rdenes, seora. 
Durante toda la semana, sinti vergenza por la respuesta de buscona que diera a Marcelo.
-No soy seora.
-Es una agradable noticia -respondi Marcelo, con una gran sonrisa que descubri una dentadura de diversos tonos de marfil, obra maestra de algn buen dentista.
Una corta conversacin sirvi para que ella informara como quien no quiere la cosa que sus das preferidos de supermercado eran los jueves a las 18, lo que ocasion que los das preferidos por Marcelo fueran tambin casualmente los jueves a las 18. Fueron madurando la amistad a lo largo del itinerario compartido de dos carritos de compras, y del formal intercambio de informaciones sobre la mejor leche en polvo, las caloras de la manteca vegetal, el buen sabor del aceite de oliva espaol y del queso de rallar italiano, amn de que los fideos de smola pueden comerlo -segn Marcelo que tena a su madre enferma de tal enfermedad- hasta los diabticos.
Ms tarde, terminadas sus compras, despus de la estacin en que Marcelo, con extrema cortesa (cortesa de timidote lanzado, se deca Elida con visceral sabidura femenina) empujaba hasta la Caja los dos carritos, y cargadas las vituallas en la camionetita Nissan de ella y en el enorme Chevrolet negro de l, tomaban el fresco en el ancho estacionamiento, charlando y mirando correr el enloquecido trnsito de Mariscal Lpez.
En esas charlas, Elida fue conociendo la historia bastante gris, pulida, rutinaria y sin aristas, de Marcelo, que se disculpaba de la lisura de su existencia, diciendo que no hay nada heroico en mi vida, y ni siquiera fui al cuartel porque soy hijo nico de madre viuda. Todo l -se deca Elida- muy lejos del Prncipe azul de coraza de plata y cabellera rubia al viento, con su calvicie que iba marchando desde la frente para atrs y su cara de angelote maduro. Pero de todos modos, me agrada, se replicaba mensurando la distancia entre las imgenes del sueo y la carnadura de la realidad, y desde luego, desde la altura ya un poco melanclica de sus 28 aos.
Fue hijo nico del matrimonio de don Artemio Figueredo y de Judith Hoffman, hija a su vez de un Secretario de la Embajada de Alemania en Asuncin, Erich Hoffman, en la dcada de los aos 30. Cuando los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial, los diplomticos alemanes vieron cernirse nubarrones obscuros sobre su cmoda misin diplomtica y como pudieron, se marcharon a la Madre Patria, menos Erich que con la desaprobacin total de los miembros de la Embajada, haba mezclado su sangre aria, matrimonio mediante, con la de una paraguaya, Emilce Segovia, que ya tena una hija, Judith, cuando fue abandonada la misin diplomtica. El bueno de Erich pens y tuvo razn, que nadie le molestara y as fue hasta cuando el Paraguay declar la guerra al Eje, y no precisamente para contribuir decisivamente a su derrumbe. Por entonces, Erich haba montado ya una fbrica de chacinados en Luque, tena un buen pasar y Emilce le dio otro hijo, un varn, Enrique Hoffman, Enrique, por el padre de Emilce.
Judith, a la edad de 18 aos, se enamor del Contador de la fbrica de chacinados, Artemio Figueredo, cuyo deber era ir un da a la semana a poner en orden los libros de don Erich, pero a medida que la rubia Judith creca y floreca, el serio y pacato Contador encontraba misteriosamente ms tareas que realizar, y termin concurriendo a la fbrica todos los das hbiles de la semana. Don Erich perciba el tmido coqueteo de los jvenes, sus miradas, sus rubores y tambin el temor de provocar la furia del alemn, y decidi cortar todo por lo sano de la manera ms germanamente prctica. Por qu no se casan de una vez? estall un da.
Se casaron y slo trascurridos seis aos de la boda, Judith concibi a Marcelo, su nico hijo. Pero el bueno de Erich no habra de ver a su nieto, porque hombre sanguneo, goloso, de cuello de toro y bebedor de cerveza, no resisti a la tercera manija de chopp una calurosa tarde de diciembre y su corazn estall. Emilce confi a su hijo Enrique la direccin de la fbrica que haba crecido, modernizado y hasta tena dos camiones de reparto, con la recomendacin de dar su parte de alguna manera a Judith y a su marido. Enrique hizo algo ms. Asoci a Artemio Figueredo por partes iguales, le entreg la direccin y la gerencia de la fbrica, se hizo dar un sueldo y sali a vagar por las calles de Asuncin en busca de gratificaciones homosexuales, hasta que un da amaneci muerto y molido a palos en la plaza Rodrguez de Francia, frente a los cuarteles de la Marina.
Artemio Figueredo hizo que la fbrica prosperara, tuviera su propio criadero de chanchos, un enorme criadero de pollos y su propio molino de alimentos balanceados, y cuando muri doa Emilce, le llevaron a un suntuoso Panten en el Cementerio Alemn, donde le esperaban ya los restos mortales del marido, previsoramente trasladados de su humilde tumba original. Juntos en la Vida y en la Muerte hizo tallar en mrmol Artemio para la sepultura de sus suegros, sin imaginar que pronto, l ira a acompaarlos. Marcelo tena trece aos cuando un da, en pleno trabajo, Artemio sinti unos agudos dolores de estmago, que atribuy a algo que haba comido, y pidi a Judith un tecito de yaguaret-ca'a. Pero los dolores persistieron, decidi que le llevaran a un Sanatorio, al que lleg muerto por una peritonitis fulminante.
Judith desnud entonces su paciencia y su valenta alemanas, y se hizo cargo de la direccin de la fbrica, y con espritu previsor apart a Marcelo de todo lo que no fuera una carrera de Contador primero, y de Doctor en Ciencias Econmicas despus. Una vez a la vista de los dos diplomas, entreg la floreciente empresa a Marcelo, adquiri una casa en Asuncin y decidi pasar su vejez en paz y volviendo a los inacabables trabajos de tejido y bordado de su infancia. Pero no alcanz esa pacfica felicidad, porque enferm de artritis en su forma ms agresiva, y era casi una invlida.
De modo que el Marcelo que conoci Elida, era el hijo soltern y devoto de una anciana seora enferma, prspero propietario de una fbrica asptica como un quirfano de chacinados, de un criadero de pollos superlativo y un molino de alimentos balanceados, sano de alma y de cuerpo, austero hasta el lmite de encargarse l mismo de las compras, tmido y ansioso de casarse, con el entusiasta apoyo de mam Judith.
Slo que Elida no se decida.
-No s si lo amo -se deca- pero por lo menos le respeto. De alguna manera es el hombre ideal para una dama bastante pernilarga y flaca de 28 aos, que suea ser esposa y madre. Lo mejor que puedo encontrar, aunque acaso alcanzara algo mejor si cuido mi figura como Dina, o me maquillo como Mara o haga danza jazz como Celia. Pero eso no es para m. Quiero un hogar para m, hijos, muchos hijos. Y lo mejor que me ha pasado es conocer a Marcelo.
Pero... Quien cuidar a las chicas y a pap si me voy? 



Cinco
Bienvenido Ibez
Despert cuando el resplandor del sol de agosto, brillante y fro, le dio en la cara. El mismo gusto amargo de siempre en la boca, el dolor palpitante de cabeza que lanzaba una aguda flecha de hielo cada vez que la mova. La resaca, se dijo con la conciencia rebosante de culpa. Apart con un acto de valor las frazadas y se vio desnudo al mismo tiempo que escapaba un aroma agrio, de sudores y de hieles de su cuerpo.
-Quin demonios...? -imprec al verse desnudo.
Celia -se dijo- mi linda y pobrecita Celia, el beb de rizos dorados de pap. Me desnud. Desnud mi miseria y mi cuerpo. Linda tarea para una nia. Necesito una ducha. No, necesito un revlver para pegarme un tiro. 
Me est sucediendo lo peor. Tengo una familia hermosa y no la merezco. No soy un padre, ni un estandarte de orgullo. Soy una vergenza. La gran...
-Pero consulate, Bienvenido. Las has educado bien. O mejor, Nin las educ bien. Son chicas fuertes, macizas, cuerdas, juiciosas, alabado sea Dios. Me ven rodar por la pendiente, pero no sern arrastradas. No van conmigo hacia abajo. Me miran caer y se compadecen y lloran. Por m, porque son tan maduras que no se compadecen de s mismas, no lloran por s mismas, porque ya estn mas all de la dependencia. Hurra las cuatro mosqueteras, y alabado sea Dios, otra vez.
-Nin, hoy amanec religioso, vaya a saber por qu. Que Dios te tenga en la santa gloria que mereces. Te d cuatro hijas y criaste cuatro amazonas.
Se levant desnudo evitando mirarse a s mismo, la pelambre gris de sus pelos en el pecho, en el pubis, hasta el ombligo, las piernas, la barba que enmarcaba unos ojos hundidos y rojizos. Abri el agua fra que trajo la gelidez de la noche de agosto y le castig con ltigos helados. 
Aterido casi hasta el desmayo gritaba, ruga alabado sea Dios. Sali de la ducha, murmurando que me estoy volviendo masoquista, carajo, Alcohlico y masoquista, linda combinacin, concluy.
Hizo un esfuerzo supremo y se afeit, y la maquinita de afeitar fue barriendo la espuma y al mismo tiempo devolvindole su humanidad. 
-Es grande el milagro que produce una afeitada. Es como salir de detrs de la barba donde estbamos escondidos, y volver a ser, volver a estar. Lstima que no puedo afeitarme la conciencia, porque all crece la culpa. La gran culpa que no puedo compartir con nadie. Nin, perdn por mi brutalidad.
Encontr ropas interiores limpias en el ropero, blanqusimas, apiladas con un orden casi cuartelero, pero con el toque femenino de Elida, que pona ptalos de jazmn entre las prendas que lavaba y planchaba. Elida, que casi con alegra apresurada haba tomado el puesto de mam, como si quisiera borrar con su cario la imagen ausente que flotaba en toda la casa. Sinti fresca y perfumada la camiseta, suaves los calzoncillos vaya a saber con qu aderezo descubierto por Elida en el supermercado. Mejor que cuando Nin lo haca.
-Nin. Espero me hayas perdonado. Me cas contigo, pero nunca te conoc. Eras hermosa, eras rubia, eras humilde, la flor de un barrio orillero.
Iba a nadar a la piscina del parque Caballero. Iba a bailar al Mbigu. La vieja locomotora pasaba por su casa arrastrando lentamente los vagones de carga, desde la Estacin hasta los andenes de Cambio Grande. Y los maquinistas la conocan, ponan las manos sobre las palancas del freno y le decan cuidado cuando suba de un salto a la cabina y rea con el calor de la caldera quemando su cara y dorando ms sus cabellos. Nin, la de la casita con jazmines que trepidaba cuando pasaban los trenes de pasajeros. Nin, burguesita hermosa que dej el tercer curso de la Escuela Normal para trabajar, porque pap ganaba poco como sastre y mam nunca aprendi ms que a cocinar, y fue dependiente en la Mansin de las novias de aquel turco mancn y su gorda mam.
Venan las novias proletarias ansiosas del vestido blanco y la corona de azahares y los guantes de seda hasta el codo, y los vestidos una y mil veces casados esperaban en fila en la larga vara del vestidor. Cosidos y recosidos, ajustados y agrandados, manchados y cepillados con quitamanchas con olor a mquinas viejas, Nin era una fiesta anticipada, compartiendo la expectativa ruborosa de las novias que venan a alquilar los tirajes, midiendo, descosiendo, cosiendo, poniendo un pliegue aqu, fabricando una cintura gentil y virginal por all, alfileres mordidos con sus dientes blancos y los labios generosos en amplia sonrisa. Con cada novia, Nin viva una felicidad nupcial cmplice, sabiendo que alguna vez vendra el amado, y ella elegira all mismo, el traje de novia ms trajinado, el que escuchara ms veces la marcha nupcial y el que ms gastado tuviera los ruedos por el baile del Vals de los Enamorados.
-Y llegu yo en mal momento para vos, Nin.
La vio caminando un casi anochecer de verano, del trabajo y rumbo a su casa, cruzando en diagonal la Plaza de San Roque, que entonces tena an una Iglesia ennoblecida por la carga del tiempo, y la sigui, admirando la gracia de su talle, el andar felino, y el vestido liviano que modelaba el cuerpo blanco, firme, fuerte y armonioso de una bailarina rusa. Un deseo intenso, hambre de la sangre y de la carne, circulaba por su cuerpo. Esa mujer tiene que ser ma. La abord ocultando sus prisas de animal en celo.
-La acompao?
-Por qu no?
Su sonrisa era de una bienvenida clida, inocente, confiada, de ser humano que tiene fe en la gente y encuentra amigos por todas partes. Se acostumbr a esperarla al terminar el da en las puertas de La Mansin de las Novias. Caminaban charlando hasta llegar a su casa. Cuando crey maduro el momento, insinu la aventura, el sexo, y ella se neg y no se ofendi, amable, comprensiva, escurridiza, segura de s. Se devanaba los sesos tratando de encontrar el modo de alcanzar aquellas doradas primicias, y siempre chocaba con la negativa amable, con la desolacin dulzona de un no envuelto en celofn.
Ms tarde, ella le dijo que acostumbraba ir a bailar, con su hermana y con su primo, los sbados al Mbigu, y l fue all, bail con ella, con la tortura de tener ese cuerpo tan prximo, tan firme y tan clido y al mismo tiempo tan lejos. Persisti, conoci a los padres de ella, don Modesto y doa Rafaela, que se haba cosido, de una tela que cruja, un vestido nuevo el da en que l inaugur sus visitas a la casa. Dos Modesto le estrech la mano y se fue a jugar a las damas con sus amigos, los peones ferroviarios de guardia.
Nin jams cedi al acoso. La aventura de Bienvenido fue primero asedio, luego obsesin. Y termin proponiendo matrimonio. No fue una ceremonia a todo lujo, en la Catedral, como permita su fortuna de joven ganadero prspero, sino en la Iglesia de Trinidad, con pocos invitados, porque Nin, deslumbrada por ese marido que le haba cado del cielo y estaba lleno de defectos pero aprendi a amar, no daba importancia al esplendor de una boda principesca, y porque Artemio no vea a doa Rafaela con sombrero y velo ante sus amigos. Incluso, Bienvenido cedi con cierta complacencia al capricho de Nin de ponerse uno de los trajes de boda de La Mansin de las Novias, algo extraado de semejante contraccin a la economa, y sin adivinar jams las motivaciones lricas de Nin al ponerse el vestido que tantas novias humildes haban lucido en su noche de gloria.
La noche de bodas fue un asalto, un abordaje de pirata, que Nin consenta y acompaaba con suave entrega, quizs no feliz por aquella torna violenta de su cuerpo, pero s feliz porque haca feliz a su marido. 
Un resumen al fin, de su vida de casada.
Naci una nia, Elida, despus Dina, y luego Ral, que morira tan joven. Despus Mara y Celia, en ese orden.
Hasta que sobrevino la tragedia estpida, debido a que nunca conoci realmente a Nin, y fue su brutalidad la que...
-Perdn, Nin.
Del piso de abajo ascenda el olor a caf y a amor de la hacendosa Elida, y desenvainando su mejor sonrisa con gran esfuerzo, baj a desayunar.



Seis
Judith
-Y para cuando es el casamiento?
-Ella me pide un poco de paciencia, mam.
-Paciencia! Para qu?
-Para esperar, mam.
-Esperar qu?
Marcelo suspir con resignacin. Cuando empieza con sus preguntas no para.
-Bueno, el momento oportuno.
-Y cundo es el momento oportuno?
-No s, mam. Ella tiene sus problemas.
-Cuntos aos tiene? 
-Veintiocho. Ya te lo dije.
-Quieres darle un mensaje de mi parte?
-S, mam. Cul?
-A los 28 aos, el momento oportuno ya pas. Pescar un momento oportuno despus de los 28 es como sacar la lotera. Decile eso, con todas las letras. Me oste?
-S, mam.
-Le dijiste que somos ricos?
-Ya lo sabe.
-Y?
-Ella tambin es rica, mam.
-Huelo algo raro. Cmo es que siendo rica, a los 28 aos no encontr marido? Es fea?
-No, es una chica agradable.
-Y cmo no encontr marido?
Marcelo se sent resignado. Mam no descansara hasta exprimirle hasta el ltimo jugo de la informacin.
-Es una situacin especial, mam.
-Cmo de especial?
-Bueno, ella es la mayor de cuatro hermanas, la mam muri y ella tom el trabajo de ser mam. Adems est su pap.
-Son invlidas las hermanas?
-Por cierto que no, mam.
-Y por qu no se ocupan de s mismas y de su pap?
-Bueno, digamos que son chicas modernas.
-Y eso que significa?
Lo que ms irritaba a Marcelo era que su buena mam, a cada pregunta golpeaba el piso con el bastn. Pero por nada del mundo mostrara impaciencia. Que siga el diluvio.
-Y... creo entender que estudiaron, se educaron, tienen muchas ambiciones y ninguna vocacin de dedicarse a la cocina, supongo.
-Un tro de loquitas!
-Yo no dira eso, mam.
-La mujer es para el hogar.
-Mam, por diez aos dirigiste una fbrica.
-Porque tu pap tuvo el mal gusto de morirse de repente. Volvamos a... Con es que se llama? 
-Elida.
S, Elida. Le vas a decir que la quiero conocer.
-Mam, ya se lo dije tres veces. Dice que an no.
-Es presuntuosa!
-No, ella dice que es prudencia. Que significa un compromiso que an no est segura de tomar.
-Ella dice que no? Siempre vas a venir a decirme lo que piensa ella, lo que hace ella y lo que dice ella? Y que pasa contigo?
-Qu pasa conmigo?
-Sos el varn de la pareja, no?
-As parece.
-As no parece Eso de ella dice ya me tiene harta! Cundo vas a tomar decisiones vos?. Vamos a ver a mi mam o te vas al diablo con tus remilgos de hermana mayor. As se hace. Adems el tiempo corre.
-Ya s, mam.
-No, no sabes. Dios sabe que vivimos una soledad compartida. Quiero nietos y dudo que una mujer de 28 aos pueda concebir, aunque es muy posible, lo reconozco. Supongo que ser virgen.
-Cmo voy a saberlo?
-No es curiosidad malsana, hijo. Pero se da el caso que a una virgen de 28 aos se le seca los ovarios. Preferira que no fuera virgen.
-Mam!
-Le podemos permitir alguna aventurita en su pasado. Algo as como cargar combustible a mitad de camino.
-Mam... de dnde sacas ese cinismo?
-Yo me cas virgen a los 19 aos y tard seis en embarazarme de tu pap. Y eso que tu pap era fogoso!
-No me gusta orte hablar de eso, mam. A tu edad...
Marcelo ya empezaba a sentirse molesto. Me basta con los repetidos pretextos de Elida se dijo, pero su madre le estaba mirando acusadora.
-No has heredado el temperamento de tu pap!
-Supongo que no.
-Ahora que recuerdo, tuve un hermano homosexual.
-Mam!
-Oye. Por qu no la llevas a la cama? 
-Porque la respeto, mam.
-Pamplinas! Si es tan pacata como dices, y suponiendo que no tenga experiencias sexuales, la llevas a la cama, descubre a los 28 aos la gloria del orgasmo y manda al diablo a su pap y a sus tres hermanas.
-Tienes una mente retorcida, mam.
-Creo que te eduqu mal. Demasiado puritano. La vida no es as, no es una cadena de pureza, sino de pecados. Adems... Quiero nietos! Me oyes?
-S, mam.
-S, mam. Dices siempre s, mam. Pero no comprendes. Me oyes y no me comprendes. Estoy vieja, mira mis manos, parecen garras, no puedo manejar ni una aguja de zapatero. Es el infierno, me duelen las rodillas, los codos. Me duele todo. Me duelo toda. Y tambin la soledad es dolorosa. 
Quiero que traigas una mujer aqu, quiero ayudarla a parir mis nietos. Es mucho pedir?
-No, mam, lo que dices es justo.
-Pero la chica esa va postergando nuestra felicidad... o por lo menos nuestro consuelo. Marcelo, siempre has sido un buen hijo. Me has obedecido siempre y todo sali bien. Es verdad?
-As es, mam.
-Pues me vas a obedecer nuevamente.
-En qu, mam?
-Bscate otra!
Se levant de su gran silln trabajosamente, apoyada en el bastn. 
Marcelo intent ayudarle, y ella lo rechaz con enojo. Se fue arrastrando su vencida humanidad rumbo a su dormitorio, envuelta en su vieja salida de bao ya sin color. Marcelo fue a la cocina, a preparar el vaso de cocoa caliente que su madre tomaba con sus pastillas para dormir, y mientras el brebaje humeaba, le entr la vieja sensacin de alerta, porque vea venir un chantaje ms de la larga cadena de chantajes que constitua su relacin con su madre.



Siete
Mara
Cmo deba vestirse para la entrevista con el Director del diario? 
La noche antes haba llamado por telfono el Jefe de Redaccin. Le pidi que confirmara la existencia de su diploma de Licenciada en periodismo, y cuando ella le asegur que s la tena, le concert la cita. 
Albricias, han echado a la de Sociales se dijo con cierta perversidad. 
Decidi ponerse un vestido de lana y botas, por el fro, y en la cabeza un gorrito ruso de piel que le haban regalado y le haca parecer a Geraldine Chaplin en Doctor Zhivago. A ltimo momento se quit el gorro.
-Voy a trabajar, no a seducir -se dijo.
Cuando esa maana lleg al peridico, con su carpeta curricular y algunos trabajos hechos, la hicieron pasar de inmediato al despacho del Director, que se haba cortado al afeitarse, tena manchitas de sangre en el cuello de la camisa y luca una expresin malhumorada. Sin (1) responder a su saludo, le dijo:
-Sientese ah.
Ah era una silla frente a una mesita baja y en la mesita baja una mquina de escribir Underwood de por lo menos treinta aos. Jess -se dijo- yo escribo con procesadora de palabras. Tom coraje, al fin y al cabo era el mismo teclado. Slo que la mquina aquella pareca pesada como un locomotora. Se sent.
-Escriba algo que sea digerible -le dijo.
Llena de pnico, descubri que tena la mente en blanco. Crea que la cuestin era una entrevista protocolar, un test verbal o algo por el estilo, pero la ponan a escribir. Introdujo el papel sin tener idea de qu escribir.
-Cinco minutos -la voz del Director era tajante como el filo de un hacha.
Y empez a escribir: Seor Director, me gustara trabajar en el diario. Sinceramente, Sociales no me gusta, pero por algo se empieza.
Djeme mostrarle mi diploma, y el artculo que escrib sobre la supervivencia de las ballenas. Lo tengo en mi carpeta, ver que...
-Es suficiente -dijo el Director- a ver eso.
Deca eso como si hubiera escrito en papel higinico, y usado. 
Extrajo la cuartilla de la mquina, se lo pas al Director y qued de pie, frente al escritorio. El hombre ley el breve escrito, frunci el labio y el bigote pareca querer explorar las profundidades de su nariz.
-Sintese.
Obediente, se sent, tiesa. 
-No es para Sociales -dijo el Director- lo que queremos es reforzar las pginas de Policiales, donde andamos muy detrs de la competencia. 
Adems, la sangre vende.
-S, seor Director.
-La tomamos a prueba por tres meses, seorita. Y ya tiene trabajo. 
Hable con Centurin. l le informar.
-Quin s Centurin?
-Averiguar quien es Centurin es su primer trabajo de investigacin -le respondi con una sonrisa de conejo, sin alegra- Buenos das.
Sali a la sala de Redaccin. Inmensa y movida como un colmenar. En las paredes estaban fijados varios carteles de gracias por no fumar pero todo el mundo fumaba, todo el mundo con la corbata floja, y todos los escritorios con manchas verdes de terer derramado. Una chica la mir amablemente.
-Busco al seor Centurin. La chica peg un grito Cent...! y all lejos un sujeto de lentes levant la cabeza. La chica amable la seal con el pulgar y Centurin la invit a acercarse con el ndice. Vaya mundo periodstico se dijo Mara, que tena una idea distinta de como se hace un diario. Que esto pareca el mundo antes de la Creacin, el caos. Le result difcil entender como de este caos sala un diario. Pero ya estaba metida. Centurin la mir con la indiferencia superior de veterano.
-La chica nueva?
-S, seor.
-No soy seor, soy Centurin. Por el momento su jefe.
Le seal una mesa con una procesadora de palabras. A Dios gracias.
-Vas a trabajar all... Cmo te llamas?
-Mara.
-Mara, vas a trabajar all. Supongo que sabes manejar eso.
-S, seor.
-Centurin! Y ahora a lo nuestro. Sentate.
Ella se sent. Centurin revolvi unos papeles, encontr lo que buscaba.
-Sintonzame bien -dijo explorando sus intrincados apuntes- en fecha 2 de mayo, o sea hace un poco ms de cuatro meses, a las tres de la maana, pas por la calle Herrera, esquina con Mxico, un coche obscuro. Del coche parti un disparo de rifle y le dio a un travesti en la mitad del coco. El travesti ya estaba en el infierno antes de terminar de caer. Hubo una testigo, Nicasio Gonzlez, alias Pamela, otro degenerado, que estaba con la vctima, en la misma esquina. Me sigues?
-S.
-Y por qu diablos no ests tomando notas?
Se apresur en abrir su carpeta y anotar en el primer papel en blanco que encontr, al dorso del artculo sobre la supervivencia de las ballenas, y adems decidi no interrumpirle, porque conoca aquel hecho por haberlo ledo en los diarios y visto en la tele. Mejor dejarlo hablar. 
Le gustaba hablar, darse importancia, orse a s mismo.
-Bien. El 16 de Junio, la cuestin se repiti en Paraguar y Teniente Faria. Esta vez le toc a Florindo Ortellado, Azucena segn su nombre de guerra. Otro tiro en mitad de la frente. Slo lo vio un chfer de taxi que pasaba por ah, Marcelino Otaz. El mismo coche obscuro, se supone, el mismo rifle, se sabe. Cuando la Polica le pregunt por qu no persigui al del rifle, dijo muy suelto de cuerpo que el tipo estaba haciendo un bien a la Sociedad y no deja de tener razn, para mi gusto. Y ahora viene lo lindo: anoche, o mejor esta madrugada, el tirador del coche obscuro intent de nuevo y esta vez fall. El proyectil dio en el cuello a Ingrid, o Mamerto Sosa, como quieras, que est internado o internada, que se yo, en el (2) Policlnico Policial y va a recibir la visita de una aprendiz de periodista que le va a hacer un reportaje.
-Yo?
-Con quin estoy hablando?
-Pero. Qu le pregunto?
-No te ensearon en la Facultad? And a verle a Romero que te va a dar una credencial. Y por si no has tomado nota, el reportaje es slo el comienzo de un trabajo de investigacin que vamos a hacer sobre este maloliente asunto. Vol.
Esta vez no pregunt quin era Romero. Se dio maa para ubicarlo en una cueva adosada a la Contadura, que era otra cueva ms grande adosada a la Administracin. Y all, en un cuartito obscuro, la Polaroid le tom una foto horrible y en quince minutos ya tena su credencial de periodista. 
Sali a la calle, con su credencial flamante en las manos. Seor, en qu me he metido. Travestis asesinados. Yo no esperaba esto.
Sin embargo, senta una extraa exaltacin cuando puso la llave y el pequeo Honda arranc.



Ocho
Celia
Ese mismo da, por la maana, haba escuchado a su padre hablando por telfono con don Narciso, el Administrador de la Ganadera La Esperanza, como se denominaba el Establecimiento en Misiones de la familia. Al colgar el aparato, despus de escuchar en silencio como cinco minutos de perorata de don Narciso, su padre dispar una palabrota y despus hasta esto ms, maldicin!. Subi a toda prisa la escalera rumbo a su habitacin, con la obvia intencin de vestirse y a correr a la oficina.
Adivin que se trataba de problemas serios. Mejor dicho, supo que haba problemas serios. No puede ser de otra manera, con la vida que lleva pap y con las semanas que pasa sin ir a la oficina.
Celia tom una determinacin y tambin se visti apresuradamente, de modo que cuando su padre se diriga al coche se peg a l.
-Adnde vas?
-Voy contigo, pap.
-Para qu?
-Para ayudarte. Me aburro todo el da en casa.
-Y tu Facultad?
-Voy de noche, ya sabes.
Penetraron al subsuelo del edificio donde don Bienvenido tena su propio lugar de estacionamiento y tomaron el ascensor al quinto piso. La Ganadera la Esperanza ocupaba la mitad del quinto piso. Su padre, con su llave, abri el despacho de donde sali una bocanada de aire sucio, de encierro y de abandono. Cunto hace que no viene?. Tom asiento en uno de los mullidos sillones y not que su padre soplaba a puro pulmn el polvo acumulado sobre su ancho y labrado escritorio.
Poco despus, entr don Narciso. El bueno de don Narciso, a quien desde nia conoca con su eterno aire de melancola, de hombre que lleva sobre sus hombros el peso del mundo, ahora ms viejo y ms encorvado, pero siempre todo redondo, redonda la cabeza y la cara, redondos y cados los hombres, redonda la panza, y con los aos, pareca haber perdido unos centmetros de estatura, y ganado otro par de lentes, que ya no eran aquellos quevedos que se sostenan sobre la punta de la nariz, sino unos gruesos lentes de miope. Desde el momento mismo de su entrada a la oficina, con su gruesa carpeta bajo el brazo, mostr inquietud por la presencia de Celia, y Celia sinti inquietud por la inquietud del antiguo empleado, que se haba sentado sobre la silla frente al escritorio, en los bordes de la silla, como preparado para salir a la disparada.
-Dme un resumen de la situacin, don Narciso.
Don Narciso vacil, se volvi a mirar a Celia, evidentemente molesto.
-No creo conveniente que la nia... -Susurr.
-Por qu no te vas a tomar un helado o a comprar un disco, Celia?
-Pap, ya crec. Recuerdas?
-S, claro, ya creciste. Adelante, don Narciso.
Don Narciso no claudicaba del pudor administrativo que le embargaba.
-Es que hay datos... -aventur de nuevo.
-Adelante, don Narciso -cort Bienvenido.
-Bien -suspir don Narciso.
-Qu es eso de la notificacin de la Financiera?
-Nos hemos atrasado en los pagos de capital e intereses, don Bienvenido, ms de lo establecido en los contratos de prstamos, y... 
bueno, como sobre la masa de dinero hay una garanta hipotecaria de parte de las tierras, hay peligro de una ejecucin por va judicial.
-Qu se la lleven! -Estall Bienvenido.
Don Narciso lo mir escandalizado.
-Pero don Bienvenido. Son las mejores tierras, donde hemos puesto la pastura artificial.
-Pues entonces el ganado tendr que prescindir de la pastura artificial. Nos queda tres mil hectreas, verdad?
El viejo Administrador tena una expresin incrdula.
-Pero no se ha enterado de la sequa, don Bienvenido, y de la quemazn? All no pueden pastar ni los conejos, con el debido respeto. 

Del rumor de la conversacin, Celia iba sacando sus conclusiones. El peligro de la ejecucin de la hipoteca. Vamos a recurrir a los bancos a los que hemos hecho ganar mucho dinero. No se puede, don Bienvenido. En los dos ya estamos sobregirados. Vendamos 200 cabezas a como sea. 
Imposible, no es la temporada de feria, es invierno y no tienen peso, adems el veterinario se fue porque le adeudamos seis meses de sueldo, y sabe Dios en que estado sanitario andamos con las reses.
-Pero que es esa historia de estar sobregirados?
En ese momento fue que don Narciso se encogi, se ruboriz y mir furtivamente a Celia. Y por fin se atrevi a responder.
-Usted ha venido librando cheques, don Bienvenido -vacil- con mucha prodigalidad.
Su padre se levant de un salto, rojo de ira. O de vergenza?
-Mis cuestiones personales... -dijo y se detuvo. Mir fugazmente a Celia y call. Y volvi a sentarse, lentamente, como se derrumba una casa antigua -se dijo Celia- como termina casi un siglo de historia de la familia.
El veterinario se march porque no le pagaban el sueldo. Pero su padre giraba cheques con prodigalidad. A quin? Era razonable la vergenza que torturaba a don Narciso, y demasiado obvia la referencia de su padre a las cuestiones personales. Pongamos cuestiones sexuales se dijo Celia. Pago de favores, francachelas, whisky, champaa, cenas, msicos, mujeres, obsequios.
-Queda el recurso de vender el Establecimiento... -murmuraba su padre y el tiempo se paraliz en la vieja oficina, y las personas quedaron quietas como en una fotografa. La cabeza baja de su padre, el rostro demudado del Administrador que tena los perfiles del pnico que le embarga al hombre cuando le quitan la tierra que pisa, el aire que respira y el mundo en que naci y donde espera morir en paz.
-Estamos un poco sobrepasados, alterados -era la voz de su padre- vamos a darnos tiempo y reflexionar. Maana ser todo ms claro.
Se haba levantado, se arregl la corbata, abandon el escritorio, dispuesto a marcharse, a dejar todo como est, y que el tiempo solucionara todo. Tpico recurso de irresponsable -se dijo Celia-. Solo que el tiempo se haba agotado.
-Vamos, Celia. 
-Me quedo, pap.
-Cmo?
-Tienes un nuevo Gerente.
-Como quieras -dijo Bienvenido, evitando mirarla, y se march como huyendo, de s mismo, de su hija, del Establecimiento de casi un siglo.
Celia se levant y fue a sentarse en el escritorio paterno, mir a los ojos esperanzados de don Narciso.
Y se entendieron sin necesidad de palabras.



Nueve
La familia
La sala estaba iluminada por un velador grande, el televisor eternamente encendido, aunque nadie mirara, estaba apagado. Afuera, agosto se despeda con rfagas heladas que hacan vibrar los cristales del ventanal. Una estufa elctrica daba calor al ambiente, y all estaban Celia, Mara, Dina y Elida, sintiendo que el fro de afuera se les haba metido en los huesos, como si del mundo rosado y seguro que era el suyo, firme como una fortaleza apoyada en la inagotable prosperidad del Establecimiento, hubieran sido trasladadas a una estepa desolada del Canad.
Celia, con voz neutra, terminaba de informar a sus hermanas que la ruina estaba cerca, que don Narciso haba resuelto decir toda la verdad cuando su padre se march, y le inform, adems de la prctica quiebra del Establecimiento, que tambin la casa estaba hipotecada. Celia esper que sus hermanas asimilaran la calamidad y por fin dijo.
-He resuelto gerenciar el Establecimiento.
-Vos? -Incredulidad y amarga burla empaaban la voz de Mara.
-S, yo. Hay alguna objecin?
-Pero... podrs...? -Pregunt tmidamente Elida.
-No s, lo intentar. Lo que s es que no voy a quedarme mirando como todo se viene abajo, pap incluido.
-Eso significa que debemos repartimos el trabajo -dijo Dina.
-No -respondi Celia- Eso significa que la nica que no tiene trabajo soy yo. Y lo he encontrado. Tengo 21 aos, soy mayor de edad. No sueo con ser periodista, como Mara, no tengo ambiciones polticas como Dina, ni vocacin de ama de casa, como Elida.
-Pero s sueas con ser escritora -dijo Dina.
-Para serlo, creo que tengo mucho por vivir para escribir de veras.
-No estoy de acuerdo -dijo Mara, y agreg: -lo cuerdo es lanzarnos todos al trabajo.
Elida, como una espectadora de un partido de tennis volva la cabeza una y otra vez cuando hablaban las dems, y senta un fro en el corazn, pensando en Marcelo, que se alejaba ms. Justo cuando meditaba una sugerencia a la familia de tomar un ama de llaves y cocinera, se le vena encima esto. Ahora estaba prisionera de la casa.
Dina pensaba en el restablecimiento de un orden lgico, de un escaln potable, donde el prestigio y la fama femeninos, vinieran de la mano de la inteligencia y la belleza, el decoro y el seoro en un mundo gobernado por hombres que ya deban ceder espacio y dejarse de las retricas hipcritas, y que las gordas deformes, fueran a la cocina, donde merecan. 
Le dolera tremendamente renunciar a todo eso, la ambicin es una enfermedad, se dijo, o una adiccin
Mara recordaba al travesti en el Policlnico, con el cuello vendado y an con trazos de lpiz labial en la boca. Grotesco -pens- pero detrs de ese grotesco estaba el misterio que ya le haba atrapado.
-Vamos a recapitular todo -dijo Dina.
-Para qu? -Pregunt Mara.
-Para llegar a una decisin. No estamos aqu para eso?
-Y qu hay de pap?
-Pap est ms all de toda decisin cuerda -dijo Celia.
-Entonces hago una recapitulacin, -habl Dina- todo se viene abajo. 
Celia cree poder intentar salvar algo. Magnfico. Le dejamos cargar a Celia toda la responsabilidad y las dems perseguimos nuestros sueos. 
Parece una resolucin razonable, porque hace a nuestro propio destino, a la identidad que queremos asumir. Pero sucede que con tal decisin razonable, me siento una egosta de mierda.
-No es as -replic Mara- lo estuve pensando. Celia dice que no tiene trabajo y lo encontr. En cierto modo, se est comprometiendo a salvar tanto el Establecimiento como el pasado de la familia. Pero si todas ponemos el hombro con el mismo fin, descartamos nuestros sueos, y quedamos prisioneras del Establecimiento y del pasado. La pregunta es... Vale la pena?. Enajenamos a una tradicin, a una riqueza, vivir para sostener en pie un viejo castillo, que significa dinero, y comodidades, pero significa tambin que vamos a quedar vacas. Repito... 
Vale la pena?
Callaban y se miraron, hasta que la voz tmida de Elida rompi el silencio, y lo que dijo, lo dijo consciente de que perda a Marcelo.
-No vale la pena -seal- mam dijo que nos educaba para ser nosotras mismas. Quizs, porque ella nunca consigui ser ella misma.
Estara feliz en el Cielo si sus hijas se abren paso en la direccin que elijan. Chicas, salgan a buscar el sitio que anhelan, que yo ya estoy en el mo. Lo malo es que debo aprender a hacer economa.
-Entonces, est resuelto, -termin Mara- hurra por la nueva Gerente del Establecimiento La Esperanza!
El hielo se rompi y una sensacin de que todo est en orden ilumin sonrisas en las jvenes y bonitas caras de las hermanas Ibez.



Diez
Dina
La nota que haba recibido y ledo la maana anterior, y que le llev toda una noche concebir su plan, deca: El Comit del Coordinador del Congreso de la Juventud Partidaria, que se refiere en un marco general a la problemtica de la juventud frente al cambio, ha resuelto solicitarle, en su calidad de ilustrado intelectual del Partido, su participacin como disertante del tema que se sirva elegir dentro de la temtica del Congreso. En caso de aceptar le rogamos enviarnos el tema de su conferencia, de no ms de 15 minutos, a fin de incluirlo en el programa que estamos elaborando y a la brevedad posible. Al mismo tiempo, y en razn de los gastos que demandan la realizacin de este Congreso, solicitamos de su generosidad de siempre y de su especial preocupacin por los jvenes, un aporte de acuerdo a su reconocida generosidad.
La nota iba dirigida al Seor Subsecretario, doctor Hermenegildo Santacruz, es decir su Jefe.
Se sent frente a la mquina electrnica de escribir, y redact la respuesta: Estimados jvenes. En primer lugar, mis calurosas felicitaciones por la iniciativa de llevar adelante el Congreso que mencionan en su amable invitacin. El tema en general es de suma oportunidad en los momentos polticos que vive el Partido y el pas. 
Lamentablemente, razones de trabajo, como la elaboracin del Plan Quinquenal de Defensa Forestal y Preservacin del Medio Ambiente (3) Dentro del Marco del Desarrollo Sostenible, que me han encargado insume todo mi tiempo, por lo que permito recomendar a la seorita Licenciada Dina Ibez, activa correligionaria y culta exponente de la feminidad de nuestro Partido, para que intervenga en el Congreso en nombre de la juventud femenina, abarcando el tema Ficcin y realidad de la participacin femenina en la construccin de la Democracia. Con respecto a la solicitud de fondos, que la considero muy atendible, me satisface extenderles un cheque por Gs. 500.000 -modesto aporte que espero contribuya al xito del evento. Saldoles cordialmente. Hermenegildo Santacruz.
Extrajo el papel de la mquina, se dijo ahora o nuncay fue a golpear la puerta del despacho del Subsecretario. La voz dijo adelante, y ella entr, consciente de las apretaduras de la minifalda que se haba puesto esa maana con deliberada intencin, de la blusa ajustada y del maquillaje un poquitn recargado.
-Qu hay, seorita? -dijo el doctor Santacruz recorriendo con la vista el armonioso espectculo de aquel cuerpo joven y esbelto, generalmente envuelto en un severo traje sastre con la falda hasta la ms decorosa largura, pero ahora luciendo inusitado esplendor.
-Una nota a contestar, Hermenegildo.
Nunca le haba llamado a su jefe por su nombre. A veces doctor, a veces seor Subsecretario, y hasta Su Excelencia, pero esta vez lo llam Hermenegildo con el agregado de un susurro ntimo, y not que el sonido inesperado de su nombre en labios de su atractiva secretaria, enrojeca un poco las mejillas del hombre, con un rubor que se acentuaba en sus grandes orejas. Blanco perfecto, se dijo Dina a s misma. El tipo empieza a sentir las urgencias del celo.
-S, s, a ver, a ver.
Dina le alcanz la nota invitacin, que el Subsecretario desplegaba sin mirar el papel sino la turgencia de sus bustos bajo la blusa tensa. 
Por fin la ley. Frunci la nariz, y sigui leyendo. Dina lo miraba y caa en la cuenta de que era en cierto modo atractivo, cerca de los cuarenta, moreno, con una barba que an afeitada dejaba un rastro azulado en sus mejillas y los cabellos lisos, peinados como Carlos Gardel. Sera atractivo si no fuera tan petulante. En todo caso, una vctima perfecta. 
Termin la lectura y dijo:
-Tome nota para contestar esta invitacin...
-Ya est contestada, Hermenegildo.
-Cmo?
Dina le alcanz la respuesta que haba elaborado. El funcionario la ley con sorpresa primero, con incredulidad despus, la mir con una expresin desconcertada.
-Que yo sepa, no me han encargado ningn plan de no s qu ambiental. 
En rigor, parece que en el Ministerio se han olvidado de encargarme nada. 
Usted lo sabe, Dina.
-Vamos! Lo invent yo. De todos modos hubiramos tenido que inventar algn pretexto, Hermenegildo. Conozco su pnico de hablar en pblico.
-Pero aqu dice que Ud. va a desarrollar no s que tema.
-Se lo pido y si me dice que s, le deber un favor, Hermenegildo.
-Favor?
-Claro. Un favor, algo personal. Digamos un secreto compartido. Eso fortifica las relaciones humanas. Nada une ms a las personas que compartir secretos, creo que eso es de Freud -invent.
-Claro, por cierto, por supuesto. Pero... Se atreve?
-A qu?
-A hablar en pblico.
-Ojal fuera a orme, Jefe.
Era tambin la primera vez que le deca Jefe, con una connotacin cmplice.
-Bueno, visto de ese modo, no me puedo negar.
Firm la nota y se la pas con el aire de quien est obsequiando un estuche de terciopelo con una pulsera de brillantes adentro.
-Por cierto que ir a escucharla.
-Gracias, Hermenegildo.
-Buena suerte.
-No se olvid de algo?
-De qu?
-El cheque, Hermenegildo.
-Pero de dnde voy a sacar 500 mil...? El presupuesto est mas que...
-Presupuesto?. Yo pensaba que esto andaba sobre carriles puramente amistosos, de persona a persona.
El hombre la mir intensamente. Ella infl todo lo que pudo el busto. 
Lstima que tengo pezones chatos se dijo.
Vio que el Subsecretario abra el cajn inferior de la izquierda, aquel donde tena sus objetos personales y que ella haba abierto una vez por descuido, para ver la tapa de una revista Play Boy. Pero esta vez extrajo su chequera, formul un cheque por 500 mil, y se lo pas. Dina tom el papel, pero el Doctor no lo soltaba, mirndola a los ojos. Slo lo solt cuando ella le hizo un guio.
Volvi a su escritorio a escribir el sobre. Una voz interior le hizo una pregunta:
-Vamos, Dina, nunca te cre tan manipuladora.
-Slo uso mis recursos -se contest.
-No son de buena ley, provocaste deseos malsanos.
-Slo provoqu deseos. Lo de malsano corre por cuenta del tipo.
-Era necesario provocar deseos? -insisti la voz acusadora.
-No leste que primero el poder, despus el dinero y finalmente el deseo mueven el mundo?.
-S, pero en todo caso ests cayendo en alguna forma de acoso sexual -se dijo.
-S, pero para variar, esta vez es al revs -se contest, y meti la nota y el cheque en el sobre.



Once
Elida
Volvi a leer la carta que terminara de escribir: Mi querido Marcelo. Espero me perdones, pero debo decirte con gran dolor de mi corazn que me siento en la obligacin moral de declinar tu hermosa oferta de matrimonio, que en otras circunstancias me hubiera hecho muy feliz de aceptar, como hara dichosa a cualquier muchacha a quien le realizaras ese pedido, dado tu buen carcter y tu acrisolada honradez. Por favor no me busques y olvdame, que espero te sea fcil y pronto encuentres una buena chica que llene el vaco de tu corazn. Te lo digo por escrito porque no tengo el valor de decrtelo personalmente. No me creas una ingrata ni una consentida. Mis razones son de familia y difciles de explicar, pero aun as te suplico que las respetes. No me vers ms porque he decidido hacer mis compras en otro sitio que no fuera ese supermercado donde cre encontrar la felicidad y el Destino dijo que no. Tu amiga para siempre. 
Elida
Firm la carta con un suspiro, la meti en un sobre, pas la lengua sobre la goma que tena para ella el amargo sabor del fracaso, y cerr el sobre. Lo dej sobre la mesa contemplndolo como el condenado contemplara el filo de la guillotina, oli un aroma a quemado en la cocina, y sali disparada.



Doce
Mara
El primer recorte de su lbum profesional fue el reportaje que le hiciera al travesti herido, Mamerto Sosa, o Ingrid. El Director le haba felicitado, aunque desliz una crtica. Es un poco literario, sea ms periodstica, y la envi a hablar con el Jefe de Redaccin, Don Carlos Rueda, un hombre maduro y bondadoso, cuya simpata Mara ya haba conquistado. Me recuerdas a mi hija le haba dicho, y ms tarde averigu que la hija, y la madre, vivan en Estados Unidos, tras una separacin cuyas causas no quera averiguar. El Jefe de Redaccin tambin le felicit, aunque con una recomendacin distinta a la del Director. 
Conserva ese toquecito literario -le dijo- y sers conocida por tu estilo, aunque no firmes, lo que en periodismo es mucho.
-Lo que sigue es bastante serio -le dijo- te vas a dedicar completamente a este caso de los travestis. Yo le dije al Director que podra ser peligroso para una chica, de modo que consinti en que cuando salgas fuera de la redaccin a buscar material, te va a acompaar Centurin. Centurin ya est al tanto y vas a coordinar con l este negocio. Tienes coche?
-S, lo tengo.
-Te va a ser til. El Administrador te proporcionar un cupo de nafta.
Fue a sentarse en su pequeo escritorio, esperando a Centurin, que no apareca, y revisando nuevamente las notas que haba tomado en su entrevista a Ingrid, o Nicasio. La habitacin del herido en el Policlnico  tena una custodia, un joven suboficial de Polica con cara de adolescente. Nuevos tiempos -se dijo- es increble el efecto que hace en los policas una credencial de periodista. Tard segundos en entrar en la habitacin, y all estaba el travesti herido, con algunos restos de rouge en la boca, que la miraba con ojos calculadores.
-Mamerto Sosa?
-Ingrid, si no te es molestia. Que quieres?
-Soy periodista, quisiera hacerte algunas preguntas.
Apret el botn rcord de su pequeo grabador.
-Voy a salir en el diario?
-Esa es la idea.
-Con fotos?
-No creo.
-Si no es con fotos, no digo nada.
-No creo que en una foto tomada ahora, salgas muy favorecido. Vio la mirada rencorosa del herido, y se corrigi.
-Favorecida.
-Tengo una postal en colores, con las chicas.
-Si dan permiso, la publicamos.
-Mejor no. El loco suelto ese puede usarlo para conocernos.
-Por qu crees que dispara y mata a los tra...
-A las chicas? No tengo ni idea, hija.
-Voy a hacerte la pregunta de otra manera. Las mata porque son... lo que son, o es que tiene algo personal contra cada una de las vctimas?
-Ni idea, mujer.
-Hay alguna persona que tenga algo personal contra ti?
-Por qu?
-Te dispar, no?
-De eso no hay duda. Lo que duele! Voy entendiendo. Pero si tiene algo personal contra m, tambin la debe tener contra Pamela y Azucena. Y yo no me trataba con ellas, eran del Barrio Pelopincho, un basurero, mi hija. Mi grupo es del barrio Republicano.
-Luego, no hay relacin entre las vctimas -dijo Mara, recordando las series policiales de la televisin.
-Ninguna!
-Pero realmente no tienes enemigos?
-No podra decir eso, en nuestra profesin hay mucha competencia,  y celos.
Mara se estaba sintiendo levemente asqueada. Aprende a ser dura se dijo.
-Recuerdas un caso especial?
-No te voy a decir los nombres.
-No importa.
-Hace unos das nos tiramos de los pelos con Susana. La loca dice que es parecida a Susana Traverso. Se enoj tanto que quera clavarme una tijera. Bueno, le tena loco al viejito.
-Viejito?
-Sin nombres, hija, sin nombres.
-Est bien. Era un viejito.
-Vicioso como el demonio, profesor de no s que Universidad, y abuelo de una escritora que hace libros de versos. Tira la plata a raudales.
-Con Susana.
-Hasta que se lo quit. Susana jur matarme.
-De modo que se lo quitaste!
-No era justo que una sola se quede con toda la plata. Adems, Susana no mereca. No tiene arte. En esta profesin hay que tener arte, hija.
-Especialmente con los viejitos.
-Tienen cada exigencia!
-Crees que haya sido Susana, o alguien contratado por Susana?
-No creo.
-Vamos al momento en que te dispararon. Estabas sola?
-S, sola en la esquina.
-Cmo fue?
-Bueno, el auto negro vena lentamente. Y yo me enga. A ese paso vienen los clientes, dndose tiempo para elegir. Pens que tena buena suerte, porque esa noche no haba embocado ni una. Adems el viejito est enfermo. Algo de los riones, parece. De repente, el auto aceler y o un pum y me doli horriblemente el cuello. Creo que no me dio en la cabeza porque en ese momento me mov para salir al encuentro del auto. Y no me acuerdo ms.
-Pero recuerdas el auto.
El herido medit un momento. 
-Aprendemos a reconocer las marcas de los autos, y a los que vienen, adentro por la marca. No s me entiendes. Los mejores clientes son los que vienen en Mercedes o en Volvo, ya es gente de edad, responsables y no hacen mucho escndalo, por la familia, seguramente. Los patoteros vienen en autos mau, aunque ahora estn apareciendo en Mitsubishi Montero. Bueno, el auto ese no era Mercedes ni Volvo. No creo que sea un auto japons. Era demasiado grande para ser un auto japons. Pareca unos de esos Chevrolets negros que usaba Stroessner.
-Le dijiste eso a la Polica?
-Ni loca! No voy a ser yo la que les ayude en su trabajo! 
Chantajistas que son! Todava no estn enterados que tenemos nuestros derechos, humanos, los puercos.
Desgrabando aquella cinta, con algunos agregados de su cosechasobre los vicios de la Sociedad hipcrita, ella haba elaborado el artculo, que mereci las felicitaciones del Director y del Jefe de Redaccin, y que -lo saba- haba puesto de malhumor a Centurin. Suerte de principiante le dijeron que dijo.
No incluy en el artculo el episodio que sigui a su salida de la habitacin de Ingrid, cuando el suboficial jovencito le dijo que El Comisario quiere hablar con usted y lo encontr esperndola, sentado en una cubculo que haca de sala de espera. Un hombre maduro de impecable uniforme planchado, sin ninguna arruga, y con un cuerpo de atleta arruinado por una panza naciente, cruelmente apretado por un grueso cinturn.
-Soy el Comisario Riveros -le dijo- Mucho gusto, seorita.
-Lo mismo digo. Me necesita?
-No se trata de interferir en su labor de prensa -recit el Comisario- slo quera preguntarle si el sujeto le dio una informacin nueva.
-No s lo que es para usted una informacin nueva, seor Comisario.
-Algo que le haya llamado la atencin. Con la Polica estos dege... 
estos sujetos se cierran.
-No creo que me haya dicho nada que no haya dicho a la Polica -minti descaradamente.
-Con los periodistas se sueltan. Buscan publicidad.
Sinti un poco de piedad y solt una pequea informacin. De todos modos, lo leera en el diario, si publicaban su artculo.
-Ingrid tuvo un conflicto con otro travesti llamado Susana. 
-Interesante -dijo el Comisario.
-Y algo ms, Comisario, el coche negro no era japons. Cree que es de marca americana.
Y dej al Comisario tornando apuntes en su libreta y murmurando para s algo sobre los degenerados de mierda.
Cuando lleg Centurin, ya tena un plan de accin, slo que no encontraba la forma de hacer que el plan pareciera elaborado por Centurin, cuyo ego pareca andar bastante lastimado.



Trece
Celia
Esa maana tuvo tiempo para recoger de la Escribana el poder general irrevocable que le haba firmado mansamente su padre, hasta con expresin de alivio, recordaba Celia, como contento de transferir sobre los delicados hombros de su hija menor, todo el peso de su catstrofe. Con el documento certificado en la mano, se encamin de inmediato a la Financiera, a demostrar su personera legal para ocuparse de los bienes, y de los males, de su padre, y solicitar algn tipo de plazo, un respiro para organizarse mejor.
Despus de una corta espera, accedi al despacho del Presidente, que la invit cortsmente a sentarse en un divn demasiado profundo, le ofreci caf, le escuch, no cesaba de mirarle las piernas, y le dijo que la cuestin ya escapaba de su control y estaba ya en la Asesora Jurdica. 
Pero veremos....
Como de cincuenta aos, canoso y con los abundantes cabellos plateados peinados con secador de pelo, bronceado y con un cuerpo sorprendentemente joven y esbelto, el Presidente no cesaba de sonrer mostrando una dentadura demasiado perfecta para ser natural. El tipo se cree todo un galn maduro, un seductor, se dijo Celia, fatigada ya de tener apretadas las rodillas en ese asiento profundo que las haca apuntar al techo.
-Naturalmente, hay alternativas, seorita -deca el Presidente, abriendo diestramente un resquicio de esperanza despus de la negativa rotunda inicial.
Con sabidura femenina, Celia adivin que casi literalmente, el resquicio de esperanza estaba entre sus piernas, pero decidi seguir el  juego, recordando el carnaval que vivieron la noche anterior, con el relato de Dina de la seduccin ejercida sobre Hermenegildo.
-No esperara menos de un caballero como usted doctor. Usted hace honor a la publicidad su Financiera. Una Financiera con Corazn, no?
-Tiene buena memoria, seorita.
-Es que el que invent el lema es un genio -contest, y vio como el Presidente se hencha de orgullo. Acert, el brulote lo invent l se dijo Celia.
Con gesto de soberbia autoridad (parece un gallo, se dijo Celia) el Presidente se acerc a su escritorio se sent con media nalga dejando colgar un pie con medias de seda y mocasines de punta fina, levant el tubo del telfono, y marc una sola tecla.
-Oiga, doctor Rodrguez -dijo- el expediente de Bienvenido Ibez. Me lo tiene en congeladora hasta nuevo aviso.
Colg sin decir gracias, y se volvi a ella como John Wayne despus de haber liquidado l solo un batalln de vietnamitas.
-Ha conseguido su tiempo, seorita.
-Le agradezco mucho, doctor.
-A propsito de tiempo, tal vez encuentre un momento para aceptar una invitacin a cenar.
-Ya que hablamos de tiempo, doctor, dme usted un poco de tiempo.
-Para qu?
-Para asimilar el honor que me hace.
-Espero que no le lleve mucho. A propsito, vea ahora mismo al doctor Rodrguez, nuestro asesor jurdico. Es una persona bien dispuesta a ayudar. Le ayudar a plantear una solicitud de refinanciacin de capital e intereses. Le prometo que la presentar al Directorio.
-Otra vez gracias, doctor.
-Jaime.
-Don Jaime.
-Sin el don por favor es demasiado formal.
-Buenos das, doctor, perdn, Jaime.
-Y no se olvide de mi invitacin.
Viejo verde murmur al salir y buscar por el largo pasillo la puerta que dijera Asesora Jurdica. La encontr. Entre sin Golpear. Entr sin golpear y vio sentado en un escritorio atestado de papeles a un joven de cabello rebelde, robusto y lleno de msculos y de mirada alerta.
-Busco al doctor Rodrguez -le dijo.
-Yo soy el doctor Rodrguez. Djeme adivinar. Usted es algo de Bienvenido Ibez?
-No soy algo, soy su hija, y por aadidura apoderada. Pero es usted el doctor Rodrguez?
-Parezco un jugador de ftbol, ya me lo dijeron. Mi madre quiere que tenga el cabello ms corto y que use lentes. Es la idea que tiene de un abogado serio.
-Pues el Presidente me ha dicho que el abogado despeinado me va a ayudar a solicitar...
-Una refinanciacin de capital ms intereses.
-Eso mismo.
-Y adems te invit a cenar.
No le molest el tuteo. Todo en l pareca espontneo.
-Cmo lo sabes?
-Dios sabe que estoy cometiendo traicin a la sacrosanta empresa, pero me caes simptica y nada debilita tanto mi corazn como ver a una chica simptica, que digo, hermosa, y en los.
-Creo que me ests queriendo decir algo.
-S. Lo nico consistente que te dijo Casanova, es la invitacin a cenar.
Se sinti consternada.
-Pero... y la solicitud de refinanciacin?
-Mir, muchacha. Hace slo dos aos que estoy aqu, pero conozco la Empresa. En veinte aos, jams acept refinanciar nada. Adems he estudiado el expediente. Sumando la deuda de capital e intereses ms intereses moratorios y gastos administrativos extras, llegas a una suma enorme, muy superior a todo lo que puedas ofrecer en garanta. Ni an hipotecando tu casa, que segn entiendo, ya est hipotecada a otra financiera. Es imposible por donde se lo mire...
La mir intensamente a los ojos.
-Claro que si aceptas su invitacin a cenar tienes una posibilidad remota.
-Ni loca!
-Bravo! Todava hay decencia en el mundo. Mi mam ya no lo cree. 

-Pero qu voy a hacer?
-Por de pronto aceptar mi invitacin. A tomar caf, se entiende, y en un lugar tan inocente como el copetn Alberdi. Me acompaas?
Se levant dando por sentado que ella aceptaba la invitacin y se dirigi a la puerta tomndola del brazo.
-Vas en camisa?
-Caray, siempre me olvido.
Se volvi y se puso el saco. Se sentaron en una mesa tan pequea que las rodillas se tocaban.
-No te veo como el abogado de una Financiera.
-Yo tampoco me veo, pero ocurre que pap es accionista importante y... Por qu me miras as?
-Dijiste que tu padre es accionista importante.
-Y crees que voy a influir a mi pap para que pap influya sobre Casanova. Desecha esa idea, mi pap es tan pelotudamente empresario como Casanova. La nica diferencia es que mi pap es muy catlico y muy fiel a mi mam. En lo dems son iguales.
-As que tu padre te coloc como asesor jurdico.
-Cuando el anterior muri de un sncope. Pero no pienso eternizarme all. Me doy tiempo y preparo mi tesis doctoral La Humanizacin del Crdito en el marco de la Humanizacin del Capital.
-Me ests tomando del pelo? Sera muy cruel de tu parte.
-Es la pursima verdad. Quiero ser Profesor Doctor, y despus profesor, con minscula. Quiero ensear.
Cuando se despidieron ya cerca del medioda, l conoca la historia de la familia Ibez, y ella la de la familia Rodrguez. l prometi estudiar en serio el expediente de Bienvenido Ibez y ella le anot su telfono en una servilleta. Se despidieron como viejos amigos. Slo al llegar a su casa se dio cuenta que no conoca el nombre de pila de Rodrguez.



Catorce
Bienvenido
Cuando firm aquella escritura designando apoderada a su hija menor, sinti como que estaba firmando su propio certificado de defuncin, de muerte civil. Y de muerte moral, se dijo, levantndose desnudo de la cama, abri las ventanas para que el fresco viento de setiembre arrastrara el olor a sudor, almizcle y sexualidad fatigada que llenaba la habitacin. Aspir la brisa nocturna con intensidad y su cabeza se despejaba. Mir su reloj pulsera, que no se lo sacaba ni para hacer el amor. Las dos de la maana. En la ancha cama dorma Loretta (o era Nora, o Daniela o Jessica? No recordaba bien a cual de las chicas haba llevado a la cama), con el cabello rubio (teido, claro) derramado sobre la ampulosa almohada de raso o vaya a saber qu substituto plstico del raso. 
Muebles pesados, torneados, espejos por todas partes, hasta en el techo, y rojo, mucho rojo en las cortinas, lazos, moos, tapices y pompones. Busc su ropa y pis algo de extraa blandura. El condn que le haba obligado a usar Loretta, o Nora o quien sea, alargado y flccido, derramando su contenido lechoso sobre la alfombra al ser oprimido por su pie. Se visti sintiendo asco de s mismo, no se lav la cara ni se puso la corbata, perdida en alguna parte. Sali afuera, al estacionamiento donde estaba su coche, lo abri y arranc, saliendo a la calle.
No ira a su casa. No tena intencin de irse a su casa. En rigor, tena vergenza de irse a su casa, porque ya no era suya.
-Con todo el contenido de hijas de expresin seria -se dijo- que lo heran de una manera atroz porque no le heran de ninguna manera, no reprochaban, no pedan explicaciones, silenciosas, slo le daban de tomar tazas y tazas de caf cargado para despejar la borrachera, y limpiaban sus vmitos de la alfombra sin siquiera mostrar una expresin de asco. Slo de pena, de lstima, de fatalista conformidad.
A esa etapa haban llegado, a la de aceptacin resignada, despus del ruego, del estmulo, de los besos, de los valientes arriba, pap, que todava sos joven. Y del perdn, de una cadena de perdones cuando llegaba a casa con las huellas de aquella disipacin suicida.
-Algo te atormenta, pap. -Le haba dicho una vez Elida, la paciente, la sufrida Elida- Por qu no lo hablamos? Haz de cuenta que en m te oye mam.
-Pobrecita, -murmur mientras conduca sin rumbo por las calles desiertas- mam no necesita escuchar nada. Lo sabe todo. Porque ella es la vctima de todo. Mi vctima que empez a serlo aquella noche del domingo que regres despus de pasar todo el fin de semana con Elosa, la divorciada, loca de porquera que ya el sbado de maana haba llamado por telfono a Nin.
-Sabe que voy a pasar el fin de semana en San Bernardino con su marido?
Nin, lejos de las maldades de este mundo, habra quedado muda con el telfono pegado a la oreja.
-No me dice nada, vieja?
Nin habra colgado el telfono, despavorida por la intrusin de la perversidad en su mundo feliz mam de cuatro nias y un varn esbelto que eran la luz de sus ojos.
-Deb preverlo -se dijo mientras el coche saltaba y trepidaba sobre un empedrado hostil de una calle desconocida que lo llevaba a ninguna parte- Elosa lo haba dicho en serio y yo lo tom en broma.
-Voy a hacer que saltes de tu casa como si tuvieras un resorte en el culo, y vas a aterrizar en mi casa.
El sueo de todas las queridas, de todas las amantes. Volver a ser seora, a cualquier costo.
-Y si con estanciero calentn y boludo, mejor.
La encontr llorando aquella noche de domingo. En los ltimos tiempos, Nin lloraba mucho, a escondidas, que no vieran sus hijos. En realidad, vivi su dolor tan discretamente que los hijos nunca se enteraron.
-No estuviste en el Establecimiento.
-Estuve, quiero darme una ducha.
-No estuviste en el Establecimiento -repeta llorando mansamente.
-Dnde podra ir? Me mato trabajando y...
-No estuviste! Ni siquiera llevaste tu ropa de trabajo. Adems, ella me llam.
-Ella? -con sobresalto, intuy que Elosa haba hablado en serio.
-Estuviste con ella en San Bernardino. Ni siquiera llevaste tu ropa de trabajo.
Le dola a Nin que no hubiera hecho esfuerzo alguno para disimular esta aventura, y tantas otras aventuras de donde regresaba con manchas de rouge y aromas extraos en la ropa. Nin no desencadenaba tormentas conyugales. Slo amargas brisas de temerosos reproches. Ni siquiera gritaba, porque las nias dorman...
-Le dola a Nin que no me importara mucho -susurr pasando frente a la masa obscura (4) de una Iglesia desconocida.- Pobre Nin. 
-Es ms joven que yo?
-Cmo?
-Te pregunto si es ms joven que yo.
-Quin?
-La mujer con quien estuviste.
-Estuve en el Establecimiento! Estoy cansado, necesito una ducha y te vas a dejar de romper las pelotas!
Haba entrado a la ducha, y cuando sali, Nin estaba sentada frente al espejo de su tocador, tena encendida todas las luces del mueble, cuyo resplandor despiadado, como de reflector de tortura que se ve en las pelculas, le mostraba la magnitud de toda la prdida de su antigua frescura, la boca cada, las bolsas bajo los ojos, la piel lavada mostrando la aspereza de los poros, el pelo de antao rubio esplendor, grisceo y ceniciento. Seis poderosas bombillas desnudando su vejez.
-Es ms joven que yo?
Sntesis de todos los miedos que arrugan el corazn de las mams prolficas y hacendosas, y que asoman demasiado tarde.
El tiempo sigui su marcha. Nunca supo -o lo supo demasiado tarde- que esa noche haba estallado una crisis en el corazn de Nin. Supo vagamente que se torturaba en sesiones de gimnasia, que recortaba maniticamente de revistas y diarios las dietas milagrosas para adelgazar, los ejercicios para reducir el glteo, recuperar la cintura, devolver la tersura a la piel, notaba que coma como un pajarito, y que alguna tintura milagrosa le haba devuelto la juventud de sus cabellos, aunque con un brillo demasiado metlico.
Sus sucesivas escapadas continuaron, y la desesperacin de Nin por equipararse a las jvenes que les ofrecan sus primicias, se traduca en una angustiosa competencia contra el tiempo que se haba llevado su lozana y su belleza.
Hasta que decidi someterse a la ciruga esttica, sin decirle nada. 
Slo se enter cuando sus hijos, Ral an viva, le llamaron y le informaron que no haba salido de alguna torpe anestesia, y haba entrado en coma.
-Perdname, Nin.
Sigui conduciendo, ahora sabiendo ya adonde se diriga. Calles de barrio silenciosas, alguna ventana de la que sala el resplandor azulado de un televisor encendido por un angustiado anciano insomne, perros vagos que perseguan ladrando al automvil, y un patrullero policial que le sigui por algunas cuadras, y despus se dijeron que no vala la pena y doblaron en una esquina, dejando que siguiera su camino. La ruta asfaltada, el suave ronroneo del motor del coche. Una curva, una cuesta empinada, y all lejos, la silueta del puente recortado contra el cielo de setiembre. Enfil al puente, aceler y fren exactamente donde la suave joroba del puente era ms alta. Par, y descendi del coche. Mir las aguas color acero. Puente Remanso. Remanso. Reposo.
-Perdn, Nin. Perdn, chicas.
A la madrugada, la Polica acudi a recoger el coche abandonado.



Quince
La familia
No saban si hacer oficiar un funeral. El cuerpo no apareca. Las cuatro decidieron no vestir luto, ni atenuado, aunque lo sentan en la profundidad del alma.
La cuestin legal se volvi complicada, y acudi en auxilio de las hermanas, el doctor Rodrguez, Cayo Rodrguez desde el segundo encuentro con Celia, y que mientras mantena en la congeladora las deudas de Bienvenido Ibez con la Financiera, haba ayudado a Celia a encontrar un respiro con las cuentas corrientes bancarias en rojo y estudiado la hipoteca sobre la casa, que an tena dos meses antes de los vencimientos. 
Otro respiro muy pequeito.
-No puede haber sucesin sin un certificado de defuncin. Si el cuerpo no aparece en siete aos, recin lo darn por muerto. De modo, Celia, que tu poder general es absolutamente vlido.
-Por favor, vamos a mantenemos unidas -rog Elida, con la nariz enrojecida de tanto llorar.
-Es lo ms razonable que podamos hacer -dijo Dina.
-Vamos a apoyarnos mutuamente, ahora ms que nunca -dijo Mara.
-Van a encontrar el cuerpo de pap -dijo Celia- el ro siempre devuelve. Si aparece...
-Los mismos acreedores pueden abrir la sucesin, y habr una carnicera. Ojal quede enredado en el fondo. 
Se arrug intimidado por las severas miradas de las cuatro chicas Ibez.
Ms tarde, mientras tomaban caf, hizo una reflexin.
-No estoy haciendo de abogado del diablo -dijo- pero esta especie de juramento de permanecer unidas me parece un tiro al aire.
Lo miraron interrogantes.
-Ya contra la naturaleza misma de las cosas -contina- son chicas solteras, educadas, atractivas. Pronto empezarn a dispersarse. Las chicas estn destinadas a casarse, formar familia. Y empiezan a tener otros intereses. Al menos, eso dice mi mam.



Diez y seis
Judith
-Espero que ya hayas reflexionado sobre la impertinencia de esa seorita que al parecer no conoce el honor que le hacs.
-S, mam.
-Me alegro. Y... hay otra? Con tu aspecto y nuestro dinero, has de encontrar candidatas a montones. La Brunilda esa me interesa. Cmo es?
Marcelo haba decidido decir s mam a todo. Ganaba tranquilidad y tiempo. Sobre todo tiempo, porque haba ledo la carta de Elida y no se convenci en absoluto. Lo que s supo, era que Elida lo necesitaba. 
Adems, haba ledo en los diarios la noticia del al parecer, seguro suicidio de su padre. Elida estada necesitando ayuda, y no sera l quien la dejara en la estacada. Solo que se negaba a hablar por telfono con l, y como deca su carta, no iba ms al supermercado acostumbrado. Pero l estaba haciendo sus investigaciones, y todo se reduca ahora a mantener apaciguada a su madre, obsesionada en ser abuela en el ms breve tiempo posible. De modo que por primera vez en su vida menta a su madre. Se invent una novia al gusto materno.
-Ya te dije, mam, como vos, hija de un alemn.
-Ya me lo dijiste, y me parece esplndido. Nosotras las alemanas somos hacendosas. A veces creo que demasiado. Suelo creer que la muerte de tu padre se debi al exceso de colesterol y azcar. Una no tarda en aprender, y le vas a decir a esa chica...
-Brunilda. 
-S, Brunilda, que no ande mucho por la cocina, que el cerdo y el strudel no viene bien con nuestro clima. Es rubia, me dijiste.
-S, mam, rubia y un poquito pecosa, aqu en la nariz.
-Me alegro. Da posibilidad a mis nietos de salir rubios, como mi pap. Ya ando soando con una pandilla de nietos rubios. Cundo la voy a conocer?
-Ya te dije, cuando regrese de Europa.
-Ah, s, claro. De Europa.
-Donde fue a conocer a su abuela paterna.
-Brunilda... cmo?
-Qu preguntas?
-El apellido.
Casi tom de sorpresa a Marcelo. Invent a la carrera el primer apellido alemn que le vino a la mente.
-Beckembauer.
-Bien, bien. Espero que regrese pronto de Europa. Llvame a la cama.
Ayud a su madre a arrastrarse hasta su cama.
-Espero que no vivas apenado, hijo.
-Por qu?
-Por la chica esa a quien pusiste en su lugar en buena hora.
-Apenarme? Pisch!
-As me gusta, hijo. Con cuidado, con cuidado.
La ayud a acostarse, con la delicadeza con que se deposita una flor sobre un almohadn de raso.
-Sos un buen hijo.
-Gracias, mam.
-Espero ser una buena abuela.
-Seguro, mam. Buenas noches.
Apag la luz y sali de la habitacin, yendo a la suya. Por ensima vez sac del cajn de la mesita de luz la carta de Elida.
-No, mi querida Elida. Nada ha terminado.
Volvi al dorso la carta. All haba anotado apresuradamente el nombre de aquel joven a quien haba visto visitar la casa que se acostumbr a espiar, algo nada decoroso, pero el fin justifica los medios -se dijo. El nombre estaba ah. Lo conoca porque haba seguido al joven hasta su casa (el fin... etc.) y averigu que se trataba del doctor Cayo Rodrguez, abogado.



Diez y siete
Dina
Le haba tocado ser la ltima oradora del da, cuando todo el mundo ya estaba harto de or a los ocho oradores precedentes. Ante semejante concurrencia adormilada, con fatiga y con hambre, desarroll su tema de Ficcin y Realidad de la Participacin femenina en la Democracia. La ovacin de sus sueos se redujo a un pequeo aplauso aislado, en el fondo de la sala, proveniente de su Jefe, Hermenegildo Santacruz. Se sinti desolada. Haba esperado una entrada triunfal en el mundo de la poltica, y estaba sucediendo todo lo contrario.
El Presidente de mesa cerr el programa del da, y vio que la concurrencia y los congresistas se retiraban con alivio. Se dirigi a su vez a la salida, donde le esperaba Hermenegildo. No poda ocultar su contento que le bailaba entre los ojos y la sonrisa. Piensa que me han puesto en mi lugar se dijo enojada, de modo que rechaz cortsmente el ofrecimiento de llevarla a su casa.
-Me vienen a buscar unos amigos -minti, y se qued a esperar a los hipotticos amigos hasta que vio alejarse el Toyota Crown de Hermenegildo. 
Obscureca rpidamente aquel da de Octubre, con el primer viento clido del Norte anunciando el verano y arrastrando hojarasca sobre el asfalto.
Decidi ir caminando hasta su casa, para darse tiempo a pensar.
-Demasiado lugares comunes -oy que deca una voz masculina.
-Me habla a m?
-S, seorita. La estuve escuchando. Demasiado lugares comunes. Usted parece haber reciclado toda la basura que venimos escuchando hace cuarenta aos.
-No es muy gentil de su parte.
-Me llamo Braulio.
Observ al hombre, que vesta un pantaln vaquero arruinado, ms por el tiempo que por la moda. Una remera con la leyenda de Marlboro, y en los pies, mocasines sin medias. La barba de tres das por lo menos no ocultaba un hermoso perfil griego. Es lo nico agradable que tiene. Ese perfil de Adonis concluy Dina, contemplando una especie de cartera de mujer que el hombre llevaba en las manos, y que por su aspecto debi contener las cartas de Josefina a Napolen y ahora contena vaya a saber qu, acaso un trozo de salame y pan para la cena.
-Est bien, se llama Braulio. Mi exposicin es basura reciclada. Y qu ms?
-Puede mejorar.
-Quin lo dice?
-Yo. Y antes que me pregunte con qu ttulos, le cuento que soy Doctor en Filosofa, estuve becado dando un curso de dos aos en la Sorbona. No soy escritor ni poeta porque soy bastante holgazn para escribir. En realidad soy holgazn para todo. Adems soy honesto y no quiero engaar a la gente que cree porque uno estuvo en Francia ya tiene patente de genio. Vivo en una pensin donde llevo dos meses de atraso, y si usted me invitara a cenar podramos ahondar un poco ms el tema de su analfabetismo poltico.
-Usted no tiene pelos en la lengua, Braulio.
-La verdad nos har libres.
-De modo que es mstico.
-No, soy ateo a mi manera. No creo que Dios no exista, sino que ya no existe. Pars, 1968. No ve como anda el mundo? Me invita a cenar? Tengo hambre.
Dina pase una mirada crtica sobre la facha lamentable del hombre. 
Braulio se dio cuenta del dudoso escrutinio.
-S -dijo -pero no huelo mal.
-Tambin lee el pensamiento.
-Conozco a la gente.
De alguna manera, al ser descubierta con su prejuicio a flor de piel, avergonz a Dina. Decidi creer a Braulio. Y tambin invitarlo a cenar. Lo que vendra despus sera tomar un taxi y volver a casa con cierta seguridad. El Doctor en Filosofa podra ser un violador en potencia.
Caminaron hasta el Restaurant San Miguel, donde ocuparon una mesa al aire libre. Acudi el mozo, y sin cortesa alguna, Braulio hizo el pedido para l.
-Una milanesa napolitana a caballo, con tres huevos fritos, ensalada rusa y papas fritas.
-Para beber, seor?
Dina esper que pidiera por lo menos una damajuana de vino, y se sorprendi cuando Braulio pidi una gaseosa. Quera impresionarla?
-La seorita? -Era el mozo.
-Slo papas fritas y una cola.
-Hbleme de la basura reciclada -pidi ella, cuando el mozo se retir.
Braulio habl como para s.
-Cuando creemos que creamos, slo memorizamos. Cuando creemos que imaginamos, slo recordamos. No hemos sido educados para que la mente acte con la libertad de un guila joven sino para que la memoria sea una alcanca que lo guarde todo. Y cada vez que necesitamos un pensamiento, lo desempolvamos y lo sacamos afuera. Hemos cerrado nuestro horno...
-Horno?
-S, horno ardiente, horno interior donde fraguamos nuestras propias ideas, y con nuestras propias ideas, nuestra libertad personal.
En este punto, Dina se convenca de que la abundante cena era una buena inversin. Tuvo que esperar el resto, porque el mozo apareci con las viandas solicitadas, y observ cmo Braulio devoraba con el ansia del nufrago acabado de rescatar. Cuando dijo tengo hambre, lo dijo en sentido real -reflexion.
Cuando termin la cena, Braulio se ech atrs, con aire satisfecho.
-Dios, que no eructe ni se d palmadas en la panza -rog en voz baja Dina, y Dios le escuch. Tampoco se hurga los lindos dientes con un palillo observ Dina.
-Creo que tenemos que vivir juntos.
-Qu?
-En pareja, somos adultos. Provechoso para los dos. Yo le enseo lo mucho que s, y usted paga la pensin.
-No, gracias, soy una chica algo anticuada.
-Ya me pareca. Pero no es una mala idea.
-Es brillante.
-Sin ironas, seorita.
-Me llamo Dina.
-Pues bien, Dina. Parece que usted ha decidido ser feminista. La felicito, pero tiene una idea equivocada de lo que es el feminismo. Para empezar, no es esa especie de fanatismo mahometano que se perciba en su exposicin. Con esa postura slo lograr que las esposas anden cortando el pene del marido. No, no, no me hable, no me corte la inspiracin. Usted ha cado en una trampa semntica. Confunde feminismo con activismo. Y confunde el activismo como agresin al varn, al macho.
Parece que anduve bastante confundida...
-Sin ironas, Dina, sin ironas. Tiene que volver a instalar su feminismo en un marco adecuado, y reorganizar todas sus ideas, y tambin su accin. Ya veo en sus ojos que se est preguntando donde diablos est ese marco.
-Caray! Usted ve todo en mis ojos!
-Veo mucho, como que piensa que soy atractivo pero sucio. Otro prejuicio. Soy haraposo, no sucio. Pero dejemos eso. En qu estbamos? 
Ah, s, hay que instalar el feminismo en el marco adecuado. Y cul es el marco?.
-Cul es la respuesta?
-El humanismo, mujer. La mujer debe sentirse hombre.
-Qu dice?
-Debe sentirse Hombre, con maysculas. La liberacin femenina pasa por la liberacin del Hombre, que estamos muy lejos de alcanzar. Mientras el Hombre no sea libre de la injusticia, de la pobreza y de la ignorancia, la mujer no ser libre. Y el hombre, con minscula seguir consolndose tiranizando a la mujer.
-Pero si el varn no nos da espacio para...
-Es parte de la enfermedad que la Humanidad debe curar. Espero me entienda, se lo estoy diciendo con las palabras ms elementales posibles.
-No necesita concebirme como un prvulo del pre-escolar -Contest amoscada Dina, aunque vea abrirse un territorio nuevo frente a ella.
-En cierto modo lo es -respondi Braulio- porque si quiere saltar a la notoriedad poltica, aprenda todo de nuevo. Quiere ser una buena lder poltica? Luche por el Hombre, con mayscula. Creo que por hoy me he ganado mi cena.
-Le aseguro que s, Braulio.
-Mi nombre suena con slabas de miel en sus labios.
-No empecemos de nuevo.
Pag la cuenta, y decidi no darse por enterada cuando deposit la propina para el mozo sobre el mantel, y vio que Braulio se lo meta furtivamente en el bolsillo.
l se ofreci a acompaarla hasta su casa. Dina desech la idea inicial de refugiarse en un taxi y caminaron por la calle Espaa primero, despus por las ms silenciosas que llevaban a Las Mercedes, donde ella viva. Mientras caminaban, l no cesaba de perorar, como si sus nubes interiores fueran liberando una torrencial sabidura. Hablaba y hablaba, para s mismo y hasta para las estrellas, casi ajeno al hecho de que acompaaba a una dama. Y llegaron por fin.
-Esa es mi casa. Gracias por todo, Braulio. Me siento un poco ms enriquecida. A propsito de la deuda en la pensin... -abra la cartera y se paraliz. Por primera vez vio el enojo en los ojos del hombre.
-Buenas noches -dijo, y se marchaba.
-Braulio! -llam ella.
El hombre se volvi.
-Dnde puedo verle de nuevo?
-No se preocupe. La encontrar yo.
Y se fue silbando por la calle, arrojando al aire su vieja cartera de mujer, y cazndola al vuelo.
-Vaya tipo extrao -se dijo Dina, y entr a su casa.



Dieciocho
Mara
Mara conduca su pequeo Honda, bastante irritada. La teora de trabajo fue que saldran juntos con Centurin, y efectivamente Centurin subi a su lado, le dijo que condujera por Palmas, y en la esquina de 14 de Mayo le pidi que se detuviera, le dijo que era una chica inteligente y poda bastarse sola, y baj a reunirse con sus amigos en un ruidoso copetn. Por aadidura le dijo que si encuentras algo nuevo, maana lo escribimos juntos.
Ella saba adnde deba ir, no tema a la noche temprana que caa. A la Parada de taxis donde Marcelino Otaz tena su vehculo. El testigo ocular de la muerte de Azucena, o Florindo Ortellado. Meti el automvil en un estacionamiento y fue caminando hasta la Parada de taxis, sin grabador, sin nada que revelara su condicin de periodista.
Cuando lleg a la fila de coches amarillos se pregunt cmo hara para conocer a Marcelino Otaz, y decidi que la va ms rpida era sencillamente preguntar.
-Quin es Marcelino Otaz?
-Es aquel del Peugeot 504, seorita.
Fue abordar el automvil.
-Debe subir al primero de la fila, seorita.
-Me gusta este, es flamante.
Sin mayores explicaciones se instal en el asiento trasero.
-Adnde vamos?
-A la Terminal de mnibus, pero despacio, no tengo prisa.
Marcelino arranc, y el motor diesel hizo su caracterstico ruido de masticar tuercas.
-La ciudad es tranquila de da -dijo Mara.
-Ujm.
-Dicen que de noche es un infierno.
-Si le cuento, seorita.
El hombre era canoso, moreno, de manos nervudas y firmes sobre el volante.
-Los travestis, y todo eso.
-Hay cada vez ms degenerados, seorita. Yo no s cmo no les fusilan a todos. Me contaron que el General Ibez...
-Quin?
-Un Presidente de Chile, sabe. Meti a todos los pu... a los homosexuales en un barco, para llevarlos a una isla. En el mar vino un acorazado y hundi el barco a caonazos. Cierto, me cont mi hijo, que estudia Derecho. A los travestis hay que mandarlos al Chaco, para que sean hombres. O se arreglen entre ellos y se mueran todos de Sida.
El hombre es definitivamente moralista pens Mara.
-Mi pap dice que hay que matarlos a todos -minti.
-Hay uno que ya lo est haciendo, seorita.
-De veras?
-No lee los diarios?
-Slo la pgina de Sociales. Dice usted que estn matando a los travestis?
El coche haba salido por fin del descomunal enredo del microcentro, y enfilaba por Pettirossi, a la busca del otro infierno del Mercado 4.
-Con un rifle.
-Noo. Eso solo sucede en la tele. 
-Sucedi!
-No lo puedo creer.
-Yo vi. Sali mi nombre en el diario. Vinieron cantidad de periodistas impertinentes. Pero no les dije nada, ni a los periodistas ni a la Polica. Slo que era un coche negro.
-Pero por qu?
-No estoy loco. Si el tirador ese sabe lo que yo s, capaz que me tire a m con su rifle.
-Tiene razn, seor. Con esta clase de gente hay que ser prudentes.
-Yo vi cuando le tiraron desde un coche negro. Hace unos das sali en el diario que era un Chevrolet como el blindado que Stroessner. No es cierto. No era Chevrolet. Era Buick.
-Mire que es observador usted!
-Estoy en el oficio. Era mecnico antes de comprar este Peugeot.
-No le sigui al coche negro?
-A la Polica le dije que no. No quiero compromiso.
Mara sinti que se le erizaban los cabellos. A la Polica le dije que no... Luego...
-De modo que...?
Segu al coche negro.
Encontr por fin a quien mostrar su valenta se dijo Mara.
-Y por qu me lo dice a m?
-Por su carita de escuelera. Y si va a la Polica y le dice...
-Jess! Le tengo terror a los policas. Un to mo muri torturado. 
Yo le quera mucho. Me traa revistas y libros, pobrecito! Qu valiente haber seguido al coche asesino!
-Quera saber quin era el tipo que tena las bolas tan bien puestas para salir a hacer limpieza nocturna. Ellos no se dieron cuenta de que les segua.
-Ellos? No era una especie de vengador solitario, como en el cine?
-Eran entre dos. Pareja.
-Un hombre y una mujer. Vaya. Jvenes?
-Eso ya no pude ver ms. Pero el coche era un Buick automtico de ocho cilindros.
-No veo la relacin.
-Es un coche de seores, de gente vieja. 
El corazn le lata desordenadamente a Mara. Slo le faltaba un dato, y antes de formular la pregunta, se encomend a la Divina Providencia.
-Los sigui hasta su casa?
-No pude. Doblaron en Mariscal Lpez a la izquierda, por una calle obscura, a la altura de una Estacin de Servicio, por cerca de la Municipalidad. Y entonces encontr un pasajero bastante borracho.
Ya estamos llegando a la Terminal, seorita. Dnde quiere bajarse?
-En la acera, nada ms.
Descendi del auto, deslumbrada por lo que acaba de obtener del dicharachero de Marcelino Otaz. Busc un papel en la cartera, y agachndose en el pupitre de una telfono pblico que ya no tena tubo, escrib afanosamente todo lo que haba odo, cuando sinti que le tocaban indecorosamente el trasero. Se volvi de un respingo. Tres caras juveniles que olan a cerveza la miraban sonrientes. Las mejillas arreboladas y los ojos turbios, perversos. El siguiente toque fue en uno de los pechos, que una mano tosca aprision como si fuera una manzana. Propin un araazo al sujeto y ech a correr, para refugiarse en una atestada casilla donde una seora gorda frea hamburguesas.
-Entr adentro, mi hija -le dijo la seora gorda.
Penetr en la estrecha casilla, detrs de la duea de la casilla, suspirando de alivio, al ver el volumen de su protectora, que sali afuera armada de una espumadera de hierro.
-Patotero de mierda, si quieren puta vaya a la discoteca.
Los tres se fueron prefiriendo palabras irreproducibles como dicen los cronistas sin imaginacin.
-Gracias, seora.
-No tens que andar sola por aqu, mi hija.
-Pero si todava no son las nueve!
-Este infierno funciona continuado, mi hija. Perdiste algn nibu?
-No, solo vine a esperar a mi mam, que no lleg -minti intuyendo que si deca que era periodista, perdera la maternal proteccin de la hamburguesera.
Cmo puedo conseguir un taxi?
-Mi marido tiene un taxi mau. Esper.
Llam con un vozarrn a un chiquillo de noms de once aos que miraba embobado las portadas de un centenar de revistas pornogrficas exhibidas en un puesto.
-Camellito!
El chico llamado Camellito acudi con paso vacilante y los ojos velados.
-Est enfermo?
-No, ya oli ya otra vez cola de zapatero. Tens dinero para el taxi?
-Claro, tengo dinero.
-Es diez mil hasta el centro.
-Est bien -pagara cien mil para salirse de ah.
Encarg el mandado al chico que cruz la atestada avenida Fernando de la Mora sin tomar en consideracin de que a cada minuto corra el peligro de morir aplastado.
-La cola de zapatero le lleva a otro mundo -ri la seora.
Mientras esperaba, Mara observaba aquel mundo que no conoca, y de donde el chico escapaba aspirando cola de zapatero. Ruido infernal en las discotecas, pobres mujerucas, algunas nias maquilladas como para jugar a las mams, teidas con todos los colores del arco iris en la cabeza y con minifalda o shorts que apretaban sus desvadas carnes. Vendedores ambulantes, borrachos, miradas de pollos decapitados girando sobre los fuegos de la parrilla y un omnipresente olor a carne asada, a cloaca reventada, a humo de gasoil, que le penetraba hasta por los poros, y por los odos, el estruendo de la msica-cachaca, escapando de altavoces cuyos bajos como caonazos le hacan trepidar las orejas.
Por fin apareci el taxi mau, o ilegal, que mereca de lejos tal denominacin, porque era un viejo Brasilia que se caa a pedazos, con los tapizados con manchas de carne cruda y restos de verduras. El hombre que lo manejaba, increblemente peludo, slo vesta una camiseta, shorts y unas zapatillas japonesas enganchadas al dedo gordo.
-Para salir de aqu, esto es como la carroza de la Cenicienta -se dijo Mara, y se dej conducir hasta el centro, en busca de su anhelado Honda.
Condujo hasta su casa recordando la conversacin con el Comisario Riveros, en su despacho pulcrsimo y reluciente, con grandes fotos del Presidente y del Ministro del interior en la pared, tomando mate cocido caliente en tacitas de caf y con las ventanas abiertas a un cuidado jardn que ms pareca de un convento de laboriosas monjas que de una Comisara. Slo el planchado uniforme del Comisario rivalizaba en pulcritud con el ambiente.
-Comisario, usted debe tener mucha experiencia en estas cosas.
-Va a salir en su diario lo que le digo?
-Slo en forma general.
-Sin mencionarme, seorita?
-Palabra.
-Entonces apague el grabador. Vamos a tener una charla de amigos.
Me gusta usted, seorita. No, no se ponga a la defensiva. Soy casado y con hijos. Me gusta su inteligencia. Usted debera ser Polica.
-Gracias.
-Que deca de mi experiencia?
-Quin mata a los travestis?
-Cmo voy a saberlo?
-Hice mal la pregunta. Le pido un perfil. Un perfil de la persona que se siente impelido a matar travestis.
El Comisario reflexion. Se ech atrs en su silln y cruz las manos en la nuca.
-La misma pregunta me hice yo. Hay varias respuestas posibles. La primera, esos degenerados tienen su propia mafia, sus territorios, sus protectores y sus propias leyes violentas. Sabe usted que la violencia de un homosexual es mucho ms feroz que la de una mujer enfurecida?
-Si usted lo dice.
-Es estadstico. Cuando encontramos un crimen especialmente, atroz, empezamos a buscar a putos involucrados, perdn, homosexuales.
-Vaya una novedad.
-Antela como regla, seorita.
-Luego, estos crmenes...
-Puede ser arreglo de cuentas entre ellos. Es una posibilidad. Otra posibilidad que barajamos es que algn fantico, harto de tanta podredumbre y miseria, saliera a exterminarlos en buena hora.
-Ese fantico puede ser usted, comisario.
-Por qu lo dice?
-Los odia, no?
-Con toda el alma, pero eso no me hace asesino. Estoy a este lado de la Ley. 
-Por qu los odia?
-Son unos degenerados!
-Le que son enfermos, errores de la Naturaleza. Que nacieron squicamente femeninos. Y se sienten mujer.
-Dgame, seorita periodista... Usted se siente mujer?
-Por supuesto que s!
-Entonces... Por qu no se dedica a la prostitucin?
-Seor Comisario!
-Se ofende, en buena hora. Antes de dedicarse a la prostitucin usted podra ser cocinera, o peinadora, o pedicura. No? Entonces no me venga a decir que esos dege... enfermos, digamos, slo por sentirse mujer, tienen que andar por ah ofreciendo el intestino como rgano sexual!
-No sea grosero, seor Comisario!
-No sea inocente, seorita periodista!
-Les tiene rabia de veras.
-Tengo tres hijos varones. El menor entrando en la adolescencia y el mayor saliendo. Mi seora est feliz con esta barrida que est haciendo el del rifle.
Mara no recordaba ms de aquella conversacin. A la maana siguiente, escribi un artculo, sin dar intervencin alguna a Centurin poniendo como interrogantes las opiniones del Comisario, sin mencionarlo, sino como de su cosecha, y luego se extendi a la exploracin del sub-mundo de la Terminal de mnibus, como raz de tanto descalabro social y moral. No mencion para nada el Buick, ni la pareja en el coche, ni la persecucin de Otaz ni el rea residencial donde Otaz haba perdido la pista. Fue felicitada nuevamente por el artculo, y cuando saboreaba el xito sin tener en cuenta las torvas miradas de Centurin, tuvo una inspiracin. Llam por telfono al Comisario Riveros.
-Hola!
-Seor Comisario, soy Mara.
-Qu me ordena?
-Tiene usted un Buick como vehculo de la familia?
-Buick? Que disparate. Tengo un Parat, legal, s quiere saberlo. 




Diecinueve
Celia
Se senta desolada. La muerte sin cadver de Bienvenido Ibez result ms una trampa que un alivio. La Financiera, nada dispuesta a esperar siete aos, embisti con toda furia sobre el blanco ms apropiado, la apoderada del desaparecido. Ella, a quien aterrorizaba todo lo que se refera a tribunales y jueces. Su amigo, Cayo Rodrguez, renunci a su cargo de asesor jurdico de la Financiera, y con el disgusto de su padre y el aplauso de su madre, cuya nica felicidad en esta vida era llevarle la contraria a su augusto marido, asumi la defensa de los herederos sin herencia de Bienvenido Ibez.
La renuncia de Cayo result en cierta manera, una renuncia o una rebelda a la autoridad paterna, y el padre enfurecido decidi darle una leccin al hijo claudicante, y jur que la Financiera le iba a aplastar en los tribunales, contratando a dos especialistas.
-Una leccin no le vendr mal a ese mocoso -dijo a su esposa, y su esposa le cont a Cayo y Cayo se lo cont a Celia.
-Me tienes que dar un poder. Soy tu abogado defensor -le haba dicho Cayo, sentados en la misma mesita del copetn Alberdi donde sus respectivas rodillas haban intimado ms que sus respectivos propietarios.
-Tenemos alguna posibilidad, Cayo?
-Absolutamente ninguna. Tu pap firmaba papeles sin leerlos. 
Especialmente en las letritas pequeitas. Pona mansamente la cabeza en la guillotina.
Ms tarde, Cayo la invit a cenar.
-Dnde?
-En casa, con mi mam. Quiere conocerte.
-Es un honor. Pero por qu?
-Sos la causa de la furia de pap y se volvi tu entusiasta partidaria. Adems cree que entre nosotros hay romance.
-La hay?
-No la hay?
-No s. Se lo voy a preguntar a mam.
-Cayo... No tienes por casualidad alguna mana edpica?
-Seorita! 
-A cada paso mencionas a tu mam. Pareces un hijo sobreprotegido.
-Slo parece. Mam no es sobreprotectora. Es mi compinche.
-En qu?
-En hacer rabiar a pap.
-Nunca s si hablas en serio o en broma.
Acept la invitacin de Cayo. Y conoci a la encantadora mam de su amigo. Todava joven y hermosa, con el espeso cabello teido de un sentador platinado. Parece una Lady inglesa, fue la primera impresin de Celia. Vital, sonriente y espontnea, realmente ms pareca una compinche que una madre. Ni siquiera parece madre de este grandulln concluy la muchacha.
Beatriz, que as se llamaba la dama, sirvi a los jvenes abundante porcin de lomito al horno mechado con deliciosas hierbas, y vino, y ella solo consumi unas tiritas de carne magra sobre pan tostado.
-Es por la figura, hija -dijo a Celia- a propsito de figura, Celia, la tienes esplndida. Mi muchacho ha tenido buen ojo. Aunque no tienes el aspecto de princesita desvalida que yo crea.
-Mam, an no hemos llegado a la etapa de evaluar la figura -dijo Cayo.
-Pamplinas, hijo! Todo comienza por la figura. La flecha de Cupido tiene las mismas curvas que una cadera apetitosa.
-Mam, la ests haciendo ruborizar.
-Buena seal. Una chica que en esta poca se ruboriza es una rareza. 
Has encontrado un tesoro, hijo. Bueno... Cul es nuestro plan para hacerle infeliz a tu pap?
-Plan? -pregunt sorprendida Celia.
-Mam dice que tiene un plan.
-Bueno, esto parece un asunto de familia.
-No, Celia, no es asunto de familia. Es tu problema financiero.
-Pero qu plan...?
-No empieces a preguntar. Mam no es abogada, desde luego. Pero es la reencarnacin de Lucrecia Borgia.
-A propsito, hijo, he puesto en tu vino un afrodisaco fabricado en el Amazonas. Creo que lo necesitas para ser un poco ms atrevido con esta nia que pide caricias a gritos.
Celia admir la relacin entre la deshinibida madre y el desenvuelto  hijo. Quisiera ser una mam como ella pens.
-Reencarnacin de Lucrecia Borgia! -ri Celia.
-Slo Dios, o ms bien el diablo, sabe lo que estar maquinando contra pap.
-No veo la razn...
-Se lo cuento? -preguntaba Beatriz a su hijo.
-Contale!
-Claro, total pronto va ser de la familia -dijo Beatriz- acuso a mi augusto marido, doctor Miguel Rodrguez, de haberse casado conmigo.
-Grave delito! -exclam Cayo.
-Me estn tomando del pelo? -pregunt Celia.
-Nada de eso, hija ma. Me cas con Miguel Rodrguez, a los 18 aos, deslumbrada por los versos que me escriba. Apasionados, romnticos. Me transportaban al cielo. Despus de la noche nupcial, desaparecieron los versos. Nunca los escribi l. Le pagaba a un poeta para que los escribiera, y a un calgrafo para que los copiara con primorosa letra. 
Descubr todo, y llegu a conocer al poeta que me haba enamorado. Un churro de novela, hija.
-Mam!
-No te preocupes, ya muri de Sida. Por mi parte, he vivido sintindome engaada. Y vivo para hacerle la vida imposible. Qu te parece, hija?
-No s que decir. Es tan ntimo.
-Inocente. No veo la hora que seas mi nuera. A propsito, nunca me llames suegra. Es feo. Me vas a llamar mam, entendido?
-Cayo, tu mam es un torbellino -dijo Celia riendo.
-Tampoco abuela. Mejor es mam grande como en francs, slo el castellano tiene esa palabra envejecedora. Abuela! No me sienta.
De pronto, Celia se senta cmoda y feliz en ese ambiente absolutamente liberado. Persista sus dudas, porque de la misma manera que no saba si tomar en serio o no a Cayo, tampoco saba a que atenerse con su madre.
-Maana regresa tu pap -deca Beatriz a su hijo- y yo empiezo mi conspiracin Borgiana.
Ms tarde l la llev a su casa, en su moderno BMW que se deslizaba por las calles silenciosas.
-Hablaba en serio tu mam de no s que plan? 
-Puedo jurarlo.
-Qu es?
-No tengo la menor idea, pero debe ser algo retorcido si viene de mam.
-No s si tomarte en serio. A vos y a tu mam, pero he pasado un momento feliz, tan feliz que me olvid de todo este drama de la hipoteca sobre el Establecimiento. Y la hipoteca de la casa.
-Ya est pagada.
-Cmo?
-Que la hipoteca de la casa est pagada.
-Pero quin la pag?
-Jur guardar el secreto. No, no me mires as, no fu yo, que soy hijo de rico, pero irremediablemente insolvente.
-Fue tu mam! -exclam ofendida -de ninguna manera...
-No fue mam! -la interrumpi Cayo.
-Quin fue?
-Es un secreto.
-Quiero saberlo!
-Dime, Celia. Me respetas?
-Por supuesto.
Por primera vez haba dureza en la mirada de Cayo.
-Entonces, si me respetas, no me obligues a faltar a mi palabra de honor!
-Pero... por lo menos, dime... es alguien que yo conozco?
-No s.
-Est relacionado con mi familia?
-Creo.
-Quieres dejar de hablar como un gngster?
-Okey.
Condujo en silencio hasta la casa de las hermanas Ibez. 
Descendieron y ella se despeda en el portal.
-Quisiera contarle a mi mam que nos despedimos con un beso.
-Contale.
-No le puedo mentir a mi mam.
Celia se dej besar. Despus le gust. Y bes. 



Veinte
La familia
-Quisiera saber de donde sali nuestro misterioso benefactor -deca Celia, en la sala familiar donde se haba reunido las cuatro hermanas Ibez, despus de la ligera cena que tomaron.
Les haba contado que la hipoteca estaba pagada, que la escritura de levantamiento de hipoteca estaba en la Escribana Prez, y slo faltaba que ella, haciendo valer el poder general, fuera suscribirla.
-No ser Hermenegildo, Dina?
-l? Si cuando tuvo que aflojar quinientos mil para el Congreso casi lloraba sangre. Mara, inquieta periodista...
-Quin, yo?
-No te habrs vuelto demasiado inquieta?
-Qu quieres decir?
-Dicen que las periodistas bonitas terminan en los con el Director o el Administrador.
-Aire, hermanita -dijo Mara-. Adems, ese dinero no viene de un amante, suponiendo que una de nosotras tenga un amante.
-Qu hay con los amantes? -pregunt Celia.
-No hay amante en el mundo actual tan generoso como para desprenderse de tanto dinero. La cotizacin de las cortesanas bellas ha bajado mucho.
-Entonces fue Cayo, Celia.
-Me jur que no fue l, y le creo, porque si hubiera sido l ya se hubiera estado exhibiendo como un pavo real.
-Por qu ests tan callada, Elida?
-No tengo la menor idea que aportar. Pero Cayo sabe quin es.
-No lo dir ni si le torturan -dijo Celia.
-Hay una manera de hacerlo confesar -dijo Dina-, todo depende de vos, Celia.
-Qu tengo que hacer, acostarme con l?
-No. Comuncale que las decorosas hermanas Ibez se niegan a recibir ayuda de un extrao. Que en el plazo de un mes muestre la cara y las intenciones, o abandonamos la casa.
-Y si se lo cree?
-Nos vamos. 
-Adnde?
-Dios proveer -dijo Mara- ya somos adultas y Cayo tiene razn cuando dice que esto de permanecer unidas, es puro lirismo.
-Yo por lo menos, ya tengo solucin. Un hippie tardo me ofreci vivir en pareja en una pensin -ri Dina.
-Quiero creer que ests hablando en broma -exclam Elida con severidad.
-Claro que es broma, tranquilzate, Elida.
-Le vas a dar el ultimtum a Cayo? -pregunt Mara a Celia.
-Se la dar, y voy a dormir -respondi Celia- y no se olviden que el sbado es el aniversario de mam. Debemos ir todas al cementerio.
Convinieron en ir el domingo, y cada una de las hermanas Ibez se fue a la cama llevando para el insomnio, la misteriosa identidad del benefactor que haba salvado la casa de un seguro remate.



Veintiuno
Dina
Parece que no fue un fracaso total se dijo Dina, recordando la llamada telefnica del doctor Aparicio Montes.
-La escuch en el Congreso, tiene posibilidades, seorita.
Al principio supuso una broma de los compaeros del Ministerio, pero despus se convenci de que por lo menos la llamada era seria.
-Deseara hablar con usted. Puede venir a mi despacho?
Dijo que s, sin tener idea de quien era el doctor Aparicio Montes, y anot la direccin y la hora. Quinto piso del Edificio Alaska. Oficinas 22, 23 y 24. El doctor Aparicio Montes ocupa mucho espacio, debe ser importante se dijo. Viernes a las cinco de la tarde. No haba peligro. 
Ningn seductor acecha a esa hora.
Busc en su memoria algo relacionado con el doctor Aparicio Montes, y slo encontr un vago recuerdo de un panel en la televisin, y algunas informaciones espaciadas en los diarios. Pregunt a su propio Jefe, Hermenegildo Santacruz, sobre la persona que le haba llamado.
-Cmo se llama?
-El doctor Aparicio Montes.
-No es algo en el Gobierno. Ni del Partido, que yo sepa.
Profundiz su investigacin y apunt al edificio Alaska. Llam a Cayo Rodrguez y le pidi datos. 
-No, Dina. Es un edificio serio. No es de esos que se vinieron a menos y se convirtieron en un colmenar de bulines. Eso est de moda. Uno se esconde mejor entre la multitud.
Sin necesidad alguna, Cayo se explay sobre las casitas de extramuros que ya pasaron de moda como niditos de amor. Las viejas del vecindario montan todo un sistema de espionaje concluy.
Tambin tena informaciones sobre el doctor Aparicio Montes.
-Es un buen tipo -le dijo- aunque no debe ser muy feliz. Es el padre de la niita que se solt de la niera y se lanz a cruzar la calle, hace como un ao. Muri atropellada. No, no s a qu se dedica, pero tiene montada una oficina muy completa. No. No creo que sea del Partido. Nunca lo conoc como poltico.
Con todas esas informaciones, se sinti ms tranquila y tambin ms curiosa, cuando el viernes de tarde, a las cinco en punto, descendi del ascensor en el quinto piso. Si no hubiera tanto lujo, tanto mrmol y tanta alfombra muelle en el pasillo, este silencio sera el de un convento, pens, contemplando el largo e iluminado tnel del quinto piso. 
Las oficinas 22, 23 y 24 estaban juntas, y vacil entre ubicar al doctor Aparicio en la primera o en la ltima puerta. Se decidi por la del 24, puls un botn y sinti adentro un discreto toque electrnico, con los decibelios justos para no sobresaltar. Le abri una secretaria elegante y rubia como un maniqu. Detrs de la rubia se col hacia afuera un aire fro que la hizo estremecer.
-La seorita Dina Ibez? La estn esperando. La atienden en un minuto, sintese. Un caf?
-No, gracias.
Se sent en un mullido silln y observ que las oficinas 21, 22 y 23 no estaban separadas, sino eliminadas las paredes divisorias formaban una larga nave donde numerosos muchachos, pantaln negro, camisa blanca y corbata gris, y chicas, con una variante del uniforme masculino slo en la falda, trabajaban en silencio, manipulando computadoras, escribiendo en veloces mquinas de escribir electrnicas, o clasificando fichas de plstico en casillero de acero. Deben estar helados con este aire acondicionado, pens Dina, aunque ms tarde, averigu que la temperatura polar era ms bien por la seguridad de las computadoras que para el bienestar de sus operadores.
-El Doctor la recibir ahora -anunci la secretaria rubia, y la acompa hasta una maciza puerta que golpe con tres matemticos y corteses toquecitos de nudillos y la abri a Dina.
El doctor Aparicio Montes tuvo la deferencia de ponerse de pie detrs de su escritorio, recibi a Dina con un apretn de manos y le seal una cmoda silla ubicada estratgicamente delante del mueble.
-Le agradezco mucho que haya venido.
Est recitando el manual del Perfecto Ejecutivo -se dijo Dina- a rengln siguiente viene: no le quitar mucho tiempo.
-No le quitar mucho tiempo, seorita -acert Dina.
Se ech atrs en su silln, form con ambas manos unidas una cpula para sostener su nariz, y la observ por unos segundos. Mostrar aplomo, segn el manual -dijo para s Dina- Por qu es tan artificioso? Si no adoptara esa pose de robot humanoide sera hasta atractivo, con sus cabellos grises y su cara de Omar Shariff. Y los ojos tristes y hmedos de Omar Shariff.
-Le gustara trabajar con nosotros?
-Por cierto, doctor, pero quienes son nosotros?
-No le han dicho? Caramba, que olvido, somos de la Fundacin Goethe. 
Y ya se est preguntando qu es la fundacin Goethe.
-Eso mismo, doctor.
-Es una Fundacin alemana, sin fines de lucro.
Dijo sin fines de lucro, con un aire de superioridad moral que dejaba muy abajo a todos los que trabajaban con fines de lucro. Pero intuy que todo en l era artificio, mimetismo, ocultando detrs de una fachada fra a un hombre distinto.
-La Fundacin proporciona ayuda a los pases del Tercer Mundo, especialmente en programas de salud, educacin y calidad de vida para las clases ms carenciadas.
-Estamos en el Tercer Mundo?
-No mir a su alrededor?
-Ahora que lo dice, mir. Tiene razn, estamos en el Tercer Mundo.
-Tengo una vacanca, y como le dije por telfono, usted tiene posibilidades. A propsito. Trajo su currculum?
-Nadie me lo pidi.
-No importa. Me lo trae despus, con su diploma universitario, si lo tiene.
-Los tengo. 
-Magnfico. Dnde queda Malmoe?
-Cmo dice?
-Que donde queda Malmoe.
-En Suecia?
-S. Y que es el producto interno bruto?
-Supongo que la suma de todos los bienes producidos en un pas.
-Bien bien. Y la explosin demogrfica?
-La poblacin que aumenta sin control.
-Lo ha dicho bien, seorita. Pero me gustara saber que pasa cuando el ndice de explosin demogrfica es superior al ndice del producto interno bruto.
-La gente andar con hambre, me parece.
-Mas o menos correcto. Veo que es soltera.
-As es.
-Vive en pareja con algn... varn?
-No le parece la pregunta demasiado personal? Pero le contestar. 
Vivo castamente con mis tres hermanas solteras.
-La raz cuadrada de 26?
-Qu?
-La raz cuadrada de 26.
Con pnico, porque se reconoca ramplona en matemticas de toda la vida, hizo rpidos clculos mentales. Tard, pero respondi.
-Cinco y alguna fraccin pequeita.
-Est bien. Cunto gana en su trabajo?
-No es otra pregunta personal, doctor?
-No, puede ser para hacer ms atractiva nuestra oferta de trabajo. 
Dina le dijo la cifra de su sueldo mensual. El doctor Aparicio Montes le ofreci el triple y un poco ms. Tuvo la intencin de aceptarlo a la carrera. Pero decidi ser tan ejecutiva como el doctor.
-Es un sueldo atractivo -dijo pacatamente- pero no sera honesta si no conociera la naturaleza de mi trabajo.
Esta frase debera estar en un manual se dijo.
-Tiene razn, seorita. Se trata de hacer una investigacin sobre las condiciones de vida de la gente rural y ciudadana de este pas, cada en la extrema pobreza. Las causas econmicas, sociales, culturales, y en un informe final, la magnitud del problema. Se cree capaz?
-S tengo los recursos, s, doctor. 
-Recursos?
-Una investigacin seria requiere de viajes. Y los datos recogidos computarizados. Este no es un trabajo para una persona sola. A lo sumo, para un equipo de dos o tres.
-La oficina le podr todos los recursos. Y la felicito.
-En ese caso, acepto.
-Me complace mucho.
-Puedo preguntarle algo, Doctor?
-Por supuesto.
-Por qu me eligi a m?
-No entiendo la pregunta.
-Veo que la oficina de la Fundacin es un templo a la Diosa Eficiencia.
Por primera vez, la cara de Omar Shariff mostr la humanidad de un sonrisa divertida.
-Y?
-Supongo que con tantas computadoras, tendrn un listado completo de especialistas, con su currculum al da, en una especie de lista de espera para ser llamados cuando se los necesite.
-Tenemos ese listado.
-Y por qu a m? Elegida al azar, porque me vio como lamentable oradora y obligada a responder un cuestionario tonto que se le vena ocurriendo a usted sin orden ni lgica? Est peleado con la Diosa Eficiencia, doctor?
-Digamos que de vez en cuanto me gusta ser humano y jugarme por instinto.
-A propsito de instinto, doctor. Que quede bien sentado.
-Bien sentado qu.
-Que soy una chica honesta.
Se haba puesto serio, con expresin casi hosca.
-Bien, que quede bien sentado tambin, seorita, que le estoy ofreciendo trabajo, no la estoy comprando.
Llam por el interno.
-Edith, la seorita se marcha.
Apareci Edith con tal velocidad que Dina sospech que haba estado parada detrs de la puerta, con el odo pegado a la madera.
-La secretaria le entregar una carpeta para que la estudie, y vuelva  el lunes. Estamos felices de tenerla con nosotros.
Otra vez el Manual del buen Ejecutivo, se dijo Dina, acept el apretn de manos del doctor Aparicio Montes, y acompa a la rubia Edith.
Edith se afanaba ordenando en una carpeta una variedad de folletos y manuales de distinto tamao y color.
-Esto es para ti -le dijo-. Tienes en la carpeta todo lo que es y hace en el planeta la todopoderosa Fundacin Goethe.
No le extra a Dina la repentina familiaridad de la chica. Era de su misma edad y no caban mucho los formulismos.
-Qu te parece el Jefe?
-Un hombre muy correcto.
-Es atractivo, no?
-A su manera -dijo prudentemente.
-Adems, muchacha, eso no cuenta para m. Tengo entendido que voy a ser empleada de un Jefe casado.
-Ya no. Se divorci. O mejor, ella se divorci de l. No lo sabas?
-No lo he averiguado.
-Despus de la muerte de una hijita, ella volvi a los Estados Unidos. Es norteamericana.
Simul no dar mucha importancia a la informacin, aunque se confes que de pronto, muchos de sus puntos de vista haban cambiado con respecto a Omar Shariff. Pero nada radicalmente.
Cuando sala con la carpeta bajo el brazo, rememor la naturaleza de la investigacin que deba hacer. Condiciones de vida de la gente rural y ciudadana de este pas, cada en la extrema pobreza. Las causas econmicas, sociales, culturales, y en un informe final, la magnitud del problema. Nada menos.
-Dios, tengo que pagar otra cena a Braulio! -Se dijo.



Veintids
Beatriz
El doctor Miguel Rodrguez sudaba pedaleando la bicicleta fija. Su obsesin por la cintura fina y la esbeltez creca en la medida en que abultaba inevitablemente la panza, y los muslos antes todo fibra muscular se iba pareciendo cada vez ms a un jamn carnoso y de sanguneo color rosado.
-Es el momento oportuno -se dijo Beatriz.
Iba envuelta en su informe tnica hawaiana, recostada en la puerta del gimnasio particular de su marido, con los brazos cruzados en calma actitud.
-Hoy tuve un alegrn enorme -dijo.
Su marido sigui pedaleando y sudando.
-Hoy tuve un alegrn enorme -repiti.
El pedaleo se volvi ms lento.
-No te creo. Hoy no tuve ninguna desgracia.
-Es lo que crees. Ja!
-Ests esperando a que te pregunte de donde viene tu felicidad. 
Considera hecha la pregunta -deca Miguel volviendo a acelerar.
-Estuve hablando con Cayo.
La bicicleta se detuvo. Pareca jadear como su jinete.
-Ese mequetrefe!
-Claro que le promet no decirte nada, pero me hace infeliz verte tan seguro de ti mismo. As que voy a decirte. Y si no estoy equivocada, esta noche te agarra tu insomnio.
-Qu es lo que le dijiste a Cayo?
-Nada. Me lo dijo l. En confidencia. Me siento culpable al contrtelo. Es sobre la cuestin de la demanda a la chica esa que parece le ha chupado los sesos.
-Cayo no puede decir nada al respecto. Lo nico que le queda es retirarse prudentemente.
-Que raro! Es lo mismo que dijo Cayo!
-Se va a retirar del caso!
-Nooo, querido. l piensa lo contrario. Que la Financiera debe retirar la demanda.
-Qu loco!
-Eso mismo le dije yo. Qu loco! Si la Financiera jams perdi un pleito. Sabes lo que me dijo? Que esta vez va a perder!
-Perder? Me reira si no estuviera tan cansado. Por qu habramos de perder?
-No s, no entend bien. Ya sabes que en estas cuestiones soy pavota como una recin nacida. Lo que no entiendo es cmo un expediente puede tener vicios. Yo crea que slo las personas tienen vicios. 
-Vicios?. Cayo dijo que el expediente tiene vicios?
-S, no s que informalidad fiscal en el expediente, que un abogado alerta como l descubri. No s. Son tan complicados ustedes los abogados.
Estoy poniendo mi mejor cara de analfabeta -se dijo- y ya empiezo a detectar cierta inquietud en el tipo.
-Dijo la palabra fiscal?
-S, querido, lo o bien. Adems es una linda palabra. Todas las palabras que terminan en ele son sonoras. Cristal, rosal, clavel. Viste?
-Fiscal no es una linda palabra.
-Se refiere a las patentes, verdad?
-No, a los impuestos.
-Ahora que lo mencionas, querido. Cayo dijo que la demanda es como un Caballo de Troya. En ese orden ya no soy burra que digamos. El Caballo de Troya, es meterse adentro de la fortaleza del enemigo, y hacerle ms dao de lo que l piensa hacerte.
-Y dijo la palabra fiscal?
-Lo o bien querido. Creo que si ustedes ganan la demanda por un lado, por otro van a perder igual cantidad de dinero.
-Eso es chantaje!
-No me hables en trminos legales, que no entiendo nada. Yo slo te cuento lo que saqu en limpio y para que te agarre un lindo y sudoroso insomnio.
-Y dijo que en el expediente...?
-Algo como una Espada de Damocles. Fiscal.
Exactamente como haba previsto, secndose el sudor con una toalla, Miguel se dirigi al telfono de la sala, dejando la huella de sus pies hmedos en la alfombra. Llam. -Caballero? Suerte que aun est en la oficina. Mire, si su auto aun est en el taller tome un taxi y vaya a casa del doctor Espnola. l tiene el expediente del caso de Bienvenido Ibez. 
Dgale que postergue su devolucin al Secretario. Y me lo trae a m, esta misma noche. Esta misma noche, a cualquier hora. Dgale que posiblemente algunos documentos fiscales arrimados al expediente contienen algn tipo de error, y que confe en m. Que hablaremos maana.
Colg, y Beatriz ya no pareca una fina dama inglesa, sino una maligna bruja de cuento de hadas que sonrea de oreja a oreja. Haba conseguido su objetivo.



Veintitrs
Mara
Era la cuarta vez que vagaba por los alrededores de una estacin de servicio, sobre la Avenida Mariscal Lpez, a la altura de la Municipalidad donde Marcelino Otaz haba perdido al Buick negro. 
Encontr dos instalaciones del gnero, pero ninguno tena enfrente los semforos que prohiban doblar a la izquierda como haba dicho el chfer de taxi.
Eran ya las 9 de la noche y el trnsito se haba atenuado un poco, de modo que las idas y vueltas en su pequeo Honda Civic de 10 aos no era muy complicado. En la segunda incursin, haba descubierto que frente a la primera de las gasolineras no exista calle que doblara a la izquierda. En la tercera, s haba calle pero poda doblarse a la izquierda, dobl y explor como ocho manzanas. Primero se detuvo en una casilla a beber una gaseosa y pregunt al vendedor ambulante sobre algn vecino que tuviera un Buick negro. Nada. Despus hizo sucesivamente la misma pregunta al almacenero de la esquina.
-Debe estar equivocada, seorita, esos coches ya no se usan, tragan nafta una barbaridad.
Ms tarde se detuvo frente a un taller mecnico silencioso e inactivo en la noche, donde un sereno cenaba empanaditas con pan y gaseosas y su perro dorma en una casillita. El hombre era viejo y las manos se sacudan con el mal de Parkinson. Un antiguo mecnico a quien por piedad le hacen trabajar de sereno se dijo Mara. El hombre era toda una mina de informacin.
-No existe en diez cuadras a la redonda un auto as -le dijo- y no creo que en Asuncin exista.
-Consumen mucha nafta -le alent Mara.
-S, tiene razn, seorita.
-Pero un amigo lo vio sin lugar a dudas.
-Le pregunt a su amigo el modelo?
-No.
-Debe ser un modelo antiguo. 
El perro haba despertado, se desperez mirando indiferencia a Mara, y aceptando el resto de la cena de su amo.
-Esos autos no se fabrican ms, seorita. O a lo mejor, no se importan ms desde que la nafta es muy cara. As que el auto debe ser muy antiguo, modelo setenta por ah. Ha de ser uno de esos autos que la gente conserva por cario, y salen slo de vez en cuando.
Para matar travestis
-Un auto de gente vieja, seguramente.
-Eso mismo. Yo conozco al doctor Jovellanos, aquel que fue Secretario del Presidente Chaves, que tiene un Packard de 1956 que todava anda como una seda. nicamente el dueo es ms viejo que el auto -ri.
Mara anot mentalmente, que se ratificaba lo dicho por Otaz. Un auto de gente vieja y por aadidura, un auto de modelo antiguo. Una mujer y un hombre en el vehculo. Una pareja de ancianos en el viejo coche conservado por sentimentalismo? Imposible, las parejas de ancianos sentimentales no salen con un rifle a matar travestis. Se sinti desolada y evoc al Comisario Riveros como una fuente de consulta. Pero el Comisario haba ledo su artculo anterior y estaba disgustado porque ella le estaba ocultando informacin.
Ahora estaba indagando en su cuarta exploracin de la zona. Volvi a una reflexin de Otaz que ella haba pasado por alto. Que el Buick dobl a la izquierda en forma antirreglamentaria. Por lo tanto, dobl en una esquina con semforo. Busc la esquina con semforo, cerca de una estacin de servicio, y lo hall. La calle Denis Roa. Comprob que efectivamente, viniendo del centro por Mariscal Lpez, una seal prohiba el giro a la izquierda. Se adelant una cuadra, volvi por el carril contrario y dobl por Denis Roa, hacia el norte. Una calle ancha, asfaltada, la suntuosa Iglesia de San Cristbal, un cruce de semforos, una zona residencial bastante obscura, y ya completamente desorientada, se encontr con los edificios del Colegio Goethe, huertas hmedas de plantas para jardinera, y sorprendentemente, la autopista.
Zona residencial obscura anot mentalmente. Vala la pena explorarla de da.
Desanduvo la misma calle hasta alcanzar nuevamente el semforo que controlaba el cruce con la calle Lilio. La luz roja lo detuvo. Esper el paso. Luz verde. Avanz y oy un rugido a sus espaldas. Alguien con prisa, se dijo y dio paso. A su lado pas enorme, trepidante como una bestia, un auto de modelo antiguo, negro y reluciente, enorme como una catedral rodante que se alejaba como una flecha obscura en la noche. Con desesperacin, hundi el pie en el acelerador del fatigado Honda Civic. El pequeo coche tosi, se sacudi y se detuvo, con el motor ahogado.
Se reproch furiosa. Pero se tranquiliz. Aquel coche (no saba si era Buick) era negro, antiguo, casi una reliquia familiar conservada brillante y pulida. Pero en el volante no iba un viejo, sino un hombre joven.
A la maana siguiente concurri temprano a la Redaccin. Le esperaba una sorpresa. El Asesino del Rifle haba atacado de nuevo esa madrugada. 
La vctima, enviada al otro mundo por un preciso disparo entre los ojos, era Mafalda, o Mateo Ruiz.
Concluy que ella haba visto el siniestro coche de la muerte, slo unas horas antes de que saliera a cazar travestis. Pero manejado por un hombre joven. Otaz haba seguido a una pareja posiblemente madura.
-Que lo -se dijo, y llam por telfono al Comisario Riveros, tapando el tubo para que las atentas orejas de Centurin no captaran la conversacin.







Veinticuatro
La familia
Fueron las cuatro al cementerio en el aniversario de la madre. 
Pasaron la maana all, limpiando, puliendo, rezando a veces, liberando los arruinados candelabros de sus capas de cera de velas. Cerca del medioda se retiraban caminando por la fnebre avenida, cuando observaron que Dina se detena abruptamente, mirando a un hombre que haba depositado flores frente a un tumba blanca y reluciente, y pareca meditar frente a la misma, con la cabeza inclinada.
-Es l -haba dicho Dina.
-Quin es l?
-El doctor Aparicio Montes, el hombre que me ha dado mi nuevo empleo en la Fundacin Goethe.
-Parece un viudo desconsolado -dijo Mara. 
-Es un padre desconsolado -corrigi Dina- debe ser la tumba de su hijita, que muri atropellada. Me da pena.
-Por qu no est con su esposa?
-Es divorciado.
-Tu deber es ir a saludarlo -pontific Mara.
-Claro, porque es mi patrn.
-Y tambin porque es divorciado -agreg Celia, con picarda en la mirada.
-Chica!
-Celia tiene razn -dijo Mara- nunca un varn es ms vulnerable que cuando sufre.
-Dnde aprendiste eso, chiquilina?
-En mi manual de periodismo.
-Mentira! -exclam Dina, y agreg-, adems, no es precisamente el hombre de mis sueos.
-De todos modos, debes ser corts -deca Elida, que por fin haba hablado.
-Tienes razn -concedi Dina.
Se encamin hacia el hombre que se haba arrodillado para acomodar las flores.
-Buenos das, doctor. -Salud pensando en la importunidad de decir buenos das en un cementerio y a un padre doliente.
-Hola -respondi el doctor, levantndose y sacudiendo la tierra de sus rodillas.
Dina observ la fotografa en colores de una nia extraordinariamente rubia y sonriente. La sonrisa infantil aprision su mirada y le hizo un nudo en la garganta.
-Verdad que era hermosa?
-S -apenas pudo responder con la mandbula dura y temblorosa.
Vamos, Dina, no te conoca tan flojona se dijo.
-Algn deudo? -preguntaba cortsmente Aparicio.
-Es el aniversario de mi madre.
-No s que decirle. Mis psames queda mal.
-Queda bien, doctor. Me marcho, mis hermanas me esperan.
-Van a un lugar especial, seorita Dina?
-No, a casa, a comer tallarines.
Tiene una mirada de splica, como si estuviera solo y espera que  lo inviten observ Dina. O es mi imaginacin funcionando sensiblemente en el cementerio
-No querra almorzar conmigo, seorita?
Dud un momento, slo un momento.
-Con mucho gusto.
Poco despus, subi al coche de Aparicio Montes, viendo de reojo a sus tres hermanas que como pjaros curiosos la observaban desde la altura de la alta acera de la Recoleta.



Veinticinco
Elida
Elida haba aceptado rpidamente su suerte, con esa capacidad de resignacin que la acompaaba desde nia. Marcelo empezaba a ser un recuerdo que dola, pero a ese dolor ella encontraba un blsamo en la conviccin de que era til a sus hermanas, tan madre para ellas como poda serlo una hermana mayor.
Las chicas haban discutido la situacin con ella. Dina haba dicho que no es justo. Celia que todas eran grandecitas y podan cuidarse solas. 
Mara, que Cayo tena razn cuando deca que sostener la casa y la unidad era una ficcin, porque de una u otra manera, todas se haban ya asumido a s mismas, y lo inevitable era que cada una buscara su propia realizacin.
-Estar atadas a la casa y a la familia es atarnos al pasado -haba dicho Mara.
-Y a valores que funcionan como ancla.
-No queremos decir -le consolaba Dina- que renunciamos a ser familia, sino que es hora de que todos empecemos a volar solas.
-En cierta manera -haba agregado Celia- ya lo hemos hecho. Estamos viviendo nuestras vidas, ganamos nuestro dinero, aunque eso por mi parte es una ficcin. No s de donde saca don Narciso la suma mensual que me corresponde como Gerente del Establecimiento.
-Da igual -era Dina- ya hemos soltado amarras, Elida. Poco a poco tu vocacin maternal va quedando sin objetos. Deberas salir, ir a la peluquera, maquillarte un poco, conocer gente.
-No -haba replicado ella con enojo-. No deben pensar as. Pap se ha ido. Debemos mantenernos unidas. 
-No es racional, es una obsesin, Elida -dijo Mara.
-Es lo que mam les hubiera dicho -replic Elida-, ustedes son jvenes, inexpertas, inocentes y creen que el mundo se conquista as noms. Chicas, son mujeres, son jvenes, son hermosas. Buscan el xito. No se lo alcanzarn. Rezo por ustedes cuando pienso en...
-En qu? -inquiri Mara.
-En el sexo -respondi Elida con una vocecita.
-Qu quieres decir?
-No pagan con sexo las mujeres todos sus xitos?
-No es una regla! -protest Celia.
-Entiendo lo que Elida quiere decir -dijo Dina-, somos tres vrgenes lanzndose a un mundo de lobos. Es lo que pensara mam, pero mam ya no est. Y si estuviera, no dira eso. Ella confiara en nosotras, y hasta comprendera que jvenes y sanas como somos, si tenemos oportunidad y ganas, podemos disfrutar del sexo.
-Jess! -exclam Elida.
-Hermana querida -segua argumentando Dina- dije disfrutar del sexo, no manipular el sexo. Eso nos hara cortesanas, y ninguna pensamos serlo. 
Verdad, chicas?
-Jams! -dijeron a coro, Mara y Celia.
Elida rememoraba aquella charla para su gusto de tono bastante subido, cuando a hora inesperada apareci Cayo, con un gran paquete envuelto en papel madera en la mano.
-No encuentro a Celia por ninguna parte, Elida.
-Pasa algo?
-Que anoche entraron ladrones en casa. Se llevaron casi todas las joyas de mam. Una verdadera fortuna.
-Y qu tiene que ver Celia con eso?
-No lo comprenderas.
-Yo nunca comprendo nada.
-Perdn si te ofend. Pero deseara que entregaras este paquete a Celia. Y no lo abras, por favor.
-Nunca lo hago.
-Hoy amanec muy torpe. Bueno, me voy. Mi casa est lleno de Policas y mam debe estar desolada.
Se fue sin dar mayores explicaciones dejando el desprolijo paquete en manos de Elida. 
Cuando acababa de marcharse son el telfono. Era Celia, que avisaba que se quedara en la oficina y no vendra a almorzar.
-Oye, Celia, acaba de pasar por aqu Cayo como un huracn despeinado. 
No s. Dijo que entraron ladrones en su casa y se llevaron una fortuna en joyas. Te buscaba. No s. Dej un paquete para vos. No s, me dijo que no lo abriera como si yo fuera una curiosa. Qu dices? Que lo abra? Ests segura? Bueno.
Deposit el tubo sobre la mesita y abri el paquete. Volvi al telfono.
-Son papeles -dijo- s, papeles en una carpeta. Si no me equivoco es un expediente. A ver. S, tiene una tapa. Dice Juicio por Cobro de Guaranes y Ejecucin Hipotecaria a Bienvenido Ibez.



Veinticinco
Dina
La cooperacin que le prest Braulio fue inapreciable. Le dise formularios, cuestionarios y tablas, y hasta consigui o fabric, Dina no saba a qu atenerse, un programa de computacin que segn las operadoras de la Fundacin facilitaban enormemente el trabajo de anlisis y recopilacin del resbaladizo tema de la investigacin. An ms, Braulio la acompa en sus incursiones por los barrios pobres y por caseros de cartn y plstico marginales. De su mano fue conociendo los perfiles ms crudos de la pobreza. Vivi, palp y quiso llorar de pena al ver a nios caminando descalzo o jugando sobre los arroyos de las aguas servidas.
-Dnde est tu pap?
-Yo no tengo pap.
Slo haban mams resignadas a su suerte, manipulando sin remedio el abandono de sus hijos y organizndolos para mendigar o robar. Chozas primarias que no protegan del fro, de la lluvia ni de los mosquitos, y una fatalista conformidad materna por la muerte por diarreas o infecciones bronquiales.
-Me arreglo como puedo noms -deca una mujer sin hombre que cuide por m pero rotundamente embarazada.
Aspir aquel clima que no era ya de deseperacin, sino de acomodo a la deseperacin. Una ciudad primaria de sobrevivientes, con chicas que salan al anochecer, pintadas y arregladas para ejercer la prostitucin, que se cruzaban con hombres rudos y generalmente borrachos que venan a recoger la cosecha de monedas de los chicos en los semforos, y a eyacular en la vagina ruinosa de las mujeres enflaquecidas y agotadas que concebiran as una nueva vida condenada al abandono.
Recorri con Braulio las sendas tortuosas de esas ciudades del sufrimiento, entr en las chozas alumbradas por velas, interrog a la miseria y recogi los datos del espanto.
-Te pedirn una conclusin final de todo esto -le deca Braulio- no es nada difcil, querida ma. Escribe sobre la descompensacin social, sobre el dinero acumulado en los bolsillos de unos pocos y la miseria aplastando la espalda de los muchos. Y debes poner que existe una cultura perdida, la virtud de la maternidad naufragada en la necesidad, y los vientres sagrados profanados por el comercio de nios para la adopcin de innombrables propsitos, la paternidad borracha porque los hombres ya no buscan responsabilidades sino se fugan de la realidad. Tienes ah la tasa de desempleo. sala. Ya sabes las causas. Los ricos tienen miedo de invertir donde la pobreza ha dejado de ser un paisaje conocido para convertirse en amenaza. En realidad, querida Dina, no necesitas escribirlo. Ya lo hice yo.
Y sacaba del bolsillo una mugrienta libreta de cincuenta pginas con un manuscrito de prolija letra pequeita y perfecta.
-Braulio. No sera honesto de mi parte...
-Slo te doy en prstamo mis ideas, o mejor, conozco tus ideas pero s expresarlas mejor. En cuanto a la honestidad, piensa que el fin justifica los medios, muchacha, al menos si es cierto que los teutones ricos van a mandar ayuda para esta gente.
-Braulio, no s como pagarte.
-Ven a vivir conmigo en la pensin.
-Braulio, slo tienes hacia m una obsesin sexual.
-Mentira. Te amo.
-Braulio!
-Est bien, no te amo, pero debes ser maravillosa en la cama. S?
-No.
-Entonces me pagas una cena en el San Roque.
No recordaba ya cuantas veces neg favores sexuales a Braulio y termin pagando copiosas cenas. Pero con Braulio haba recogido un rico material. Y Braulio le ayud tambin a ordenar, clasificar y extraer estadsticas y conclusiones sobre la pobreza en el campo, adonde haban viajado dos chicas jvenes y precisas acopiadoras de datos, idealistas y entusiasmadas por el trabajo que estaban realizando, y que ella, Dina, haba seleccionado en los cursos superiores de la Facultad de Derecho, con la aprobacin de Aparicio. Hasta que estaba llegando a la etapa de elaboracin final del informe, con la ayuda de las veloces dactilgrafas y operadoras de computacin que haba puesto a su disposicin la Fundacin Goethe.
El problema tico sola producir irritantes mordeduras en su conciencia. El trabajo era en un 70% de Braulio. Pero Braulio mismo haba dicho que ningn ser humano es autnomo por s mismo, y que recoger ayuda y experiencia en un libro o varios libros o en una sola persona, eran exactamente, la misma cosa. Y que adems, ningn trabajo vala por el quin lo hizo sino para qu sirve y si serva para sacar del pozo al prjimo, todo estaba justificado.
-Adems, querida ma, no te has acostado un sola vez conmigo, y por ah empieza la purificacin de tu conciencia -deca masticando un enorme muslo de pollo.
Lo que entonces no prevea Dina, eran los abruptos cambios en su destino que se originaran en el trabajo que estaba haciendo.
Tampoco prevea, pero si le consternaba, la evidente atraccin que ejerca sobre el doctor Aparicio Montes, que no ocultaba su inters en ella. Se lo haba comentado a Mara, y su hermana era partidaria de alentar las ilusiones del hombre, siempre que apuntaran al matrimonio, porque se saba que era bastante rico.
-Es que no est en mis proyectos casarme, ser una ama de casa -responda Dina-, tengo mis ambiciones. Adems, si yo fuera una aspirante a esposa, Aparicio est usando la tctica equivocada. Es casi repelente en la continua mencin de su desgracia. Su soledad, su sufrimiento. Se compadece mucho a s mismo y parece que no busca amor, sino la compasin de otro. Ni de lejos quiero ser una esposa que le ponga el hombro al marido para que se pase la vida llorando.
-No ser que mi hermanita es una mujer frgida?
-En absoluto. Slo que al final de cuentas, las mujeres tambin tenemos que administrar nuestras pasiones, hijita. No soy absolutamente frgida. 
Y al decirlo, evocaba los agresivos avances de Braulio, y una que otra tentacin de decirle que s.



Veintisis
Judith
-Cundo regresa Brunilda de Europa?
-En unas semanas ms, mam.
-A este paso, creo que no voy a ver mis nietos.
-Es cuestin de tiempo nada ms, mam.
-Tiempo es lo que se va acabando, hijo.
-Qu ests diciendo, mam?
-Le prohib al mdico que te lo dijera. Prefiero decrtelo yo. Tengo que internarme, hijo.
-Pero por qu? Qu pasa?
-Son los riones, hijo. Empiezan a fallar, y cuando falla el rin, envenena la sangre, y el corazn... bueno, al menos eso entend -Mam, en esta poca hay trasplantes que se hacen como si se sacara una ua encarnada.
-Eso mismo dijo el mdico.
-Y qu esperamos? Qu prefieres? Houston, San Pablo, Buenos Aires.
-No, he vivido con lo que Dios me puso adentro. Voy a morir con eso, s voy a morir. No es que sea Testigo de Jehov, hijo. Le tengo terror a la ciruga. Adems, ya he vivido lo suficiente.
-Pero mam.
-Voy a aceptar la internacin, si eso calma tu conciencia, pero de una vez por todas, pastillitas e inyecciones s, pero nada de carnicera. 
Me prometes?
-No, mam.
-Entonces no me interno nada.
-Est bien, mam.
-Hazme la promesa.
-Te prometo, mam. Pero djame decirte que tengo la sensacin de que quieres morir.
-Puede ser. A lo mejor pensaba otra cosa si tuviera nietos.
La ayud a acostarse. No le estaba ayudando a vivir a su madre y le pesaba la conciencia. Ya poda haber una mujer fecundada con la panza superlativa caminando por la casa, si no anduviera perdiendo tiempo esperando una decisin de Elida y pagando hipotecas. Y para empeorar las cosas, el ultimtum de la familia Ibez para que se diera a conocer, que le transmitiera el doctor Cayo Rodrguez, estaba por cumplirse.



Veintisiete
La familia
-El hecho es -deca Celia a sus hermanas una noche de domingo- que est en nuestro poder el expediente judicial contra pap. Lo ha trado Cayo despus de una incursin de ladrones a su casa. Yo no s an la razn de que el expediente estuviera en casa de Cayo, pero la conclusin que he sacado es que la mam de Cayo, una seora obsesionada en hacerle la vida imposible al marido, y creo que con alguna razn, invent lo de los ladrones, escondi sus joyas en alguna parte, y entreg el expediente a Cayo.
El grueso expediente objeto de la asamblea familiar reposaba sobre el obscuro piano que presida la sala, y que no sonaba desde que mam -Nin la haba cerrado haca mucho tiempo, despus de ensayar vanamente un Nocturno de Chopin.
-Quiere decir que el Establecimiento se salva si no aparece el expediente? -pregunt Elida.
-No del todo, segn entiendo con mi tercer curso de Derecho. Pienso que la Financiera puede reconstruir todas las operaciones que hizo pap, con las escrituras de las hipotecas, los registros de prendas y esas cosas. Pero no s a qu atenerme con respecto a los pagars. Estn en el expediente, firmados de puo y letra por pap. Slo tendrn fotocopias que imagino no tienen valor legal. En todo caso, chicas, si guardamos el expediente, vamos a tener un largo plazo de respiro, creo yo.
-Por qu no consultamos a un abogado? -pregunt Mara.
-Cayo es abogado -dijo Dina.
-No puedo complicarlo ms. Tcnicamente, l y su mam son ladrones -explic Celia.
-Entonces, algn otro abogado -sugiri Elida. 
-Es que no se trata de eso -dijo Dina- me parece que le leo el pensamiento a Celia, y que me corrija si me equivoco. El problema es tico.
-Que es qu? -salt Elida.
-tico -respondi Celia- pap ha contrado deudas legalmente documentadas. Ha dilapidado todo. La posicin de la Financiera es legal, aunque no s si es justa. Reclama sus derechos.
-Y aqu entra en juego la moral de la familia Ibez -dijo Mara- Se queda con el expediente? Somos una familia de tramposos que a lo mejor logra conservar el patrimonio familiar con un buen abogado. Y no nos educaron para eso. Devolvemos el expediente?. Ni el Papa nos salva del remate del Establecimiento.
-Hay una diferencia! -exclam Elida, sorprendente exaltada.
-Decinos cual -pregunt Dina.
-Que si la Financiera pierde lo que prest a pap no va a la ruina, y si nosotras devolvemos el expediente, quedamos en la calle.
-No tanto. Nos queda la casa -dijo Mara.
-Que pag Mandrake el Mago y moralmente le pertenece. Ya nos hemos puesto de acuerdo al respecto -respondi con acritud Elida.
-Hay un punto -dijo Dina- que debemos tomar en consideracin. 
Hablamos de conservar el Establecimiento, an a costa de la trampa. Qu es para lo que queda de la familia Ibez el Establecimiento? Estamos inclinadas a ser cuatro hermanas ganaderas y oligarcas o hemos decidido abrimos paso con nuestro propio impulso? No s bien cmo expresarme. Pap ya ha perdido el establecimiento, moral y legalmente. Por qu no nos resignarnos y seguimos adelante?
-Antes de decidir -habl en tono reflexivo Celia- quiero pensar en voz alta sobre este asunto. Hablamos de abrirnos paso en este mundo por nuestros propios medios, por nuestro propio impulso, como dijo Dina. 
Perfecto, decoroso, decente. Pero abrimos paso en qu mundo?. En un mundo absolutamente corrupto, y en un pas que en ese orden parece ir a la cabeza. Fortunas, rangos, excelencias, figuraciones, fama, todo empieza con el que rob, enga, pas sobre el cadver del competidor, saque lo que no es suyo. Y que incluso, torci la ley y corrompi la justicia para quedarse con la mayor tajada.
-Lo estoy viendo yo, cada da, en el trabajo que estoy haciendo -agreg Dina-, lo podrido y lo inmoral es la norma. La honestidad es la excepcin. Los magnates se unen y los pobres se dispersan por un territorio cada vez ms grande de miseria, pobreza, enfermedad y derrotismo. Braulio me lo hizo ver, me ha explicado las razones de tantos sufrimientos, y siempre encontramos como la principal la codicia, el lujo exagerado, el pirata disfrazado de poltico, el idealista arrinconado.
-Al parecer tu Braulio te ha venido cantando al odo el tango Cambalache -coment Mara, con aire divertido.
-Ms que eso, hermanita, todos estamos bailando el tango Cambalache. 
Pero quiero seguir la ocurrencia de Celia. Ella se pregunta si es posible ser un cuarteto de mariposas blancas en una selva de vampiros. Y yo me pregunto tambin. Y en especial, debo preguntarme adnde conduce volar contra viento y nadar contra la corriente. Y de pronto voy ms all y me interrogo si es justa la Ley que nos va a dejar sin el Establecimiento, si es recto el Juez que va a ordenar el remate, si es honesto todo el sistema que hace que la Financiera arrebate a una familia un patrimonio de cien aos. Y si contienen la verdad todos esos papelotes del expediente que en cada letra nos condena a la pobreza. Tenemos el derecho de dudar de todo!
-Y a rebelarnos -dijo Elida.
-Y a volvernos sinvergenzas para vivir en un mundo de sinvergenzas -dijo Mara-. Es esa la conclusin?
-No creo que sea esa la conclusin, chicas. Porque est de por medio lo que mam, sin saberlo la pobrecita, nos ense durante toda su vida. La autoestima. No s si hubiramos estado deliberando y dudando si hubiramos sido cuatro varones. Pero somos cuatro mujeres jvenes, en el principio de su carrera y de su vida til. Los varones tapan una mancha con otra mancha ms grande, y no pasa nada. Les palmean las espaldas, les felicitan. Mir que sos vivo. As se hace, hermano. Esta es la poca de los astutos. 
Adelante, compinche, mir que el poder vale la pena, socio. El corrupto flota y sobrevive. La corrupta se hunde sin remedio. Somos mujeres. Y una mancha en la mujer llama a la ferocidad de la condena.
-Parece que vamos a ser honestas por el temor al qu dirn. Ser honesta esa honestidad, entonces? -pregunt Dina.
-Estamos entrando en honduras filosficas intiles, Dina -contest Mara- yo no me atrevo mucho a ser corrupta. Dios sabr si le temo a mi conciencia o le temo a la Sociedad. En todo caso, no quiero vivir escondindome ni de mi misma ni de los dems.
-Yo tampoco -subray Dina-. Devolvamos el expediente entonces. Y adis el Establecimiento. Es un lindo intento buscar nuestra realizacin por nosotras mismas.
-Sin races? -inquiri Elida.
-Nuestras races estn en la familia -dijo Dina- en pap, mam, nuestros abuelos. No estn en el Establecimiento. Adems, nos consideramos chicas liberadas, ambiciosas, capaces de abrirnos paso. Hagmoslo limpiamente. Es un falso punto de partida conservar lo que ya no es nuestro.
-Yo, al menos, no quiero ser rica. Quiero ser famosa -dijo Mara.
-Que moralista de telenovela! -reproch Elida.
-Creo que debemos devolver el expediente -dijo Celia.
-Cmo lo hacemos? -pregunt Dina-. No podemos hacerlo sin desatar el escndalo en casa de Cayo.
-Se lo devolvemos a Cayo, su mam encontrar la forma de su reaparicin -dijo Celia.
En ese momento son el timbre de la puerta. Dina fue a ver y volvi con Cayo.
-Cayo, caes en el momento justo. Es sobre el expediente -salud Celia.
-Yo no vena por eso.
-Cualquiera sea la razn de tu venida lo ms importante es que te devolvemos el expediente -dijo Celia, depositando el grueso paquete en las manos de Cayo.
-Me inclino reverente ante la honestidad de las hermanas Ibez. Y es ms, creo que nos han dado una leccin, a mi mam y a m. No s qu haremos con estos papeles, pero la razn de mi venida es otra.
-Cul? -pregunt Dina.
-Han encontrado el cuerpo de Bienvenido Ibez -inform Cayo.



Veintiocho
Mara
La caravana fnebre que llevaba al Cementerio de Lambar los restos de Mateo Ruiz, o Mafalda, evoc en el recuerdo de Mara una escena parecida que viera en una pelcula de Fellini. La vieja madre de riguroso luto que lloraba con aullidos, y cada vez que amagaba un desmayo, el viejecito esmirriado de cara endurecida que le pona diestramente bajo el trasero una silla que previsoramente portaba en el lento avance hacia el camposanto.
-Es necesaria esta actitud de desafo? -se preguntaba al ver otrostravestis, compaeros o compaeras, segn se mire, de la cofrada del muerto. Maquillados, con atuendos femeninos acentuados, desafiantes y conscientes de la presencia de fotgrafos de prensa, caminaban detrs del atad como queriendo llevar hasta los bordes de la tumba la razn de sus existencias ambiguas y de la profesin que el Comisario Riveros condenaba con tanta ferocidad.
Haba ido al entierro, con una creencia no muy firme en ella, pero que sola leer en las novelas policiales en el sentido de que el asesino siempre se complace en el acto final de su crueldad, y estara merodeando el sitio, pero observ la concurrencia, ms de curiosos divertidos que de dolientes, y por cierto, no vio bajo la sombra obscura de algn rbol, un Buick negro y antiguo.
Decidi que no vala la pena ver ms, y subiendo a su Honda Civic volvi a la ciudad, recapitulando los ltimos acontecimientos de la familia. El doloroso momento de ir las cuatro a identificar, ms por los restos de ropa, el reloj Rolex y los documentos plastificados de la billetera que por algn rasgo humano en aquellos girones, lo que quedaba de Bienvenido Ibez, el rpido sepelio y el funeral que mandaron oficiar ese mismo da, y la emocin de depositar aquel atad demasiado grande para lo poco que contena, junto al de mam -Nin. Todo de prisa, sin solemnidad y hasta sin llantos, como si todas se pusieran de acuerdo en superar la emergencia con la mayor discrecin posible.
Sin embargo, record aquella ancdota que lo intrigaba, y que sucediera cuando acababan de cerrar el panten y salan a la alta acera del Cementerio de la Recoleta. Para las tres hermanas, fue sorprendente la emocin de Elida, que hasta entonces se haba conservada serena y casi dura y de pronto casi sufre un desmayo, apoyndose en Dina para no caer y exhibiendo una palidez extrema. Todas atribuyeron la debilidad repentina de Elida a la cadena de sobresaltos que venan sufriendo y que culminaba en el poco ceremonioso entierro, pero ella, Mara, haba observado que lo que produjo aquella reaccin de Elida estaba ocurriendo en la otra acera de la avenida, donde Cayo conversaba con un hombre an joven, alto, que hubiera sido esbelto si no tuviera una panza incipiente. Se haba olvidado de preguntar a Elida, si conoca a aquel amigo de Cayo, y por qu lo conmovi tanto.
Ms tarde, Cayo se confes con la familia en pleno. Su madre haba fingido el robo para apropiarse del expediente, y a su madre haba devuelto aquel fajo de papeles, pero al parecer, la combativa dama haba opinado que las hermanas Ibez no saban lo que les convena, y se estaba negando a hacer reaparecer el expediente, cuya prdida habra producido un amago de ataque cardaco al doctor Miguel Rodrguez sin que la buena seora se conmoviera. Ante estas noticias, las hermanas Ibez haban decidido que la cuestin ya sala de su control, y literalmente, que se viera el doctor Miguel Rodrguez con su esposa. Decidieron tambin que no llevaran su sentido del deber moral a correr a avisar al doctor Rodrguez que el expediente estaba oculto en su propia casa, o vaya a saber donde lo tena la vengativa doa Beatriz.
Finalmente, Cayo les haba explicado el cambio en la cuestin legal.
-De hecho -haba dicho Cayo- la Financiera nunca anduvo detrs de los restos de Bienvenido Ibez, sino de su dinero. Ahora que est certificada la defuncin de vuestro padre, creo que van a pedir la apertura de la sucesin, o estn a la pesca que la abrieran ustedes para reclamar lo suyo, sin mucha perspectiva si mam se emperra en ocultar los papelotes.
Tambin les recomend que ellas abrieran la sucesin, de la cual se encarg y estaba tramitando que provisoriamente, Celia siguiera administrando los bienes, con el consentimiento de sus hermanas.
Entretanto, Celia segua en la gerencia del Establecimiento, y al parecer, con el doble apoyo de don Narciso, el Administrador General, y tambin de Cayo, estaban sacando a flote la Empresa, hasta el punto de que algunos depsitos modestos de dinero pusieron blsamo a la cautela de los bancos donde haban saldos en rojo.
Finalmente, Cayo inform que le haba hecho a Celia el honor de pedir su mano, que ella contest con un rotundo no, y Cayo solicitaba el apoyo de Mara, Dina y Elida para convencer a Celia de la suerte que tena al pescar un candidato tan atractivo como l, y que se lo preguntaran a su mam.
Record con gratitud las muestras de solidaridad de la gente del diario, y hasta Centurin escribi una nota necrolgica que la sorprendi sobre el ilustre caballero don Bienvenido Ibez, ltimo descendiente de una familia de hondo linaje que dejaba cuatro hurfanas en valiente actitud ante la orfandad inesperada, pero al mismo tiempo un ejemplo de vida y trabajo que constitua la ms rica herencia moral para su acongojada familia, y otras frases hechas que marginaron piadosamente el suicidio y los antecedentes morales nada recomendables del occiso. Adems, entre frases de consuelo, Carlos Rueda, el bonachn Jefe de Redaccin, le haba dicho que ya estaba en el periodismo, que su estilo venda y que all, a falta de un padre, tena dos, a lo que el Director asenta mientras masticaba su cigarro apagado.
Slo cuando el Honda pasaba frente a la Embajada norteamericana, Mara tom conciencia de que se estaba dirigiendo a la zona donde haba visto el automvil antiguo y negro, y en pleno da. Y cuando alcanz el semforo sobre Lilio y Denis Roa, donde haba entrevisto el coche aquel, estacion su pequeo vehculo y entr en un copetn, se sent en un alto taburete, pidi una empanada que no comi, y una gaseosa que s bebi. 
Atenda el limpio local, un seor mayor, pulcramente afeitado, con un fino bigote negro como alquitranado y con el cabello posiblemente ya completamente cano teido toscamente, hasta el punto de que no slo los cabellos sino tambin el cuero cabelludo tenan un acentuado brillo cobrizo. Desde su entrada al local, Mara haba observado que el caballero aquel estaba haciendo un gran esfuerzo para inflar el trax y chupar la barriga. Todo un viejo gallo que no se da por vencido se dijo Mara.
Fue fcil entrar en conversacin con l, porque el hombre estaba ansioso de comunicarle que atenda el copetn slo porque la hermana estaba enferma y que l tena altas responsabilidades mucho ms importantes.
-Usted no es del barrio, seorita.
-No. Pasa que estoy investigando. Ocurre que enseo en el Colegio Goethe -minti- y hace unos das, frente a este mismo semforo, roz mi cochecito un coche negro, grandote. Me rompi los faros traseros que me costaron carsimo, con la miseria que gano. Hoy no hay clases y se me ocurri que el mal conductor debe vivir en el barrio. Si le encuentro, le voy a reclamar el gasto.
-Un coche negro, dice?
-Creo que era un Buick antiguo. Muy parecido al que tena mi abuelo.
-Ah! El Buick.
Al or el Buick su corazn casi deja de latir. No un Buick impersonal, sino el Buick un auto concreto, conocido, instalado en el paisaje.
-Conoce a su dueo?
-Vive aqu, a tres cuadras, hacia la autopista. Es el Coronel Corvaln.
Un Coronel, un profesional de la buena puntera
-El Coronel Corvaln es joven?
-Por favor! debe andar cerca de los ochenta. Hace rato que se retir. Es muy respetado, porque fue de subteniente a la guerra del Chaco y parece que gan algunas medallas.
-Pero el que me roz era un hombre joven. Lo vi bien.
-Debe ser Ricardo. Ricardo es su nieto.
Y el Coronel Corvaln todava tiene esposa?
-Que tiene que ver con el roce?
-Es que soy muy emotiva. No quisiera poner en aprietos a dos ancianitos. Y menos a un guerrero glorioso.
-S, su esposa vive. Doa Teresa. Fue por mucho tiempo profesora de Castellano y Literatura en los Colegios, hasta que se jubil o no pudo ms, no s. Me cuentan que sigue enseando en su casa a alumnos atrasados. 
Y algunos dicen que no cobra. Usted sabe, el placer de ensear que se hace vicio en las viejas maestras y todo eso.
-Me puede indicar la casa?
-S, claro, seorita. Si quiere cierro un ratito y le acompao.
-Oh, no, es mucho pedir. Slo dgame cmo llego all.
-Bien, conduzca exactamente tres cuadras hacia la autopista, a la tercera doble a la derecha como cincuenta metros. Est en esa calle. No puede dejar de verla, es una casa antigua, con galera al frente y rejas de hierro en las ventanas.
Abord su viejo Honda Civic y minutos despus, encontr la casa. Casa vieja, de gente vieja que anda en un coche viejo. El jardn delantero bien cuidado, con crotos y rosales, una prgola sosteniendo un inmenso jazminero, y el sendero que llevaba al portn bordeado de margaritas en flor. En la galera del frente, gordos pilares sosteniendo imponentes vigas cuadradas de alguna madera extinta de los bosques, y grandes macetas sosteniendo plantas de ornamento, primorosamente cuidados Una postal antigua susurr recorriendo con la vista la larga muralla frontal que terminaba en una entrada para autos, cerrado con un recio portn de planchas de chapas y pintadas de verde.
Con sobresalto, not que un hombre que conduca un Mercedes algo estropeado, la haba sorprendido fisgoneando. El coche se detuvo y de l descendi un joven de 25 aos, cabello rizado obscuro y espesas cejas negras.
-Se le ofrece algo, seorita?
-Es su casa?
-Digamos que s.
La segua mirando con aire interrogante.
-Soy estudiante de arquitectura -minti por segunda vez preguntndose si la velocidad para mentir formaba parte de su mentalidad periodstica-, me han encargado un trabajo sobre la arquitectura paraguaya de los primeros aos de este siglo. Perdn si le he parecido indiscreta o curiosa.
-Por favor, no esperara eso de una chica de carita tan angelical -replic el joven que le pasaba la mano, presentndose- soy Ricardo.
-Me llamo Mara.
-Hola, Mara.
-Hola, Ricardo.
-Creo que desde adentro observars mejor la arquitectura. Oye, no veo que traigas tablas de dibujar ni lpices de colores.
-Slo estaba explorando.
-Bien, adelante.
Le abra el portn de entrada, y Mara, con el corazn en la boca, se pregunt que ira a encontrar all.



Veintinueve
Beatriz
-Mam, creo que ests llevando las cosas a extremos peligrosos. 
Adems tu gran acto de beneficencia ha cado en falso. Las hermanas Ibez se han negado a ser deshonestas, como bien lo sabes.
-Ya te lo he dicho, son unas infelices idealistas que no saben lo que les conviene.
-Creo que debes devolver el expediente a pap, y que siga el curso normal de las cosas.
-Piratear los bienes de una familia no es curso normal de nada.
-Es perfectamente legal.
-Es endemoniadamente injusto. Adems, te vas casar con la Celia y no est de ms una buena dote.
-Celia me dijo que no.
-No te ama?
-No s, pero se deja besar.
-Se deja besar o te besa?
-Las dos cosas.
-Y entonces?
-Es una chica muy independiente, mam. Creo que quiere demostrarse algo a s misma. Realizarse.
-Que yo sepa, una mujer que se casa no se mete en un calabozo. No le dijiste eso?
-No de esa manera, mam.
-Decile que esta vieja arpa conoce muchas madres de familia que son juezas, diputadas, senadoras y qu s yo.
-Adems hay otras cosas, como que las hermanas Ibez parecen no querer romper la unidad de la familia.
-Pero se dejan arrebatar el Establecimiento.
-Dicen que el Establecimiento no es la familia.
-Que tipas raras, hijo.
-Vas a devolverle a pap el expediente, mam?
-No.
-Comprometes mi profesin de abogado, mam.
-Limtate a ejercer tu profesin de hijo. Y si quieres hacer de abogado, en buena hora. Trabaja la sucesin de Bienvenido Ibez y si te hace falta dinero para sobornar a un Juez que adjudique todo a la carrera a las hermanas Ibez, vende mis joyas.
-Tericamente estn robadas.
-Prcticamente las tengo escondidas. Adems, le d a la Polica una lista distinta a la que guard. Se volvern locos buscando collares, pendientes, anillos, medallones y guardapelos de oro que no existen.
-Mam, no juegues con eso. El comisario que vino a investigar ya desconfa. Dice que nunca conoci un ladrn que rompa un vidrio para entrar.
-Lo hacen todos los ladrones.
-S, pero lo hacen desde afuera hacia adentro. Este ladrn rompi el vidrio desde adentro.
-Lo hizo para salir!
-Y por donde entr?
-Que lo averigue la Polica.
-El comisario sospecha algo raro. Se lo comunic a pap y pap sospecha de m. Y me hace mal, mam. Las chicas Ibez me dieron una leccin de firmeza de carcter. Sospecho que no estoy a la altura de ellas.



Treinta
Elida
La vehemente sospecha que haba despertado en ella cuando sorprendi la furtiva presencia de Marcelo en el sepelio de su padre, y la conversacin con Cayo, fueron los factores que despertaron una desconocida audacia en Elida, que se visti con severidad, con nada llamativo ni seductor encima, y se dirigi a casa de Marcelo, con la barbilla alta y el gesto decidido de poner las cosas en su lugar.
Una anciana criada de ojos celestes desvados, con la boca hundida por falta de los dientes, le anunci con un leve acento alemn que los aos no haban borrado, que el seor no estaba porque haba ido al sanatorio a acompaar a la seora. Y despus de pensarlo mucho, crey recordar que era en el Sanatorio Alemn.
Celia vacil ante la inconveniencia de ir al Sanatorio Alemn, en momentos que podran ser difciles para Marcelo, pero venci escrpulos y tom un taxi hacia la apartada zona de Puerto Sajonia donde funcionaba la casa de salud.
En el resplandeciente vestbulo, todo mrmol y cromo, absoluta limpieza y empleadas de guardapolvos blancos que se deslizaban silenciosas calzadas con zapatillas de goma, pregunt en la recepcin sobre la habitacin de la seora de Figueredo. 
-Habitacin 601. Piso sexto, galera sur -le respondi una recepcionista con voz neutra, sin mirarla siquiera.
Al descender del ascensor, descubri que el ala sur era en s misma todo un Hospital completo, y tena una ventilada sala de descanso con cmodos sillones, gruesa alfombra, la consabida enfermera pidiendo silencio con el ndice sobre los labios y el perentorio y poco amable No fume. Y que all estaba Marcelo, embebido en la lectura de una edicin algo antigua de Mecnica Popular.
-Buenos das, Marcelo.
Marcelo se incorpor de un salto. Susto, sorpresa y finalmente una expresin de alegra brillaron en su cara enrojecida.
-Es grave lo de tu madre?
-Un poco grave.
-El corazn?
-Los riones. Te sientas?
Elida se sent, con las rodillas muy juntas y sosteniendo la cartera, como si temiera que la robaran.
-Qu dicen los mdicos?
-Nada todava. Hicieron un montn de anlisis, radiografas, tomografas.
-Este parece un buen Sanatorio.
-Cost 40 millones.
-De guaranes?
-De dlares.
Dios, si me casaba con l seramos un matrimonio de tmidos se dijo Elida al comprobar que los dos se iban por las ramas y no abordaban la cuestin ms importante. Finalmente, aspirando hondo, se decidi a romper el hielo.
-Pagaste la hipoteca?
Marcelo slo hizo un gesto de asentimiento.
-Entonces la casa es tuya. Estamos dispuestas a transferrtela.
-Vale mucho ms de lo que pagu.
-Si es as, podemos ajustar una diferencia, si te parece.
-Me parece correcto, Elida.
-Por qu lo hiciste, Marcelo?
-No s, para ayudar. Conozco los otros problemas del Establecimiento. 

-Realmente son problemas graves.
-Eso me parece. Quise ayudar.
-Ya lo dijiste, Marcelo.
-Es que debo decirte ms. Mi inters en ti sigue en pie. Cre haber encontrado la mujer de mi vida. Y creo no haberla perdido del todo.
-Ya sabes que mis hermanas necesitan de m.
-Y s tambin por Cayo que esas chicas son muy capaces de cuidarse solas. Lo tuyo es una obsesin.
-Marcelo!
-Lo dijo Cayo. Y dijo adems que tienes miedo de vivir, de lanzarte al agua profunda, y te escondes detrs de tus hermanas.
-Eso dijo Cayo?
Elida notaba una determinacin creciente en Marcelo, como si avanzara recogiendo coraje para seguir adelante.
-Eso dijo. Y le creo. Es una buena persona, que admira a tu familia.
-Adems es un entremetido y fantasioso -respondi enojada Elida.
-Dnde est su fantasa, Elida?
-Eso de que soy un conejito asustado...
-Eso no dijo.
-Pretendi hacerte creer!
-Lo malo es que le cre! No hubieras desaparecido de esa manera, con una cartita insulsa.
-Ahora me insultas!
-No, como dijo Cayo, debo sacudirte para que despiertes a la realidad. yeme, Elida. Demos por sentado que tienes vocacin de madre. 
Por qu no los ejercitas con tus propios hijos? Que yo sepa, tus hermanitas son un tro de grandullonas.
-Con mis propios hijos?
-Me corrijo, con nuestros propios hijos.
-No crees que ests muy acelerado?
-Es que vos tens 29 y yo 35. Estamos contra reloj, o casi dira contra calendario.
Elida iba a replicar cuando avanz deslizndose sobre el piso una enfermera que portaba un enorme jarrn de flores que fue a sumarse a otros que casi tapaban la puerta de la habitacin 602 donde flameaba una cintita rosada. Los dos quedaron en silencio. l 35 y yo 29 se dijo Elida. 
Todava... 
-Creo que este no es el momento ni el lugar para discutirlo, Marcelo.
-Cayo estuvo aqu, y cree tener la solucin. Por si no lo sabes, ya ha informado a tus hermanas sobre mi participacin en el pago de la hipoteca.
-Ellas no me dijeron nada! Y qu ms hizo Cayo?
-Hay esta noche una reunin de familia, en tu casa.
-Ahora se hace todo a mis espaldas?
-Y tambin estar yo. Me invit Cayo.
-Otra vez Cayo! Qu tienes que ver...?
-Me darn a elegir entre quedarme con la casa o quedarme contigo, supongo.
-Me ests chantajeando?
-S. Pero vale la pena.
-Y qu debo elegir yo?
-Entre ser una mam postiza o una esposa legtima.
-Sucede que todos me estn manipulando! No lo acepto! Buenos das, y que tu mam se mejore.
Se march con aire indignado, y cuando esperaba el ascensor, Marcelo le grit.
-No olvides que la reunin es esta noche!
Grit tan fuerte que una indignada enfermera le fulmin con la mirada.



Treinta y uno
Judith
Esa misma maana, Marcelo solicit una entrevista con el mdico clnico jefe del Sanatorio, que lo recibi de inmediato.
-Me alegra hablar con usted. -Le dijo el mdico- Iba a hacerlo llamar.
Mi madre est mal?
El mdico le mir con cierta curiosidad.
-No, seor, salvo la artritis que debe ser dolorosa, su madre no tiene nada. Iba a decirle que puede llevrsela a casa. Este Sanatorio tiene su tica, mi amigo.
-Pero y los riones?
-No hay nada en los riones. 
-Y las pruebas, anlisis, radiografas, tomografas y todo los dems?
-Lo hicimos a su pedido, para tranquilizarla. No lo tome a mal a su madre. A su edad, las mujeres suelen ser hipocondracas. Se creen depositarias de todo los males.
Nada de eso -se dijo Marcelo- no es hipocondraca (5), es una manipuladora. Parece que voy a morir sin ver a mis nietos... caramba, es como si esperara a que yo saliera a la disparada a buscar la primera mujer embarazable que encuentre.
-Tiene razn, doctor -dijo Marcelo- ha de estar un poco hipocondraca. Le puedo pedir un favor?
-Diga.
-La pueden tener una semana ms?
-Usted paga, mi amigo.
-Otro favor?
-S?
-No le diga que est bien.
-Ella ya lo sabe, mi amigo.
-Ella ya lo sabe?
-Y nos pidi que no se lo dijera a usted. Pero usted sabe...
-S, entiendo, Doctor, la tica.



Treinta y dos
La familia
Elida se haba negado a concurrir, pero la insistencia de Mara, el enojo de Celia y la cara de esta solterona no tiene remedio de Mara, adems de un comentario de Cayo lanzado al azar, en direccin a la ventana de algo sobre la cobarda, la convencieron. Cuando entr en la sala tom nota de que los asientos haban sido dispuestos de manera distinta a la habitual. Esto parece un tribunal se dijo Elida.
Las cuatro hermanas y Cayo conversaban de cualquier cosa mientras esperaban con cierta angustia el sonido del timbre anunciando la visita de Marcelo, de modo que cuando este son, ninguno pudo impedir un respingo.
Todos dirigieron la vista a Elida para que fuera ella quien recibiera al visitante, pero ella estaba sentada en la actitud de quedarse toda la  vida en el silln. Fue Dina quien recibi a un Marcelo algo vacilante, y a quien en nada tranquiliz los dos sendos y sonoros besos en ambas mejillas que le propin la hermosa Dina. Mara y Celia se levantaron e imitaron su ejemplo, con la evidente intencin de demostrar que all haba un clima civilizado y carioso, que casi se echa a perder con el fro saludo de Elida.
-Hola.
Apenas terminados de sentarse y hablar del calor de febrero, el cambio de clima y el agujero de ozono, cuando Cayo, se levant ceremoniosamente y pidi la palabra.
-Queridas chicas. Mi amigo Marcelo Figueredo, fue el que un da me sigui hasta mi casa, se dio a conocer, y me cont que nuestra querida Elida, sin razn alguna le haba dado calabazas. Yo, a mi vez, que me reconozco bastante chismoso, que me viene por va materna, le cont lo que estaba pasando en la familia Ibez, y la razn por la cual, Elida, sin que le pidieran se disfraz de mam y se sinti mam con tanta pasin, que releg su amor por el estimado amigo Marcelo Figueredo Hoffman, que crey de buena fe, que solucionando el problema de la hipoteca de la casa, Elida se sentira menos mam y ella misma, y volvera a los amantes brazos de su prometido. Fue Marcelo el que pag la hipoteca, hacindome jurar que no se lo contara a la familia Ibez. La casa pertenece ahora, al menos moralmente a Marcelo Figueredo Hoffman, pero l ha sido claro. No quiere la casa, sino quiere a Elida, y apela a las hermanas.
-Puedo hablar? -pregunt Dina.
Cayo le dio la palabra con un majestuoso gesto de juez.
-Dividamos los hechos en dos -dijo Dina- primero la hipoteca. Es del todo real que la casa pertenece a Marcelo, con unos pequeos ajustes financieros. En ese sentido, no hay discusin. El otro hecho es el amor que parece haber entre Elida y Marcelo. No nos incumbe. Es una cuestin sentimental entre dos personas adultas. Pero se da el caso de que nosotras, yo, Celia y Mara, interferimos de alguna manera esa hermosa relacin sentimental. Todas conocemos la naturaleza de esa interferencia. 
Verdad, chicas?
Celia y Mara asintieron vivamente.
-Pues bien -prosigui Dina- estamos profundamente agradecidas a Elida por su noble gesto de convertirse en madre substituta. Pero ocurre que ya tuvimos una madre maravillosa, que ya hemos crecido, no necesitamos mam alguna, y para decirlo claramente, le digo a mi querida Elida, mirndola a los ojos como la estoy mirando que su obsesin maternal es agradecida, pero nos molesta, nos irrita y nos duele.
Elida tena el cara ptrea, crispada. Pero Dina prosigui implacable, como para dar un tiro de gracia.
-Adems -dijo- en la obsesin de Elida hay algo de insano.
Elida rompi a llorar. Desde nia se acostumbr a asimilar la idea de que cuando faltara mam, ella ocupara su lugar. Siempre se prepar para eso. Hasta a sus muecas fueron bautizadas con los nombres de sus hermanas. Y ahora todo se vena abajo.
Mientras lloraba Elida con la consternacin de todos, Cayo estaba dando empujoncitos a Marcelo y enviandole seales con el mentn. Por fin Marcelo comprendi, se acerc a Elida, se sent en el brazo de su silln, y le tom la mano. Elida le dej hacer, y tambin acept el pauelo que le ofreci Marcelo.
-Parece que todo va ocupando su lugar normal -dijo Mara- pero an falta que pensemos un poco en voz alta. La casa pertenece a Marcelo. Pero si como parece, Elida no tiene (6) impedimento para aceptar la mano de Marcelo, se me arma un lo mental, porque Marcelo no va sacar a la novia de su casa, que es esta, sino la va a traer a su casa, que tambin es esta. Con lo que quedo en libertad para buscar un departamentito cerca del diario.
-Y yo ocupar el departamento que tena bien amobladito pap, no quiero pensar para qu, en el piso de las oficinas del Establecimiento -dijo Celia.
-Yo tambin tengo planes de mudarme al el centro -dijo Dina.
-Y la familia? -pregunt Elida.
-La familia se rene todos los fines de semana en casa de la hermana mayor. Lo juramos -dijo Dina.
-Entonces... se casan? -inquiri Cayo a la pareja.
Elida mir a Marcelo, Marcelo hizo un gesto afirmativo y Elida afirm tmidamente:
-S.
-Perfecto -exclam Cayo asumiendo nuevamente su apostura de Fiscal de la Televisin-. Ahora queda por resolver mi cuestin.
-De qu cuestin hablas? -pregunt Celia. 
-He pedido tu mano, si no lo olvidaste.
-No, todava no.
-Apelo a tus hermanas!
Esta vez no hubo consenso. Mara y Dina estaban demasiado imbuidas del sentido de la libertad personal para influir en la decisin de la hermana menor. Respondieron con gestos ambiguos a la apelacin de Cayo.
-Parece que necesito ms entrenamiento dialctico -dijo tristemente Cayo.
Esa noche calurosa de un mes de febrero, la familia Ibez empez la inevitable disgregacin. La vieja casa familiar que haba visto crecer dos generaciones de Ibez, vera asomar una nueva, suponiendo que los sueos de Judith Hoffman viuda de Figueredo, de tener un tendal de nietos, se cumplieran.



Treinta y tres
Mara
Mara no poda concentrarse en el artculo que estaba escribiendo. Su decisin de no tocar los hallazgos que haba hecho la supona la ms acertada, sobre todo, despus de su incursin a la casa del Coronel Corvaln, y de conocer a su nieto Ricardo. Adems, con cierto sentimiento de culpa reconoca que ella haba avanzado ms que el Comisario Riveros, y que tena informacin que como buena ciudadana, pero como mal periodista, deba proporcionar a la Polica.
Centurin, cuya actitud hacia ella cambiaba en la medida en que se ganaba el afecto y la buena voluntad del Director y del Administrador, haba hecho un buen trabajo que le ofreci firmar juntos, pero ella rechaz la amabilidad algo interesada de Centurin, a pesar de su admiracin por el brillante artculo del compaero de Redaccin, resultado de algunas entrevistas, en las horas pecaminosas de los madrugones de la prostitucin, realizadas a media docena de travestis, que revelaron esa mezcla de grotesco y de infierno biolgico (o gentico, rezaba el trabajo de Centurin) que produca esa ambigua especie de seres humanos lanzados a la caza de los viciosos de todo pelaje de la Sociedad normal. Mara se pregunt qu frustracin o qu fatiga profesional haba vuelto tan holgazn a un periodista tan brillante, y donde se originaba de pronto ese entusiasmo fulgurante que le haca producir las brillantes columnas que haba ledo con la firma de Centurin. Las excusas, las rebeldas, la bsqueda desesperada de una identidad que se les escapaba a los travestis, los shocks de las quiebras familiares, la impulso tribal de unirse, eran como piedras disparadas a la cara del mercado lector por la aguda pluma de Centurin, que Mara admir y agradeci en la medida en que le daba una perspectiva ms realista del problema en el que indirectamente estaba sumergida.
Por su parte decidi guardarse sus informaciones, con la idea egosta de que ella las descubri, a ella le perteneca, y a ella le serviran para un explosivo y deseablemente escandaloso final de su serie de artculos. De tal manera, que lo que estaba escribiendo en la procesadora de palabras, era un relato algo literario, del velatorio y del entierro de Mafalda, o Mateo Ruiz, con sus aditamentos picantes como que el cura de la parroquia se haba negado a concurrir a rezar un responso, aduciendo que la homosexualidad estaba condenada por la Religin Catlica, y la lucha menor de llevar al travesti muerto a tierra consagrada en el cementerio. 
Su artculo se detena morosamente en los detalles del velatorio, la asistencia alucinante de hombres -mujeres que lloraban y tenan en la cara surcos rojos y negros de lgrimas mancilladas por los maquillajes y las sombras para los ojos. Relat con perfiles agudos el dolor de la madre de Mateo, y la cara avergonzada y dolorida al mismo tiempo del abuelo, aquel anciano que caminaba en el cortejo llevando una silla como un viejo Cristo llevando su cruz hacia el Glgota donde culminaba el sacrificio de su masculinidad herida por el nieto amujerado en mala hora.
Mientras escriba, en el fondo de su conciencia recordaba el momento en que de la mano de Ricardo, penetr en la casa antigua y maciza del Coronel Corvaln.
El viejo estaba en el patio, debajo de una frondoso rbol de mango, vestido solamente con un pantaloncito deportivo y nada ms, torturando su viejo cuerpo flaco y nervudo en una barra de gimnasta, a cuyas exigencias los aosos msculos de 80 aos responda tensos, con un vigor casi milagroso. El cabello totalmente blanco, cortado al estilo militar, la mirada dura y firme, el Coronel Jorge Corvaln, an desnudo, tena toda la planta de un militar que hace mucho haba abandonado el cuartel, pero traa el cuartel en cada fibra de su cuerpo, en su actitud, su dureza y su parquedad.
-Abuelo, tenemos una visita.
El Coronel la mir con aire ausente, le estrech la mano y Mara sinti que los huesos le crujan atenazados por aquel saludo de soldado de hierro. Despus, simplemente, el anciano se dedic a sus ejercicios, como si no existiera nada ms importante en el mundo.
Penetraron a la casa, en direccin a la sala, pasando por la biblioteca, donde haba ms armas en verticales armeros protegidos por cristales, que libros en los estantes. Mara no conoca nada de armas, pero a juzgar por el pulido de los metales y de las maderas, todas deberan estar en perfecto funcionamiento, de modo que, se dijo, all haba armas para acabar con todos los travestis del mundo.
-Qu hermosas armas -dispar un tiro por elevacin.
-Son todas de abuelo. Es militar retirado. Su pasin son las armas.
-Yo no s nada de armas, me dan miedo. Si me preguntaras donde est en este arsenal un rifle, no sabra decirlo.
Ricardo se haba acercado a un armero especial, donde reposaban unas armas de fino diseo, largo cao y liviano aspecto.
-Estos son los rifles.
Abri la vitrina vertical y extrajo una rifle, y con ese toquecito de orgullo machista de manipular un arma delante de una muchacha que les tiene pavor, le dict toda una conferencia, manipulando cerrojos, cargadores y miras con seguridad masculina.
-Este es una Remington automtica, muy precisa -dijo- y este es una Breno a cerrojo, fabricado en Checoeslovaquia. Sabes que los checos son los mejores fabricantes de armas? El que ves all es una Colt y ese ms alto, es el rey de los rifles, un Winchester.
-Estn cargados? -pregunt Mara con aire temeroso justo a la ocasin.
-Por cierto que no.
-Pero funcionan?
-Claro, abuelo las pone como recin salidas de fbrica.
Pasaron a la sala, una enorme habitacin recargada de muebles macizos, antiguos, lustrados hasta la exageracin, inundados de carpetitas tejidas a mano al crochet, y en las paredes, rodeando una solitaria fotografa de casamiento de un joven teniente vestido de gala y una rubia regordeta y feliz, otras viejas estampas de la vida militar del Coronel Corvaln, en el Chaco, en patios cuarteleros austeros, en desfiles con uniforme de gala, y por fin, otra fotografa de casamiento, donde la joven pareja pasaban debajo de un arco de triunfo formado por las espadas de los camaradas del novio.
La sala era sombra, fresca, ntima y acogedora, un gran reino del silencio y de la memoria de tiempos pasados, donde todo era decoroso, ennoblecido del seoro que dan los aos, y donde inevitablemente Mara se sinti incmoda por la serie de mentiras que la haba llevado all, donde todo respiraba las ltimas verdades de dos vidas que se marchaban al ocaso.
All conoci tambin a la abuela Rosario, esposa del Coronel Corvaln. Vivaracha, gentil y no vencida por el reumatismo, que acogi a Mara como a un ngel venido del cielo, y corri a la cocina a preparar una serie de bocadillos con jugos de frutas frescas.
-Tienes una familia hermosa, Ricardo.
-Pero adivino que ests intrigada, abuelos y nietos.
-Tus padres...
-No tenemos padres. Recuerdas aquel accidente areo en da de Ao Nuevo en que el avin se estrell contra las montaas en La Paz?
-S.
-All murieron nuestros padres.
Mara tom nota de que Ricardo hablaba de nietos y nuestros padres.
-Tienes un hermano?
-Un hermano menor, s. Ocho aos menor.
-Dnde est?
-Prefiero no hablar de eso. Adems, has venido a conocer la casa, no a la familia.
El tono desabrido no escap de Mara. La mencin del hermano menor irritaba a Ricardo.
-Perdn si fui indiscreta.
-Perdn si fui descorts.
Se rompi el momento difcil cuando reapareci la abuela Rosario con una bandeja llena de bocadillos y una gran jarra de jugo de naranja. 
Comieron y bebieron con apetito, mientras doa Rosario, sentada en su silln como un Buda femenino y sonriente contemplaba la pareja como si por primera vez en su vida viera a una hermosa jovencita gozando de la hospitalidad de la casa.
-Tiene una hermosa casa, seora.
La observacin abri las vlvulas de una alguna contenida ansia de comunicacin que pareca padecer aquella seora que haba presidido clases de cuarenta alumnos bullangueros y pendientes de su misin docente. Cont la historia completa de la casa, con un ro de informaciones familiares que llegaban y pasaban como fugaces pantallazos de una memoria an precisa y evocadora.
-La construy mi bisabuelo -dijo- Gumersindo Alcaraz, que contrat a un arquitecto italiano que acababa de llegar al pas. Mi bisabuelo Gumersindo fue Constituyente de 1870, con slo 21 aos de edad. La construccin termin el 28 de agosto de 1891, y el 21 de setiembre de ese mismo ao, da de la Primavera, saben, el bisabuelo cuarentn se cas y trajo a vivir aqu a mi bisabuela, Dorotea Del Carmen Servin, hija mayor del Coronel Servin, que haba sobrevivido en Cerro Cor, pero muri en 1875 en una pelea con los negros de la ocupacin brasilera. Gumersindo y Dorotea tuvieron dos hijos, Mrtires y Juvenal, Mrtires que acababa de recibirse de mdico en Montevideo, muri en la epidemia de gripe que hubo aqu all por 1920, no recuerdo bien pero mat mucha gente. Y Juvenal es mi abuelo, casado tambin cuarentn como su padre, con Elena Goibur, una paraguaya que estudi magisterio en Buenos Aires y regres a fundar en Asuncin una Escuela. Hay una calle que lleva su nombre -termin con orgullo.
-Abuela, la seorita estar cansada -aventur Ricardo.
-No. No, es apasionante -replic Mara.
Obscuramente, senta que deba conocer las races de una casa y de una familia de donde salan tiradores a matar travestis. Entusiasmada, doa Rosario prosigui: Juvenal, que tambin era maestro y creo que con la presidencia de Manuel Franco fue Director General de Escuelas, y Elena, tuvieron dos hijos, Marcial y Verena Alcaraz. Mi ta Verena, tengo las fotografas, se las voy a mostrar, era una belleza y se cas con un diplomtico francs, enviud en Pars y entr en un convento donde lleg a ser abadesa. Marcial, mi padre, viaj a Venezuela donde estudi toda la obra didctica de Andrs Bello, y volvi a nuestro pas a ensear Castellano en los colegios, en las mismas ctedras que dejara mi abuelo Juvenal al morir. Mi abuelo Juvenal haba publicado textos de enseanza de Castellano, que despus mi padre enriqueci con la doctrina de Bello y son textos que se usan hasta hoy en los colegios. Marcial Alcaraz se cas con Albina Rojas, mi madre, que lleg a ser Directora de la escuela Normal, y de ese matrimonio nac yo, Rosario Alcaraz, y sin varn a la vista, termina la estirpe de mi bisabuelo Gumersindo. Fui devota discpula de mi padre, y ense castellano hasta que me jubilaron, a destiempo, creo.
-Merece un aplauso -dijo espontneamente Mara, y la vieja dama rebos satisfaccin por todos los poros. Los olvidados fantasmas de su pasado de luz haban subido al escenario de la memoria, y he aqu que una jovencita los aplauda.
-Despus de soportar tu historia, la seorita merece que la invitemos a almorzar -dijo Ricardo.
Mara acept y la imprevista invitacin origin otra entusiasta carrera de doa Rosario a la cocina.
Despus del almuerzo, que presidi el Coronel Corvaln, ya duchado y vestido con un piyama celeste abotonado hasta el cuello como si fuera un uniforme de servicio, Ricardo habl de s mismo, tomando caf en la galera de la casa, y despus de que el joven recordara a su abuela que los segua a todas partes y parloteaba an sobre el bisabuelo Gumersindo, que deba hacer la siesta, segn el reglamento conyugal que el Coronel pareca aplicar puntillosamente.
As, Ricardo le inform que era doctor en veterinaria, y confes con cierta desconfiada vergenza que en el patio contiguo tena un hospital de perros y gatos abandonados, adems de una clnica para animales domsticos de lujo, y que viva de eso, soando con un futuro en que pudiera aplicar sus conocimientos profesionales a actividades ms importantes.
De su misterioso hermano menor no dijo una sola palabra. Y finalmente, invit a Mara a conocer su clnica. Cruzaron todo el gran, patio arbolado de la casa donde las cigarras trizaban el silencio de la siesta, y a travs de un portn de apretadas rejas penetraron en la propiedad adyacente, donde ms de una docena de perros jubilosos, de todo pelaje y en diversos estadios de curacin de la sarna, de mordiscos, palos, pedradas y quemaduras de agua caliente, corrieron a hacer fiestas y a morder los bordillos de los pantalones de Ricardo. 
-Aquel es el edificio de la clnica -deca Ricardo.
Pero Mara no miraba el edificio, sino a un coche negro de pesadas lneas y de poderoso aspecto, obviamente el Buick de ocho cilindros en lnea, que reposaba a la sombra de un espeso limonero, a cubierto de toda mirada indiscreta desde la calle. La chapa identificatoria, aunque del ao, estaba curiosamente oxidada y los nmeros eran apenas visibles.
Ms tarde, camino a su casa, Mara se debata en el problema existencial ms complejo e intrincado de su vida. En aquella casa viva un hroe militar y una herona de la educacin de hondo linaje, un hombre idealista que recoga animales abandonados, y un misterioso hermano menor. 
De all slo poda proyectarse vida y amor. Sin embargo, haba visto reposando la bestia obscura, el Buick poderoso y fantasmal que sala a sembrar muerte en las madrugadas de Asuncin. Ms tarde, llam al Comisario Riveros.
-Hola
-Soy Mara, Comisario.
-Qu datos va a ocultarme ahora, seorita periodista?
-Depende lo que me ilustre, Comisario.
-Sobre qu?
-Sobre rifles.
-Qu hay de los rifles?
-Todo.
-Bueno, si le digo al respecto... me va a contar algn descubrimiento suyo?
-Prometido.
-Todas las balas disparadas contra los degenerados salieron del mismo rifle.
-El rifle puede ser de cualquier marca?
-Todos los rifles usan el mismo proyectil, calibre 22. Eh! Qu sabe usted?
-Algo, Comisario, pero dgame por qu o un retintn de sorpresa en su voz.
-Le cuento. Los proyectiles que se dispararon contra los dege... los travestis son raros. Parecen provenir de un rifle especial, por las marcas que dejan las estras en el plomo, entiende?
-Ni medio, pero si usted lo dice. Pero qu es un rifle especial? 

-Bueno. Hay rifles hechos a mano por armeros artistas. O de marca poco comn.
-Remington es una marca comn?
-S, es la ms corriente.
-Breno, Winchester?
-No corresponden a los proyectiles. Pero de donde est llamando? De una armera?
-De mi casa. Un Colt?
-Qu dijo?
-Un Colt.
Se produjo un silencio al otro extremo de la lnea. Un silencio cargado se dijo Mara.
-Seorita periodista -dijo finalmente el Comisario en tono formal- si usted conoce quien tiene, ha visto u odo de un rifle Colt 22 Especial, tiene la obligacin de proporcionar inmediata informacin a las fuerzas del orden! Hola! Hola!
Sin contestar, Mara estaba colgando lentamente el tubo telefnico.



Treinta y cuatro
Dina
Para fines de marzo, el laborioso trabajo que le haba encomendado la Fundacin Goethe estuvo terminado, traducido al alemn y enviado a Alemania. Cuando el doctor Aparicio Montes le felicit algo ms calurosamente que lo necesario, Dina reconoci interiormente que sin la ayuda de Braulio y el entusiasmo de las dos jvenes estudiantes de Derecho, Jazmn, una hermosa morena de origen rabe, y Elisa, espigada rubia de padre francs, que se haban lanzado valientemente a la zona rural con libretas de apuntes, grabadoras y cmaras fotogrficas, nunca hubiera completado el voluminoso informe que estaba mereciendo las felicitaciones del doctor Aparicio Montes. Por aadidura, ayudando a las chicas que operaban las computadoras, Dina haba aprendido rpidamente, con esa cualidad misteriosa de las personas dotadas para conectar su cerebro con el cerebro electrnico, a manipular los diversos programas de las poderosas IBM con que contaba la Fundacin.
-Ya no soy la analfabeta del ao 2000 -se dijo a s misma recordando  la sentencia de un aoso Profesor de la Facultad, de que los analfabetos del ao 2000 sern los que no manejan computadoras y no saben ingls.
Con el ingls aprendido en el Instituto de Idiomas de la Facultad en los tiempos de la Universidad, se manejaba perfectamente.
Por todas esas consecuencias de un trabajo aceptado con audacia y realizado con suerte, Dina se senta agradecida, y en mayor medida, porque los datos recogidos sobre la pobreza en general, los dramas de la necesidad y del hambre, de la miseria y la desmoralizacin, le haban dado una perspectiva ms madura de lo que era la Sociedad en la que soaba incursionar como poltica, sin tener de la poltica otra idea que la de una competencia descarnada por el poder, sin ms proyeccin que hacia la imagen y la notoriedad, y con abstraccin completa de lo que significaba la misin, el servicio, el reconocimiento de los territorios terribles de la injusticia social, y la aprehensin de una realidad desgarrada que el poltico necesariamente deba conocer, administrar, y con ayuda de Dios, corregir.
Terminada la misin, la Fundacin le dio un trabajo ms cmodo, de oficina, que consista simplemente en recopilar toda opinin publicada en los diarios del pas, sobre la situacin socio-econmica y poltica en general.
-Para este trabajo no necesito ms que una tijera -se quej en voz baja, pero se conform con la rutina con la conviccin de que el resultado de su trabajo le abrira perspectivas ms amplias, como efectivamente sucedi, cuando el doctor Montes le convoc a su oficina.
-He recibido una carta de Alemania que te concierne -le dijo provocando un aceleramiento de palpitaciones en su corazn.
-S?
-Pero antes, mi querida Dina, quisiera hablarte de algo que concierne a m -agreg Aparicio.
-No veo la relacin, Aparicio.
A esta altura de las cosas, despus de aceptar algunas invitaciones a cenar de su Jefe, y hasta de ir a bailar un par de sbados en el piso 13 del Hotel Guaran, ya se tuteaban. Y hasta all llegaba la intimidad, por el bloqueo amable como una flor y firme como una roca que Dina opona cortsmente a toda incursin de Aparicio al terreno sentimental, y una sola vez, para aleccionamiento definitivo de Aparicio, en el terreno sexual, que se esfum sbitamente del repertorio de pasiones del hombre, cuando ella susurr como quien no quiere la cosa, la erizada palabra acoso.
-Tienen relacin las dos cosas, Dina. De hecho, estn imbricadas. Es lo uno o lo otro -aclar en tono pedante Aparicio.
-Por qu no dejas de hablar como un crucigrama?
-Lo uno, te ruego aceptes casarte conmigo. Lo otro, te invitan a un curso de especializacin de dos aos en Alemania.
-A lo uno, no. A lo otro, s.
-Es definitivo, Dina?
-Totalmente, Aparicio.
-Quisiera conocer los motivos de tu rechazo, Dina. Y puedes golpear sin piedad, somos adultos.
-No es rechazo, Aparicio, sos un hombre atractivo y cualquier mujer se sentira honrada con ir contigo al altar, llevar tu apellido, tener tus hijos, cocinarte y lavarte la ropa. Es que yo no estoy organizada para eso. Por ahora, no est en mis planes ser ama de casa, como tampoco una esposa moderna, de las que se encuentra a la noche con su marido, despus de las jornadas de trabajo y planifican para no tener hijos inoportunos. 
Respeto a esa clase de pareja, pero no es para m. Adems, hay algo fundamental, Aparicio. No te amo.
-Por qu?
-Digamos que no sos mi tipo.
-Qu tipo soy?
-No te vas a ofender?
-Palabra.
-Sos el tipo ideal para una mujer maternal, de aquellas que felices ponen el hombro para que su maridos lloren, y tienen un enorme repertorio de palabras de consuelo.
-No saba que...
-Djame terminar, ya que me lanc. Aparicio, respeto el dolor de tu desgracia, pero lo que no acepto es que vivas compadeciendote a ti mismo, o usando tu infortunio para alguna especie de chantaje sentimental. Vos no quers una mujer que te quiera, sino que te consuele, que recuerde contigo lo hermosa que era tu hija y lo dorado que eran sus rizos. La pobrecita inocente merece algo mejor de su padre, Aparicio. Adems, he ledo alguna vez que la virilidad consiste en guardar el dolor para s mismo. 
Qu hay de la beca?
Sin decir palabra, Aparicio le extendi el sobre, empujndolo con una regla hacia ella, y cuando Dina se marchaba a buscar a una de las chicas que le tradujera la carta del alemn, poda jurar que los ojos de Omar Shariff estaban ms hmedos que de costumbre.



Treinta y cinco
La familia
Con la velocidad que habra aplaudido Beatriz, su madre, Cayo estaba llevando adelante la sucesin de Bienvenido Ibez. Por alguna razn, la Financiera no haba demandado a la sucesin, y los bienes iban en camino a ser herencia de las hermanas Ibez, pero otras emergencias ocupaban el tiempo y la mente de las muchachas. Los preparativos de la boda de Elida con Marcelo, como del prximo viaje a Alemania de Dina, y de la mudanza que proyectaban Mara y Celia, las tena abrumadas. Mara haba llegado a un acuerdo con Celia para compartir el departamento del edificio del Establecimiento, despus de una fumigacin completa que las jvenes esperaban que borrara todo rastro de la utilizacin pecaminosa que haba hecho Bienvenido Ibez del departamento.
Celia, con un creciente entusiasmo por los razonables resultados obtenidos con la ayuda de don Narciso, haba viajado al Establecimiento, convers con capataces y peones, y todos, con esa sabidura rural que siempre da en el blanco, le haban dicho patrona, si se maneja bien y nos atienden un poco a nosotros aqu hay mucha riqueza. Adems, los rsticos trabajadores haban cuidado razonablemente del ganado, esperando tiempos mejores y sacrificando algunas reses para comer. Esa Estancia era su trabajo, y abandonarla equivala a la desocupacin, y mucho hacan para tenerla funcionando. Adems, la Providencia apareci en forma de un anciano borracho que una noche pidi posada y result ser un Idneo Veterinario frustrado de su profesin y de la vida, que encontr agradable el universo de la Estancia, y decidi quedarse a trabajar all a cambio de comida, empleando su dinero slo para la diaria botella de caa que lo mantena vivo. Patrona, e guapo cuando no et tomado, le informaron, dndole detalles de las tareas de sanitacin que haba efectuado oportunamente don Armindo Soler, que as se llamaba aquel hombre providencial.
Por Elida, se enteraron de que ante la noticia del casamiento de Marcelo, Judith cur velozmente de sus males renales, censur acremente a la liviana Brunilda Beckembauer que haba roto su compromiso con Marcelo para casarse con un conde alemn segn le explic Marcelo, y despus de alguna resistencia, y slo cuando vio el ttulo de propiedad en manos de Marcelo, acept mudarse con su hijo al antiguo solar de los Ibez, cuando se establecieran all. Dina haba tomado un curso acelerado de alemn bsico, Celia dependa cada vez ms del eficiente don Narciso, y Mara se senta devorada por la duda y otros serios conflictos interiores.



Treinta y seis
Beatriz
-Miguel, el expediente lo tengo yo.
-Eso sospechaba, por eso decidimos no demandar a la sucesin de Bienvenido Ibez. Estaba esperando que dejaras de jugar al Robin Hood con polleras. Nunca vi nada ms torpe que tu simulacin de un robo. Le tuve que sobornar al Comisario para que no te denuncie.
-Que tenga yo el expediente no quiere decir que lo tengas vos.
-Cul es el chantaje ahora, querida ma?
-Ante de ponerte un precio, quiero contarte una historia.
-Venga la historia.
Beatriz sinti una gota de compasin al ver las grandes bolsas bajo los ojos de su marido, y en toda la cara, la carne que pareca ir separndose de los huesos. Era un accionista importante de la Financiera, pero no toda la Financiera era suya. Haban otros grandes intereses, y la desaprobacin unnime por la prdida del expediente provoc en don Miguel un dao moral y una depresin que Beatriz no haba previsto. Sin embargo, se prohibi seguir compadeciendo.
-Entregu el expediente a las hermanas Ibez -dijo.
-Qu hiciste?
-Ellas lo devolvieron.
Nunca como entonces vio tanta consternacin y asombro en la cara de su marido.
-No consideraron correcto salvar sus bienes de esa forma. 
-Que no consideraron correcto, dices?
-Todava hay decencia en este mundo, Miguel.
-Y el expediente?
-Lo tengo yo.
-Me lo vas a devolver?
-S. Pero quiero recordarte algo, Miguel. Los poemas con que me enamoraste. Nuestro matrimonio se bas en la mentira. Cuando debas pedirme perdn, reste como si me hubieras hecho un gran chiste intrascendente. Hiciste que me casara con un hombre que no era el que yo amaba. Vos eras dos personas, el que escriba poemas hermosos, y el que pagaba a un pobre infeliz para que los escribiera. Me cas con el hombre equivocado. Ahora tienes oportunidad de rehabilitarte.
-Decime cmo.
-Siendo poeta, no financiero. Un hombre de sentimientos, no de nmeros. Solamente as, despus de 25 aos de matrimonio, ganars mi respeto y tal vez haya un poco de paz en esta casa.
-Qu quieres que haga?
-Eso lo dejo a tu conciencia.
Diciendo esto, Beatriz subi con su inagotada gracia femenina las escaleras del altillo, abri el viejo arcn que fuera bal de viaje de la abuela y estaba llena de semiborradas etiqueta de hoteles ya desaparecidos de Londres, Berln y Pars, y de sus profundidades extrajo el expediente.
Sin decir palabra, fue a entregrselo a Miguel.



Treinta y seis
Mara
Complet la mudanza al departamento del Establecimiento que ira a compartir con Celia y se instal cmodamente, en el centro y muy cerca del diario, y hasta encontr en la cochera del edificio un lugar que todava tena en la pared, el nombre de Bienvenido Ibez. Lo cambi por el de Mara Ibez y estacionaba el estropeado Honda Civic all. En la casa slo quedaban Dina y Elida, y pronto la primera viajara a Alemania y Mara no quera pensar en cmo reaccionaria Elida al encontrarse sola en la gran casa.
-Ojal los preparativos de su boda la aturdan lo suficiente para no  ponerse a llorar todo el da -pens.
Sentada en el gran divn cerca de la ventana, vestida con buzo de algodn, shorts y zapatos de tennis, esperando a Ricardo que vendra a tomar el t y despus ir a caminar, recordaba los dos encuentros posteriores que tuvo inicialmente con Ricardo. En el primero, fueron a caminar en el Parque  Guaz. El segundo fue para cenar en un restaurante alemn del barrio Herrera de donde salieron indigestados con el Eisbein con Chucrut. No haba insinuacin sentimental alguna en la actitud de Ricardo, y Mara lo agradeca en la medida en que una relacin de ese tipo la involucraba con una familia a la que a todas luces iba a aplicar una pualada por la espalda.
Porque todo apuntaba al viejo Coronel, como el asesino en serie de los travestis. Frases aisladas, recogidas de su conversacin con Ricardo, iban confirmando sus sospechas, que no participaba en absoluto al Comisario Riveros, a pesar de las insistentes llamadas telefnicas del polica, y hasta de una carta con tono oficial que le enviara requiriendo, para bien de la comunidad y el castigo ejemplar de la delincuencia que revele los datos que tenga sobre un Rifle Especial Colt 22... aadiendo un poco ms adelante que tena gran respeto al Cuarto Poder, pero el periodismo no tiene por qu obstruir la Justicia.
-Los abuelos tienen una mana -le haba dicho Ricardo mientras caminaban y sudaban en el Parque  Guaz-, abuelo tiene que demostrarse que an tiene reflejos juveniles, y abuela lo acompaa.
-En hacer qu?
-Saca su viejo Buick despus de medianoche y pasean, evitando la locura del trnsito. Abuela ya debe saber de memoria todos los cuarteles y unidades militares donde estuviera de servicio abuelo. No me preocupo por ellos. El coche es un verdadero tanque. Adems, yo les cuido el auto. 
Cambio de aceite, cargar combustibles, etc.
Mi querido Ricardo, tu abuelo sale a matar travestis en compaa de la dulce abuela, y llevando un rifle Colt que tiene loco al Comisario, quiso replicar Mara, en medio de todo, satisfecha de que Ricardo no pareca tener la menor idea de las actividades nocturnas de la venerable pareja.
En otra ocasin, Ricardo haba mencionado a su hermano menor, como scar, ese infeliz, lo que la llev a meditar sobre el significado de la palabra. Los paraguayos decimos infeliz a un malvado, y tambin a alguien que ha cado en desgracia. En qu categora estaba scar?
Supongamos que quiso decir que scar cay en desgracia -meditaba-, entonces por qu el tono de repulsa en la voz del buenote de Ricardo. No se impreca contra los desgraciados, se los compadece. Por lo tanto, puede ser un malvado. Pero qu maldad puede cometer un chico de 16  17 aos? 
Y donde est?
Se senta perdida, pero continuaba: Vamos a rebobinar esto empezando por algo distinto. El abuelo mata travestis. Es viejo y militar, con la misma mentalidad que el Comisario Riveros con respecto a los pobres diablos ambiguos. Pero a su edad resulta imposible convertirse en Charles Bronson el Justiciero Solitario de la Sociedad y salir a limpiar las noches de lo que considera degeneracin intolerable. Para complicar ms lo acompaa la dulce abuela Teresa. La dulce abuela Teresa comparte con l algn tipo de sacrificio ritual. En aras de qu? De scar? Y que le pas a scar? Pensemos de nuevo. Busco dos puntos de referencia. El primero: travesti. El segundo, adolescente. Eureka! scar fue corrompido y se volvi travesti, o homosexual. Saltaron a los viejos poros del Coronel Corvaln el orgullo machista del soldado y el acerado filo del honor militar y familiar violados hasta lo insoportable, degradado hasta el abismo por un nieto degenerado. Conclusin, el Coronel no puede matar al nieto, pero puede matarlo simblicamente en cada travesti que recibe una bala de Colt Especial 22 entre los ojos. Pero... Por qu lo acompaa la abuela? Las abuelas no matan nietos ni por interpsita persona. Mara no sirves para Sherlock Holmes.
Lo malo era que sus artculos en el diario iban cada vez ms por las ramas, pero el Jefe de Redaccin, don Carlos Rueda, ni el Director se quejaban. Mara tena la justificacin de que la investigacin policial estaba en punto muerto, de modo que pidi permiso para escribir una serie sobre la pobreza de los barrios marginales que gustaba mucho al Director, y que ella plagi descaradamente de los borradores del trabajo de Dina, que lo haba dejado abandonado en la sala. Total, todo queda en familia haba tranquilizado su conciencia.
Cuando lleg Ricardo, ella prepar rpidamente una merienda liviana para dos. Discutan en qu coche iban, si en el Honda Civic de Ella o en el Mercedes de l, cuando sintieron accionar la llave en la cerradura, y apareci Celia. Fue un momento mgico que hombres y mujeres recuerdan toda la vida. Celia qued pasmada mirando a Ricardo, y Ricardo no saba que hacer con las manos mirando a Celia.
-Vaya flechazo -murmur Mara presentndolos.
Tomaron t con masitas. Celia mencion el establecimiento e inmediatamente Ricardo se lanz a una nutrida disquisicin sobre los logros genticos modernos, la prevencin de la aftosa y la mosca de los cuernos, la sanitacin, la desparasitazacin y la aplicacin prudente de los vermfugos ms adecuados, para terminar confesando que como doctor en Veterinaria, tena una Clnica y un asilo de perros y gatos abandonados, a los que aplicaba mtodos cientficos de recuperacin, incluso apelando a la Sicologa Animal, una ciencia en la que tambin se consideraba experto. 
Celia escuchaba con la misma atencin que prestara a Einstein explicando la Teora de la Relatividad, asintiendo como una alumna atenta. Aqu comienza un romance ganadero pens Mara.
-Tanta chchara slo para mirarse a los ojos. Pobre Cayo, te van a dar calabazas -se dijo despus.
Decidi marcharse a caminar sola, sin ninguna objecin de Ricardo, y cuando se marchaba, oy que Celia invitaba a Ricardo a visitar el Establecimiento.



Treinta y ocho
Celia
Siguiendo los consejos de don Narciso, Celia haba visitado los dos bancos donde el Establecimiento tena sus saldos en rojo, y en ambos encontr buena voluntad, tal vez por la admiracin que despertaba la joven ejecutiva que afrontaba valientemente tantas desgracias. Los saldos negativos en Cuenta Corriente, fueron transformados en crditos a tres aos de plazo, con pequeas amortizaciones mensuales, y con un inters que don Narciso consider excesivo, pero se conform diciendo que los bancos son los bancos y no hay que forzar su buena predisposicin. Se sinti satisfecha de s misma, y la otra satisfaccin que no poda ocultar, era haber conocido a Ricardo, que dej su clnica animal a un colega y asociado, y concurra la oficina del Establecimiento, hizo reparar la emisora de radio que comunicaba con la Estancia, y se pasaba horas reuniendo informacin para hacer lo que l llamaba un relevamiento completo, de lo que exista en ganado, el estado de las pasturas artificiales, las alambradas, aguadas y potreros y los mil detalles que hacan parte de una buena andadura del Establecimiento. Cuando Celia ofreci un sueldo a Ricardo, el hombre acept como expresin de una relacin laboral que excluye la presuncin de que voy detrs de la fortuna de una chica ganadera, segn dijo.
La sorpresa de la semana para Celia fue la visita que una maana recibi del doctor Miguel Rodrguez, el padre de Cayo, accionista de la Financiera y culpable de perder el expediente de Bienvenido Ibez. Lo invit a sentarse en un silln de su despacho, y ella ocup otro, sin valor para permanecer muy ejecutivamente sentada en el escritorio.
-Aprecio mucho la actitud que tuvieran de devolver el expediente, seorita.
-Consideramos justo hacerlo, doctor.
-Todo se debi a una actitud equivocada de mi seora.
-No quisiera enterarme de cuestiones familiares.
-Perdn. Ocurre que el motivo de esta visita es otro, seorita.
-Le escucho.
-He comprado de la Financiera todas las deudas de Bienvenido Ibez, lo que significa que las herederas no deben a la Financiera, sino me deben a m.
-Deseara saber si eso a qu conduce, Doctor. Va a demandar a la Sucesin?
-No. Voy a asociarme al Establecimiento. Aporto toda la masa de dinero implcita en las obligaciones de Bienvenido Ibez, y creamos una Sociedad en partes iguales. Qu me dice?
-Que es injusto.
-Quiere explicarse?
-Es injusto para usted, doctor. Lo que deba mi padre, ms los intereses, es como el 75% del valor de todo. Por qu tan generoso de repente?
-No lo puedo decir. Usted no quiere enterarse de cuestiones familiares. 
Acepta?
-En principio, s.
-En principio?
-No tengo mucha experiencia en cuestiones financieras, debo consultar.
-Con Cayo no, porque ser parte interesada. La idea es que sea Cayo el dueo de la mitad del Establecimiento.
Y marido de la duea de la otra mitad vislumbr Celia.
-No, doctor, no voy a consultar con Cayo, sino con don Narciso.
-Hace bien, seorita. En caso de que acepte. La idea es que Cayo comparta la administracin con usted.
Slo falta que traiga el anillo. La impredecible Beatriz est detrs de todo esto.
-Me permite una pregunta personal, seorita?
Ahora viene
-Por cierto, doctor.
-Tienen planes matrimoniales con...?
-Con Cayo? No.
La negativa tom de sorpresa al doctor Rodrguez.
-Pero l y Beatriz, Beatriz es mi esposa, dan por sentado que...
-Me hace un honor con sus intenciones. Cayo es una maravillosa persona, pero no est en mis planes casarme, doctor. Vara eso su oferta de sociedad?
-De ninguna manera, permanece en pie -dijo el doctor Rodrguez, que pareca ms duro de repente, ms formal-, pero le agradecera que me diera una respuesta antes que la Sucesin termine. Sera otro acto de correccin de parte de la familia de Bienvenido Ibez.
Poco despus, el doctor Miguel Rodrguez se despidi y se march con el aire tieso de quien haba alcanzado slo la mitad de sus objetivos.
No extra a Celia que una hora despus Cayo lo llamara por telfono.
-Celia. Qu eso que me dijo mam?
-No s lo que te dijo tu mam.
-Lo que le dijo pap.
-La oferta de sociedad?
-Al diablo la oferta de Sociedad! No aceptas mi mano?
-No, Cayo. 
-Si no entiendo mal, somos novios.
-No, somos amigos, Cayo.
-Los amigos no se besan!
-En las sociedades civilizadas, s.
-Hay otro?
-No -minti evocando el rostro de Ricardo.
-Mam est muy enojada, Celia.
-Lo siento mucho.
-Y yo tambin. Estoy enojado. Soaba ser un marido amoroso y me obligas a ser un socio terrible. No vas a firmar un cheque sin mi permiso.
-Ests bromeando, Cayo?
-Sabes que s. No tengo pasta de hombre malo. Mam te hace decir que no sabes lo que te pierdes.



Treinta y nueve
Dina
La boda de Elida y Marcelo se realiz sin mucha pompa, y la fiesta posterior se hizo en el antiguo solar de los Ibez, que pasara a ser solar de los Figueredo, de entonces en ms. Para la asistencia de Judith se mont todo un operativo que inclua una ambulancia que no deba sonar la sirena y una silla de ruedas. Dina haba cursado invitacin a Aparicio, que no asisti, y a Braulio, que no concurri a la Iglesia porque consideraba el rito como una gran macana arcaica. Pero s particip de la fiesta, vestido con su eterno vaquero y remeras, aunque en homenaje a la solemnidad cambi sus sandalias de franciscano por una bota de combate maciza, al estilo Rambo. Tambin tuvo el pudor, extrao en l, de no meterse en el saln con semejante atuendo, limitndose a sentarse en un banco en el Jardn, donde se pas atormentando al mozo con pedidos de vino y comestibles que devoraba en cantidad prodigiosa.
La boda, inicialmente programada para la primera quincena de mayo, tuvo que realizarse a fines de abril, porque el 1 de mayo, al da siguiente de la boda, Dina tomara el avin a Alemania.
Despus de que los novios bailaran el vals y desaparecieran rumbo a la luna de miel, y que la ambulancia se llevara a una Judith un poco acalorada por el champaa, Dina se aprovision con una gran bandeja llena de manjares y una botella de vino chileno, y fue a acompaar a Braulio. Se sent a su lado.
-Perdname que te tuve abandonado, Braulio.
-Lo estoy pasando muy bien.
-Sabes que maana voy a Alemania por dos aos.
-Te extraar, Dina.
-Yo tambin, Braulio. Sabes que todo lo que me sucede de bueno, te lo debo a ti. Ya no reciclo basura, Braulio, me has despertado y ayudado.
-Fue un placer, Dina. Y una tentacin. No creo conocer el amor, pero lo que siento por vos, debe ser lo ms aproximado al amor.
-Es amor, Braulio.
-Enhorabuena, slo que me ha tocado un amor no correspondido.
-Llvame a tu pensin, Braulio.
-Ahora?
-Ahora mismo. Esta noche es tuya.
-Espera un momento. Por qu lo haces?
-Un hombre considerado no pregunta eso.
-No soy un hombre considerado. Por qu lo haces?
-No es por gratitud ni por recompensa, si eso tranquiliza tu hombra.
-Entonces... Por amor?
-No lo s, pero estoy ansiosa de ir contigo.
-Un momento! Ests borracha?
-Slo tom una copita.
-Entonces, vamos. La vspera de su viaje a Alemania, Dina pas la noche con Braulio. No fue exactamente una luna de miel, pero lo pareci.



Cuarenta
Mara
Mara sonri recordando la sbita atraccin que se despertara entre Celia y Ricardo, tanto, que Ricardo invit a su hermana para conocer a los abuelos. Una noche Ricardo que vino a cenar al departamento, logr llevarla aparte.
-Por qu me mentiste, Mara? 
-No recuerdo haberlo hecho.
-No estudias arquitectura. Sos periodista. Me lo dijo Celia. Qu buscabas en casa?
-Hay algo digno de buscar en tu casa?
-Que yo sepa, no.
-Entonces, estaba buscando a mi perrito que se perdi. Posiblemente decidi quedarse entre tus perros vagabundos.
-Me ests tomando del pelo.
-S.
-Por qu?
-Porque no tengo respuesta a tu pregunta.
A la maana siguiente, cuando decidi ir caminando hasta el diario que quedaba apenas a seis cuadras del departamento, escuch al pasar tina voz masculina.
-Plagiaria, la seorita periodista.
Se volvi a mirar al hombre. Por el aspecto desaliado, las sandalias franciscanas y el divino perfil griego como deca Dina, descubri inmediatamente que era Braulio. Saba que haba estado en la fiesta de Elida y Marcelo, pero al parecer no se atrevi a ir ms all del jardn, de modo que en aquella oportunidad no lo vio.
-Braulio?
-El mismo.
-El amigo y maestro de Dina. Conozco tus hazaas intelectuales.
-Dina se march a Alemania.
-Lo s.
-Y ocurre que yo tengo una fijacin por las hermanas Ibez. Se fue una, salgo a la pesca de otra.
-No me hace gracia. Qu es eso de plagiaria?
-Tus artculos sobre la pobreza. Plagiaste a tu hermana lo que le ayud a escribir yo.
-No fue plagio. Lo hice con el permiso de ella -minti.
-Todo bien, entonces. Podemos ser amigos?
-Por supuesto.
-S mucho de periodismo, y de la gente. Te puedo ayudar.
-Me gustara mucho.
-Podemos cenar esta noche en el San Roque?
Mara ya conoca las inversiones en cenas que tuvo que realizar Dina para tener cerca a esa mina de inteligencia escondida entre ropa casi haraposa.
-Est bien, a las 9, en el San Roque. Invito yo.
-De ninguna manera!
-Qu dices?
-Que de ninguna manera. Ocurre que esta maana cambi unos cien marcos alemanes. Algn descuidado los dej caer y los encontr yo.
-Dnde?
-Eso no lo puedo decir.
-Est bien. Pags vos. Adis.
Indiferente al adis, Braulio camin a su lado, y se sinti un poco molesta por esa astrosa compaa en pleno centro y a la luz del da. 
Braulio se detuvo de golpe.
-Est bien, me voy.
-Qu hice yo?
-Nada. Tienes vergenza. Eso es lo que pasa. Dina deca que leo el pensamiento de la gente. Chau.
Salt a la calzada, hizo un majestuoso gesto de alto a un enorme camin cervecero que fren con un peligroso ruido de botellas sacudidas, y se perdi en la otra acera.
-Vaya personaje -se dijo Mara.
Cuando discuta con Centurin qu hacer para mantener vivo el inters en el asesino del rifle, son el telfono, lo atendi.
-Hola, Mara, soy Cayo.
Mara estaba enterada de que la Sociedad propuesta por el doctor Miguel Rodrguez estaba ya en pleno proceso de escrituracin, pero saba tambin que Cayo se haba negado firmemente a representar a su padre en la misma, herido por la actitud de Celia, y ms herido an por su evidente atraccin por ese mdico de perros segn deca.
-Hola, Cayo, gusto de escucharte. Pasa algo?
-No, Mara, nada. Supuse que uno de estos das podramos salir a cenar.
-Por cierto. Te llamo yo.
-No tardes en hacerlo. Necesito un hombro para llorar.
-Te voy a prestar el mo, palabra. Adis.
Se est volviendo comn la fijacin por las hermanas Ibez -pens. 

Termin su artculo de la serie sobre la pobreza, y tomando un taxi fue a visitar al Comisario Riveros.
-Por fin! -le salud el Comisario, que sigui consumiendo su terer y llamando al ayudante que instantneamente trajo un jarro cuartelero, enlozado, de mate cocido caliente y muy dulce.
-No tengo ninguna informacin, Comisario.
-Por qu mencion un rifle Colt?
-Lo saqu de un catlogo.
-Mentira, seorita.
-Dgame por qu le interesa tanto el Colt.
-Promtame no publicar. No queremos alertar al tirador.
-Prometido.
-Bien -dijo el Comisario- la Interpol envi los proyectiles al FBI, para su anlisis. La conclusin, con un 90% de seguridad es que esa bala sali disparada por un Rifle Colt Especial 22, de una serie fabricada hasta 1929. Fuimos al Registro de Armas de Industrias Militares, y no hay registrado un solo Colt, lo que no quiere decir que no exista. Convocamos aqu a los socios del Club de Caza y Pesca, y ninguno ha visto siquiera en su vida un rifle de esa caracterstica. Y corrjame si me equivoco. Estoy llegando a la conclusin de que el tirador no es un deportista, pero tiene una puntera asombrosa. No un aficionado al tiro, sino un profesional del tiro. Me sigue?
-Me parece escuchar al Inspector Maigret.
-Quin es el inspector Maigret?
-Un viejo detective francs que siempre anda resfriado, segn Simenn, el escritor que lo invent. Pero siga -dijo Mara, sintiendo que el corazn se le aceleraba. El Comisario se estaba acercando.
-Bien, sigo. Quin es un tirador profesional tpico? Un militar. Un militar de mucha edad, tal vez retirado. Y un hombre viejo.
-De dnde sac la conclusin de que es viejo?
-El rifle Colt Especial 22 se dej de fabricar en 1929. Supongo que su poseedor lo tiene desde entonces, o desde un poco despus de ese ao. 
Ahora, por amor de Dios, dgame la razn de su referencia a esa arma. Si me dice que lo sac de un catlogo, miente, y si miente, tiene algo escondido. Qu me dice?
-Usted respeta la libertad de prensa, Comisario?
-Seguro. 
-Entonces conocer el derecho que tenemos de no revelar las fuentes de nuestra informacin.
El Comisario se haba puesto rojo de ira.
-De modo que guarda un secreto, y mientras usted guarda su bienaventura secreto profesional, el tirador puede salir a matar a un ser humano, aunque sea un degenerado de mierda!
Mara se sinti cohibida y tocada. El Comisario tena razn. Solo, que ella no se imaginaba al Coronel en la crcel y a la dulce abuela Rosario, que se pas la vida enseando, en la penitenciara del Buen Pastor, suponiendo que fueran culpables.
-No me gusta su lenguaje, Comisario -dijo y se levant para marcharse. -Gracias por el mate cocido.
-La prxima vez le pondr una droga para que hable en sueos, palabra.
Esa misma tarde, ya usando su coche, visit la casa del Coronel. El militar no estaba, pero s doa Rosario, feliz de una visita a la hora del t, que tomaron justamente en la biblioteca, donde los libros alternaban con la coleccin de armas.
-Usted conoce de armas, doa Rosario?
-Soy la esposa de un militar con cincuenta y tres aos de antigedad -respondi la anciana.
-A m las armas me fascinan. Le voy a confesar una cosa, de mujer a mujer. Las armas me excitan.
-Jess, que mana!
-Es que dicen que simbolizan el rgano sexual masculino.
-Dnde vengo a saberlo! Nunca fui fuerte en sicologa.
-Puedo tocarlos?
Ruborosa, la anciana asinti.
-Est bien, nia, pero no se excite mucho, y me condeno que le permita cometer un pecado. Mire que cabezuda y desvergonzada es la juventud de hoy.
Mara extrajo de la vitrina un rifle, y otro, y un tercero. Les daba una ojeada y los devolva su sitio. Finalmente extrajo el Colt, de cao ms largo que los dems. Un sello grabado en el metal, deca Repblica de Bolivia y tena el escudo de ese pas.
Un trofeo de la guerra del Chaco. Despus, Braulio le dira que en las guerras no se usan rifles de calibre 22, sino fusiles, pero a los  oficiales les estaba permitido llevar el arma que prefirieran. El Comisario estaba acertando en todo, menos en la procedencia del arma.
La noche de ese da, suscit otra sorpresa en Mara, cuando se preparaba para concurrir al San Roque a cenar con Braulio, Celia parloteaba sentada frente al espejo y cepillando sus cabellos, sobre las grandes virtudes, la cortesa, y los utilsimos conocimientos de Ricardo. 
Sumida en sus pensamientos, Mara no prestaba mucha atencin, cuando una frase de Celia la sobresalt.
-Qu dijiste sobre no s qu desgracia?
-Me refera al hermano de Ricardo. Creo que sinti alguna obligacin moral de contarme, porque lo nuestro va para serio, y por eso del contagio. Yo le dije que no se preocupara. Segn entiendo, no es enfermedad de familia ni hereditaria.
-Pero qu pasa con el hermano de Ricardo?
-Est muy enfermo de Sida, internado en Lacimet.
Concluy con un nudo en la garganta, con el cepillo suspendido sobre la cabeza:
-Va a morir.



Cuarenta y uno
Celia
Viajaron durante seis horas para llegar a la Estancia, en una Mitsubishi Montero que Ricardo consigui prestado. Don Narciso, que hacia veinte aos no viajaba al interior, se neg tozudamente a viajar en ese monstruo, pero al fin fue convencido cuando Ricardo le prometi que no andara a ms de sesenta kilmetros por hora. Tambin fue con ellos el doctor Dionisio Valiente, economista, Gerente adjunto que representaba los intereses de don Miguel Rodrguez, era de la misma edad de Ricardo, y se hicieron rpidamente amigos.
-Es una buena persona -le haba dicho Ricardo- tiene ideas interesantes pero no es de los que imponen sus ideas, sino los discute, vas a trabajar bien con l.
El primer da fue de trabajo intenso, y el Establecimiento empez a adquirir orden y vigor. Por la noche, despus de la cena alumbrada por una lmpara de kerosene, porque el generador estaba muerto desde aos atrs y deba reemplazarse, Celia y Ricardo salieron a la galera a contemplar la noche estrellada como nunca haba contemplado Celia en una Asuncin que perdiera su cielo por la polucin luminosa, y tambin de las otras. Nunca haba hablado de romance con Ricardo, pero daban por entendido que marchaban velozmente por ese camino, como algo hermoso que caa de maduro.
-Se me ocurrido decirte que nos consideres a las hermanas Ibez, como unas chicas promiscuas -dijo.
-De dnde viene eso?
-Al parecer hubo algo con Mara.
-No hubo nada con Mara. Adems, te cuento, Mara siempre estuvo a la defensiva. No s por qu.
-Me alegra or eso, Ricardo. Tena vergenza de aclararlo con Mara.
-No hay nada que aclarar.
-Entonces existe otra cosa. Mara est abrumada por algo que no conozco. Antes me contaba detalles de la investigacin periodstica que estaba llevando adelante. Ahora se cierra como una ostra.
-Investigacin periodstica? Sobre qu?
-No lees los diarios?
-Slo deportes y los suplementos agrcolas y esas cosas. Qu investigacin?
-El personaje que mata travestis.
-Algo de eso vi en la televisin.
-Los mata con un rifle, al parecer.
-Rifle?
No comprendi la razn de que Ricardo se pusiera tenso de pronto.
-Y dices que Mara investiga por su cuenta?
-Por cuenta del diario, vamos.
-Quieres contarme todo?
-Por qu ese inters repentino?
-Digamos curiosidad, nada ms.
Celia le relat lo poco que saba de las andaduras y los artculos de Mara, y el entusiasmo con que ejerca su investigacin.
-No dudo del entusiasmo -dijo Ricardo con sorprendente acritud -la lleva hasta a meterse en casas desconocidas.
-A qu viene eso? 
-Nada, no es ms que una suposicin.
-Yo no supongo nada. Estoy viendo un cambio en Mara. Es como si hubiera perdido su alegra, anda meditabunda, y hablando de la promiscuidad de las hermanas Ibez, anda como en pandilla conspiradora con Cayo y Braulio.
-Quin es Braulio?
-Un grotesco personaje, muy inteligente pero absolutamente holgazn que ayud mucho a Dina.
-Oye, Celia, el plan es regresar a Asuncin pasado maana, no?
-S... Por qu?
-No podemos regresar maana?
-Estabas tan entusiasmado en el trabajo...
-S, s. Te prometo trabajar maana todo el da. Y salimos de noche.
-Don Narciso se morir de miedo.
-Aguantar.
Celia suspir. Pens que Ricardo la haba invitado a salir a contemplar la noche para susurrarle palabras de amor en el odo. Pero nada de eso ocurra. De pronto pareca ms viejo, plido y tenso, y no abandon esa actitud ni al da siguiente, cuando trabaj como un loco, fue a caballo con los peones a revisar todo, no concurri al almuerzo y pareca esconderse detrs de una actividad enloquecedora, para estar solo.



Cuarenta y dos
Mara y la pandilla
Cayo y Braulio se hicieron rpidamente amigos desde la primera vez que Mara invitara a los dos a cenar en el San Roque.
Tenan puntos de vista absolutamente opuestos, discutan sin darse por enterado de la presencia de una dama, y hasta se arrojaban insultos.
-Me pudren los abogados -deca Braulio-, creen que basta abrir un Cdigo para solucionar todos los problemas humanos.
-A m me dan nuseas los hippies envejecidos. Lo que pasa es que si se aplicara la ley estaras preso por vagancia y no s cuantas faltas ms.
-Viste? Viste?. Mentalidad retrgrada, hermano. Llamas vagancia a la libertad. 
-Quieres decir que sos un hombre libre?
-Absolutamente, yo, tan libre como vos metido en el cepo de las convenciones estpidas de una Sociedad que se va suicidando, porque se aferra a la ley y olvidan al hombre.
Atenta, Mara soportaba este fuego cruzado de dos hombres de temperamento fogoso y de tan distinta formacin, esperando su turno con paciencia. Y su turno lleg, cuando despus de que comprobara que entre Braulio y Cayo se produca una especie de relacin odio-amor, y se repelan y se necesitaban al mismo tiempo para abrir las vlvulas de sus volcanes interiores, les invit a ambos, despus de la cena y el caf en el San Roque, a pasear por la Costanera.
El reloj de la Catedral daba las diez campanadas de la noche, cuando fueron a instalarse en un banco, cerca del edificio del Cabildo, desde donde se contemplaba la hermosa vista de la Baha, una mancha obscura en medio de la iluminacin de la ciudad, y hasta donde suban tambin los acres aromas de la miseria del barrio marginal creciendo continuamente y poniendo sitio a la ciudad.
-Quiero confesar -dijo Mara- que tengo un fin egosta con ustedes. 
Los voy a utilizar. Por eso los reun.
-No es muy estimulante, yo cre que te caa bien -dijo Cayo.
-Yo ya me d cuenta -dijo Braulio-, Mara investiga un crimen. Se siente rebasada y quiere ayuda.
-Habl Mandrake el Mago -dijo Cayo.
-Lo que dijo es verdad, en parte. Escchenme.
Les relat la historia sin ocultar nada. La identificacin del coche por Otaz y los dos pasajeros del mismo. El Buick, el rifle Colt, el viejo Coronel que era un certero tirador. La dulce abuela que lo acompaaba en sus correras nocturnas. Y lo que haba averiguado en Lacimet. Que scar Corvaln haba contrado Sida, y que le sirva de leccin -segn un mdico de la clnica- porque a los diez y siete aos no se puede andar en patota divirtindose con los travestis en la madrugada. Se est muriendo Quiere verlo?. Se neg.
-Es totalmente seguro que el Coronel es el que sale a matar travestis. Puedo publicar un artculo sensacional. Pero no puedo, como dice Braulio, estoy rebasada. Mi conciencia es como una telaraa, un laberinto.
-Con esos datos no hay duda -dijo Cayo- pero hay algo que no encaja. La abuela. La has descrito como una silenciosa prcer de la educacin. Cmo una dama de semejante alcurnia moral va a salir a una cacera humana? -dijo Cayo en tono demasiado pedante para el gusto de Braulio.
-Error! -dijo- como siempre el abogado es miope. Slo focaliza la abuela. La abuelita de cuento de hadas. Pero se da el caso que esta abuela, dos veces madre, se siente tan herida y justificada como el esposo. Le han destruido a su nieto, ella trabaj toda su vida para que su nieto viva en una Sociedad normal, pero han aparecido los monstruos a devorar a su nieto. Los monstruos deben morir. Es lo lgico, lo matemtico. Adems, mi querido leguleyo, doa Rosario es la esposa de un militar, lo es por ms de medio siglo, y en ese tiempo, algo le habr entrado al espritu sobre la obediencia, pilar de la mentalidad militar.
-Viste a doa Rosario como una asesina vengativa? -pregunt Cayo a Mara.
-De ninguna manera. Es tierna y amable, ansiosa de complacer a todo el mundo. Un alma de Dios. Siempre me pregunt cmo poda ocultar la tragedia de su nieto enfermo y el ansia de venganza que llevaba adentro.
Braulio ri.
-Pisen tierra -dijo- los viejos matrimonios lo comparten todo. Se funden el uno al otro.
-Nos has contado que fuiste a examinar los rifles -murmur Cayo a Mara- Me quiere explicar el Doctor en Filosofa por qu no desconfi?
-Misin -respondi Braulio.
-Cmo dices?
-Lo que los viejos estn haciendo, lo consideran una misin de matiz apostlico. Limpiar de escoria la Sociedad. Al menos estn convencidos de ello, por haber sufrido el mal en su carne y en su sangre. Entonces se vuelven descuidados. Dios est con ellos. Les librar de todo mal.
-Y al fin... Qu hago? -pregunt Mara con cierta desesperacin.
-Publica tu artculo y que se desencadene el mecanismo de la Justicia -dijo Cayo.
-Quieres dejar de hablar en tono tan presuntuoso? Apesta! 
-Exclam Braulio- Publica tu artculo! Ridculo!
Se dirigi a Mara.
-Vivirs con eso en la conciencia toda tu vida! Quin te nombr juez para condenar a tu prjimo?
-Y quin le nombr juez para perdonar? -replic Cayo.
-Callarse la boca no es perdonar!
Tengamos calma -dijo Cayo- existe una solucin simple. Soy abogado. 
He jurado como auxiliar de la Justicia. Me he enterado de varios crmenes y de sus autores. Mi obligacin es denunciar.
-Estoy segura que no hars eso, Cayo.
-No lo har. No tengo tripas para eso.
-Entonces, qu, por Dios? -exclam Mara, levantndose de un salto y caminando hasta donde las rejas delimitaban dos mundos, el de arriba y el de abajo. Respir hondo y tuvo envidia de la noche tan apaciguada y tranquila, tan llena de paz. En qu me met, Dios mo? Puedo enviar a la crcel a un viejo soldado y a una honorable maestra? Por la muerte de unos degenerados? Jess, ahora me parezco al Comisario!. El rumor de la agria discusin entre sus amigos le llegaba, trepidando en la noche como lejanos cascos de caballos de guerra. Y de pronto, se hizo el silencio. Se volvi y all estaban Braulio y Cayo.
-Tenemos la solucin correcta -dijo Cayo- es legal.
-Y tambin es humano -agreg Braulio.
-Qu hago?
Sus amigos le dijeron, y ella empez a sentir un poco de paz. En el reloj de la catedral, sonaron las doce campanadas (Triunfales, agoreras?) de la medianoche.



Cuarenta y tres
Judith
-Mentira, no te creo.
-Es cierto, mam.
-ltimamente te has vuelto algo mentiroso. No te creo.
-Est confirmado, mam.
-Que venga ella a decrmelo.
-Bien. 
Marcelo sali de la habitacin, aquella que fuera alcoba de Bienvenido Ibez y Nin, y llam a Elida desde el extremo de la escalera. 
Elida subi.
-Mam no me cree. Vas a decrselo. Ella no me cree.
Penetraron en la habitacin donde Judith reposaba entre almohadones.
-Usted afuera! -orden Judith a Marcelo- esto es cuestin de mujeres.
Marcelo sali y cerr la puerta. Suspir y se pregunt si haba hecho un buen negocio. De soltero tena una mam sobreprotectora, y casado dos, porque Elida volcaba en l todo el afn que qued sin poder aplicarse a tres hermanas.
Adentro, Judith mir con aire severo a Elida.
-Ests embarazada?
-El mdico dice que s.
-No se te ve la panza.
-Son apenas dos meses.
-Va a ser varn?
-Todava no se puede saberlo.
-Tiene que ser varn. Las familias numerosas empiezan bien con un varn. Yo lo s.
-Har todo lo posible, Judith.
-Oye, es falso eso de que las embarazadas no deben trabajar ni agitarse. Son cuentos.
-No s a qu viene eso.
-Es que con el pretexto del embarazo, las mujeres se vuelven holgazanas y no atienden al marido como es debido. Deme un beso, hija.
Cuando Elida se inclin y la bes, ella le palp el vientre con el dedo ndice.
-No se nota nada.
-Est ah.
-Espero que s. Y ahora quiero descansar.
Elida sali. Oy a Marcelo hablando por telfono, y al parecer peda precio a un decorador de cuarto de nios.
Se palp el vientre. Contempl la amplia casa que fuera de los Ibez. En su vientre estaba el primero de los Figueredo. Ojal fuera nia. Y despus, otras tres ms. 



Cuarenta y cuatro
Beatriz
-Me lo muestras?
El doctor Miguel Rodrguez se sonroj un poco, y escondi el trozo de papel en la espalda.
-No -dijo avergonzado- falta pulir un poco. Sabes que nunca lo hice.
-Si lo pules va a parecer artificioso.
-En serio?
-As dicen los crticos. Quiero verlo.
El doctor Miguel Rodrguez todava se mostraba renuente, avergonzado.
-Y bueno -dijo por fin.
Le entreg el papel. Ella lo guard en su seno.
-No lo lees?
-Lo leer en el jardn, como hace mucho tiempo.
Sali al jardn. Se sent en su lugar preferido. Un asiento de madera bajo un arco que sostena rosales en flor. Y ley el poema escrito por su marido, de su puo y letra.
-Es horrible -dijo- Pero que amoroso!



Cuarenta y cinco
Mara
No tuvo ms remedio que contar todo a Ricardo. Desencajado, plido, con una barba de dos das y los ojos afiebrados, literalmente la haba acosado contra la pared.
-Quiero toda la verdad!
Ella le dijo toda la verdad, y Ricardo se ech a llorar como un nio.
-Que vas a hacer?
Mara se lo dijo.
-Puedo estar presente?
-Es tu casa, Ricardo.
Con el Comisario Riveros fue ms difcil.
-Usted seorita periodista, conoce quien tiene el rifle Colt y quien lo dispar, segn entiendo. Tiene la obligacin ciudadana de informar  a la Justicia!
-Lo har.
-Cundo?
-Maana, si Dios quiere.
Dios no tiene nada que ver en esto!
-Tiene mucho que ver.
Don Carlos Rueda, el Jefe de Redaccin, fue ms comprensivo.
-Puede ser un artculo sensacional, muchacha -dijo despus que Mara le relatara todo.
-No lo escribir an.
-Explcame por qu.
Mara se lo dijo. El viejo periodista reflexion por largo tiempo.
-Bien -dijo- no hay nada que obligue al periodista a ser cruel. 
Contra la opinin de mucha gente, tambin tenemos corazn de vez en cuando. Estoy contigo. Y suerte.
Cuando ella se alejaba curiosamente observada por Centurin que intua algo gordo que no alcanzaba a comprender, Don Carlos la llam. Ella se volvi.
-Me recuerdas a mi hija. Ya te lo dije?
-Ya me lo dijo, don Carlos, y gracias.
Al atardecer lleg Cayo en su automvil. Fueron a buscar a Braulio, y los tres enfilaron hacia el barrio Herrera. Cuando llegaron, Mara tuvo la sensacin de que los estaban esperando.
Ricardo encar a su abuelo se dijo. Fue el mismo Ricardo quien los recibi framente y los encamin a la sala. All, sentada, recogida sobre s misma, casi en posicin fetal, como atemorizada por todas las maldades de este mundo, lloraba quedamente doa Rosario. El Coronel Corvaln, sorprendentemente, vesta un uniforme militar completo, antiguo, botas, chaqueta abotonada con botones de bronce hasta el cuello, cinturn, talabarte y sus presillas de Coronel en los hombros. En el pecho, sus condecoraciones de guerrero del Chaco. Rgido, firme, con las manos en la espalda, como observando la formacin de una tropa de fantasmas.
-Abuelo est enterado de la razn de esta visita de ciudadanos respetuosos de la Ley -dijo Ricardo con un matiz de irona.
Doa Rosario lloraba mansamente. El Coronel le hizo una imperiosa sea a Ricardo, que continuara. 
-S, abuelo. Ya llegar a eso. Ya has tomado tu decisin. Pero yo tengo una pregunta. Vale la pena sacrificar a dos ancianos que fueron ntegros toda su vida por cinco degenerados?
Ninguno le respondi. Guardaron sus respuestas. Son vidas humanas pensaba Mara. Nadie tiene derecho a tomar la Justicia en su manos, Cayo. Se enfrent a una Sociedad corrupta, y eso se paga inevitablemente, Braulio.
-Procede, muchacho -dijo el Coronel rompiendo el silencio.
-Mi abuelo confiesa todos los crmenes...
-Las ejecuciones -le corrigi el Coronel.
-... y considera que ustedes han cumplido con generosidad su deber de ciudadanos. Abuelo.
El Coronel extrajo del bolsillo de su chaqueta un manuscrito de dos pginas, con pulida letra de soldado, se la ofreci a Mara, sin moverse de su sitio.
-Es una confesin completa -dijo- y en este punto apelo a la generosidad de ustedes. Yo excluyo de toda participacin a mi esposa. 
Espero que ustedes tambin.
Mara se adelant a tomar el papel. All estaba su xito de periodista y su dolor de ser humano. No sinti jbilo alguno, sino una pena terrible que le morda el alma.
-Si ustedes me disculpan -dijo el Coronel-, quisiera estar solo y meditar sobre todo. Necesito algunas respuestas.
Mir a Mara y por primera vez sonri.
-No me voy a escapar -dijo, y sali al jardn.
Mara no comprendi la terrible palidez de Ricardo ni la razn de que le estaban crujiendo los dientes. Doa Rosario s lo entendi, salt de su silla y grit con un alarido que era el final de una vida compartida con luchas y sacrificios. Corri hacia la puerta del jardn. No lleg a salir.
-Llvame contigo!
Afuera, en el jardn, son un disparo.



Eplogo
Mara obtuvo un xito total al publicar facsimilarmente la confesin del Coronel Corvaln. Centurin la felicit ocultando valientemente su envidia. Cayo y Braulio le ofrecieron una cena en el San Roque. Mara los oa discutir agriamente. Cayo le haba insinuado un cierto grado de relaciones sentimentales, y Braulio le invit ya una docena de veces a vivir en pareja. Pens con cierto remordimiento, que nunca dira s a ninguno de los dos. Tambin sinti que tardara mucho, en borrar su pena por el Comisario Riveros, que fue trasladado a una ruinosa Comisara de eembuc. Al parecer no le perdonaban que la prensa le ganara de mano.
Celia se recompuso rpidamente de la prdida de un enamorado y un veterinario al mismo tiempo. El Establecimiento andaba a las maravillas, y el doctor Dionisio Valiente, era simptico, corts, y soltero.
Dina, en Alemania, se distingua en el curso que llevaba, y la Fundacin le urga a que lo terminara para enviarla al frica, donde haba mucha pobreza. Con firmeza, ella haba manifestado que quera volver a su pas, donde tena mucho que hacer.
Elida contemplaba el cuarto de nios que haba diseado prolijamente, con profusin de moos, lazos y cervatillos de Disney, ositos de peluche y campanillas colgantes sobre la cuna, un arquitecto evidentemente maricn, y se acariciaba el abultado vientre, feliz de que la tomografa indicara que era nia. La primera, faltaban tres.
Beatriz tena ya una carpeta de poemas de su marido, entusiasmado por el asombroso resultado del primero, y de la expresin bobalicona de su esposa al leerlos. Beatriz contemplaba la carpeta. Es basura, pero los escribi l, se deca, pensando que la paz y el regreso del amor bien vala fingir y soportarlos. Despus de todo, hay esposas que hasta fingen orgasmos conclua.
Judith haba conseguido que el cuarto de nios estuviera en el piso alto, contiguo a su habitacin. No estaba enterado que se esperaba una nia, y pensaba que fuera un varn, a quien ya haba bautizado. Se llamar Erich, como mi pap. Y si alguien me dice que Erich Figueredo no suena bien, lo mato.
Doa Rosario sigue enseando a alumnos aplazados. Por las tardes, al anochecer, escucha en el solar vecino la baranda de los perros vagabundos, en jubilosa bienvenida. Ha llegado Ricardo se dice.
A las dos de la maana, Prudencio Peralta, o Marlene, fatigado y con los testculos irritados por las medias bombachas no diseadas para l espera al ltimo cliente en la esquina de Caballero y Herrera. 
Suspira feliz. Se ajusta el corpio, se ajusta la minifalda. Un coche obscuro se viene acercando.
La vida contina. La muerte tambin.






